Las cuadrillas de rescate minero en Durango trabajan hoy bajo un esquema que la industria ya reconoce como insostenible: voluntariado mal remunerado para operaciones de alto riesgo que pueden durar días bajo tierra. Un grupo de empresas del sector impulsa un cambio de modelo que, si prospera, convertiría a los rescatistas en trabajadores de tiempo completo con salario base, capacitación certificada y estructura profesional. El movimiento es pequeño en apariencia, pero toca una llaga que el sector minero mexicano ha pospuesto durante décadas.
- El voluntariado como política de riesgo: un modelo que ya no aguanta
- Durango en el mapa: peso minero con infraestructura de seguridad desigual
- El modelo que se propone: de voluntario a profesional
- El marco regulatorio: qué obliga la ley y qué no
- Costo y viabilidad: las preguntas que la industria no responde en público
- Señal hacia el gobierno federal: la mesa de seguridad tiene nuevo insumo
El voluntariado como política de riesgo: un modelo que ya no aguanta
El rescate minero en México opera, en la mayoría de los estados, bajo un esquema híbrido donde los trabajadores que integran las brigadas son empleados de producción que asumen funciones de emergencia de manera secundaria. Reciben algún tipo de compensación adicional cuando se activa una emergencia, pero no tienen dedicación exclusiva, ni estructura de carrera, ni protocolo de entrenamiento estandarizado. En Durango, esa realidad es particularmente visible.
El caso que devolvió este debate a la agenda ocurrió en Sinaloa: un minero duranguense pasó más de 300 horas atrapado en una mina del estado vecino. La operación de rescate expuso las limitaciones del modelo actual — tiempos de respuesta, equipamiento y coordinación interestatal — con una claridad que los informes internos nunca logran transmitir. Esas 300 horas equivalen a casi trece días bajo tierra.
Las empresas que hoy promueven la profesionalización parten de una premisa contable, no solo humanitaria: un accidente con víctimas fatales o con rescate prolongado cuesta más, en todos los sentidos posibles, que una cuadrilla profesional bien pagada. La pregunta no es si el modelo vale, sino quién paga la transición.
Durango en el mapa: peso minero con infraestructura de seguridad desigual
Durango no es el estado minero más grande de México, pero es uno de los más complejos. Su producción se concentra en plata, oro, zinc y plomo, con operaciones que combinan cielo abierto con minería subterránea de profundidad media y alta. La geografía serrana del estado — la Sierra Madre Occidental ocupa gran parte de su territorio — complica la logística de cualquier operación de emergencia.
El estado aporta parte del ecosistema productivo de la región norte-centro que conecta con Zacatecas, Chihuahua y Sinaloa. Peñoles, que firmó un convenio reciente con el gobierno estatal en materia ambiental, mantiene presencia operativa activa en la entidad. Fresnillo PLC, la filial que cotiza en Londres, también reporta activos en la región. Cuando una emergencia escala, la red de rescate no se limita a los trabajadores de una sola mina — y eso es exactamente lo que hace evidente la fragilidad del esquema voluntario.
CAMIMEX ha documentado que México cuenta con más de 400,000 empleos directos en minería. Sin embargo, la proporción de esos trabajadores que forma parte de brigadas de rescate certificadas a tiempo completo es marginal. La norma oficial NOM-032-STPS-2008 establece obligaciones para la seguridad en minería subterránea y cielo abierto, pero su aplicación en lo relativo a rescate profesional sigue siendo heterogénea entre estados y entre empresas.
El modelo que se propone: de voluntario a profesional
La propuesta que circula entre empresas duranguenses contempla convertir a las cuadrillas de rescate en personal dedicado con contrato, salario base competitivo y plan de carrera. No se trata de externalizar el servicio a terceros, sino de crear una figura interna — o consorcial entre varias mineras — que mantenga disponibilidad permanente, capacitación continua y equipamiento actualizado.
El modelo no es nuevo globalmente. En Chile, las brigadas de rescate de Codelco operan con dedicación exclusiva y certificación periódica obligatoria. El accidente de la mina San José en 2010 — 33 mineros atrapados durante 69 días — fue el detonador que reformó a fondo el sistema chileno de rescate y supervisión. México nunca tuvo un evento de esa magnitud mediática, lo que paradójicamente frenó la urgencia de reformar el sistema.
La señal que llega de Durango sugiere que la presión ahora viene desde adentro de la industria, no desde el gobierno. Las empresas que promueven el cambio entienden que un marco regulatorio más exigente en materia de seguridad laboral — algo que el gobierno Sheinbaum ha señalado como prioridad en la agenda minera — podría convertir esta iniciativa voluntaria en obligación legal antes de que termine el sexenio. Moverse primero tiene sentido estratégico.
El marco regulatorio: qué obliga la ley y qué no
La Ley Federal del Trabajo y las normas de la STPS establecen responsabilidades generales en materia de seguridad e higiene industrial. Para minería específicamente, la NOM-032 es el instrumento principal. Contempla la obligación de contar con brigadas de rescate, pero no define con precisión el esquema de contratación ni los requisitos salariales de quienes integran esas brigadas.
La Reforma Minera de 2023, impulsada por AMLO, amplió las exigencias en varios frentes — consulta indígena, términos de concesión, obligaciones ambientales — pero no abordó de manera específica la profesionalización del rescate. Ese vacío normativo es el que ahora intenta llenar la iniciativa privada en Durango, antes de que la regulación federal lo haga de manera unilateral y sin margen de negociación para el sector.
La SCJN todavía no ha emitido su resolución sobre la constitucionalidad de varios artículos de la Reforma Minera 2023. Ese fallo, pendiente desde hace más de un año, definirá el alcance real de las obligaciones que las mineras deben cumplir en materia de concesiones y derechos comunitarios. La seguridad laboral no es el centro de ese debate judicial, pero su resolución podría abrir la puerta a ajustes reglamentarios adicionales que afecten directamente las condiciones de trabajo en mina.
Costo y viabilidad: las preguntas que la industria no responde en público
Profesionalizar el rescate tiene un costo directo. Una cuadrilla de entre ocho y doce personas con salarios competitivos, equipamiento especializado — aparatos de respiración autónoma, detectores de gases, herramienta de corte y extracción — y programas de entrenamiento certificados puede representar entre 1.5 y 3 millones de dólares anuales por operación, dependiendo del tamaño de la mina y la complejidad del yacimiento.
Para una operación mediana en Durango con ingresos en el rango de 50 a 100 millones de dólares anuales, ese costo es absorbible. El verdadero problema está en las operaciones pequeñas y medianas del sector informal o semi-formal que operan en la sierra duranguense. Ahí, el modelo de cuadrilla compartida entre varias minas es la única opción económicamente viable — y es precisamente el modelo que la iniciativa privada todavía no ha estructurado con claridad.
Sandra Magaña, representante del sector empresarial local comprometido con la seguridad laboral, ha planteado que el cambio requiere voluntad y coordinación. Esa declaración es políticamente segura pero insuficiente como hoja de ruta. La diferencia entre una iniciativa que prospera y una que se queda en intención es quién pone la firma en el contrato colectivo y quién financia el equipamiento cuando el precio de la plata baja.
Señal hacia el gobierno federal: la mesa de seguridad tiene nuevo insumo
CAMIMEX y el gobierno federal instalaron en 2025 una mesa de trabajo en seguridad minera, en parte como respuesta al impacto mediático del secuestro y muerte de trabajadores de Vizsla Silver en Sinaloa en enero de 2026. Ese incidente, junto con las alertas emitidas por TD Cowen sobre el riesgo operativo en Zacatecas y Chihuahua, empujó al sector a posicionarse públicamente en el tema de seguridad.
La iniciativa de Durango llega en ese contexto. No es un evento aislado — es parte de una recalibración que la industria está haciendo en múltiples frentes simultáneamente: seguridad física frente al crimen organizado, seguridad laboral subterránea y gestión de riesgos reputacionales ante inversionistas internacionales que monitorizan criterios ESG con creciente rigor.
Si la mesa federal de seguridad incorpora el modelo duranguense como caso piloto, el siguiente paso natural es una actualización de la NOM-032 que establezca estándares mínimos de profesionalización para brigadas de rescate. Eso daría al sector doce o dieciocho meses para adaptar sus estructuras antes de que la norma sea exigible. El margen existe — pero se cierra rápido cuando la agenda legislativa se acelera.
Trece días bajo tierra en Sinaloa no cambiaron la ley. Todavía. Pero pusieron en movimiento algo que los accidentes con víctimas fatales raramente logran: una industria que se autoregula antes de que el Estado llegue con la factura.

