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Minería en Línea > Política y Regulación > Trump impulsa alianza estratégica con Brasil para dominar la cadena de tierras raras
Política y Regulación

Trump impulsa alianza estratégica con Brasil para dominar la cadena de tierras raras

Diego Betancour
Publicado 14 mayo, 2026
Asociación Mundial de la Industria de Tierras Raras (REIA) Brasil Donald Trump Estados Unidos geopolítica mineral Tierras raras
tierrasraras
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Washington ya no puede darse el lujo de esperar. La concentración china en tierras raras —estimada en más del 85% del procesamiento global según el USGS— dejó de ser una estadística de política exterior para convertirse en una vulnerabilidad operativa con consecuencias directas en defensa, manufactura y transición energética. La respuesta de la administración Trump: una apuesta diplomática en Brasilia que pocos anticipaban.

Contenido
  • El acuerdo que nadie vio venir: Trump y Lula en el mismo lado de la mesa
  • Por qué Brasil es la pieza que EUA necesita en su tablero de minerales críticos
  • La posición de Brasil: soberanía como condición de negociación
  • El contexto regulatorio que define la velocidad del acuerdo
  • China observa, ajusta y no se queda quieta
  • Implicaciones para la inversión y el sector privado

El acuerdo que nadie vio venir: Trump y Lula en el mismo lado de la mesa

La alianza entre Donald Trump y Luiz Inácio Lula da Silva en materia de tierras raras desafía toda lógica ideológica superficial. Uno, presidente de retórica proteccionista y escéptico del multilateralismo climático. El otro, ícono histórico de la izquierda latinoamericana y defensor del multilateralismo. Sin embargo, ambos gobiernos están construyendo un entendimiento estratégico sobre la explotación y el procesamiento de elementos críticos que Brasil tiene en abundancia y que Estados Unidos necesita con urgencia.

Brasil posee reservas confirmadas de tierras raras entre las más grandes del planeta. El USGS estima que el país sudamericano concentra aproximadamente 21 millones de toneladas métricas de contenido de óxido de tierras raras, lo que lo ubica como el segundo mayor depósito conocido a nivel mundial, por detrás solo de China. El problema histórico no ha sido la geología sino la cadena de valor: Brasil extrae concentrados de tierras raras, pero carece de capacidad de procesamiento sofisticado para producir metales individuales separados, óxidos de alta pureza o aleaciones funcionales.

Esa brecha industrial es exactamente lo que Washington quiere financiar, acelerar y —en la medida de lo posible— anclar a cadenas de suministro aliadas bajo marcos como el USMCA o acuerdos bilaterales de minerales críticos.

Por qué Brasil es la pieza que EUA necesita en su tablero de minerales críticos

El portafolio mineral brasileño va más allá de las tierras raras. El país es el primer productor mundial de hierro —con Vale como operadora dominante—, tiene reservas significativas de niobio (CBMM controla cerca del 85% de la producción global de este metal), y su potencial en litio, grafito y manganeso lo posicionan como un proveedor estratégico multimetal para cualquier potencia industrial del siglo XXI.

Para la administración Trump, que ha declarado los minerales críticos como prioridad de seguridad nacional, Brasil representa algo más que reservas en el suelo. Representa una jurisdicción estable, con instituciones funcionando, sin el riesgo de sanciones secundarias y con capacidad de escalar producción en horizontes de cinco a diez años. Eso, en el mapa actual de diversificación de suministro que construye Washington, tiene un valor geopolítico que supera cualquier diferencia ideológica con Brasilia.

El Departamento de Energía y el Departamento de Interior han acelerado desde 2025 la firma de Memorandos de Entendimiento con países productores. La lógica es simple: comprometer flujos antes de que China profundice su ventaja en refinación. Cada mes de retraso en estos acuerdos es un mes más de dependencia que se vuelve estructural.

La posición de Brasil: soberanía como condición de negociación

Lula no llega a esta conversación con las manos vacías ni con prisa. El gobierno brasileño ha sido consistente en una condición no negociable: cualquier acuerdo debe incluir procesamiento local, transferencia tecnológica y generación de empleo calificado en suelo brasileño. Brasil no quiere repetir el modelo extractivo del siglo XX, donde exportaba materias primas y compraba manufacturas.

Esa posición no es retórica. El Ministerio de Minas e Energía de Brasil publicó en 2024 su Política Nacional de Minerais Estratégicos, un documento que explícitamente condiciona los incentivos a la inversión extranjera al desarrollo de capacidades industriales aguas abajo. La refinación, la separación de elementos y la producción de componentes intermedios deben ocurrir —al menos parcialmente— en territorio brasileño.

Para inversionistas y desarrolladores de proyectos, esta posición tiene dos lecturas. La primera: encarece los proyectos de entrada y alarga los plazos de aprobación regulatoria. La segunda: quien logre estructurar un acuerdo que satisfaga esa condición tendrá una posición privilegiada y difícilmente replicable en el mercado brasileño. El riesgo de entrada es alto; el riesgo de no entrar, también.

El contexto regulatorio que define la velocidad del acuerdo

Brasil no tiene un equivalente al Defense Production Act estadounidense que permita designar proyectos como prioritarios y acelerar permisos federales. Su marco regulatorio para minería mezcla competencias federales —bajo la Agência Nacional de Mineração (ANM)— con licenciamientos ambientales que pueden involucrar al IBAMA, agencias estatales y, en territorios indígenas, procesos de consulta previa que han demorado proyectos entre tres y ocho años.

Esa arquitectura institucional no es irreformable, pero cambiarla requiere voluntad política sostenida y capital político que el gobierno Lula no necesariamente quiere gastar en facilitar la entrada de capital estadounidense sin condiciones. El Congreso brasileño, además, tiene su propia agenda sobre soberanía de recursos naturales, y cualquier acuerdo que luzca como una concesión unilateral generará resistencia legislativa.

Para Washington, esto significa que el acuerdo con Brasil no puede ser un instrumento de política exterior de rápida ejecución. Será un proceso de negociación de mediano plazo, con hitos graduales, donde los primeros proyectos piloto funcionarán como demostración de viabilidad del modelo antes de escalar.

China observa, ajusta y no se queda quieta

Mientras Washington y Brasilia negocian, Beijing no está inactivo. La presencia de capital chino en minería brasileña es significativa y creciente: empresas estatales chinas han adquirido participaciones en proyectos de litio en Minas Gerais y mantienen contratos de largo plazo con productores de mineral de hierro. La Iniciativa Belt and Road, aunque Brasil nunca adhirió formalmente, ha dejado rastros de financiamiento en infraestructura portuaria y logística que facilitan exportaciones hacia Asia.

China también ha intensificado sus controles de exportación sobre elementos críticos como galio, germanio y grafito, movimientos que el USGS interpretó como señales de represalia ante las restricciones tecnológicas de Washington. Si los controles se extienden a tierras raras procesadas —lo cual varios analistas de la Comisión de Revisión Económica y de Seguridad EUA-China consideran posible antes de 2027— la urgencia de EUA por cerrar acuerdos con Brasil se multiplicará exponencialmente.

Esa presión de reloj es, paradójicamente, el mayor activo negociador de Brasilia. Lula lo sabe. Y su equipo de cancillería —con el canciller Mauro Vieira como conductor de la agenda— ha demostrado habilidad para mantener relaciones simultáneas con Washington y Beijing sin romper con ninguno.

Implicaciones para la inversión y el sector privado

Para el sector privado, el acuerdo Trump-Lula genera una señal de mercado que los desarrolladores de proyectos de tierras raras en Brasil no pueden ignorar. El respaldo político de alto nivel reduce —no elimina— el riesgo soberano percibido. El financiamiento disponible a través del Export-Import Bank de EUA o del DFC (Development Finance Corporation) se vuelve más accesible cuando existe un marco diplomático que da cobertura política a los proyectos.

Empresas como MP Materials, ya operadora del único sitio activo de extracción de tierras raras en EUA (Mountain Pass, California), han expresado interés en expandir su huella hacia América del Sur. El modelo que estas compañías evaluarán en Brasil no es extractivo puro, sino integrado: mina más planta de separación más potencialmente manufactura de componentes para cadenas de vehículos eléctricos o defensa.

Los proyectos en etapa avanzada en el estado de Goiás y la región de Serra Verde, con depósitos de tierras raras de alta ley, concentrarán atención institucional y capital de riesgo en los próximos 18 meses. La apuesta de Washington es que al menos uno o dos de esos proyectos esté en construcción antes del cierre del ciclo presidencial en 2028.

La diplomacia de minerales críticos no resuelve en un trimestre lo que China construyó en tres décadas de política industrial deliberada. Pero el acuerdo entre Trump y Lula establece un precedente que el resto de América Latina leerá con atención: Washington está dispuesto a negociar en términos que reconocen el valor agregado local, no solo el acceso al recurso. Si Brasil logra que ese principio se traduzca en inversión real con generación de empleo calificado, habrá cambiado las reglas del juego para toda la región.

ETIQUETAS:Asociación Mundial de la Industria de Tierras Raras (REIA)BrasilDonald TrumpEstados Unidosgeopolítica mineralTierras raras
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