En la sesión celebrada este jueves 26 de febrero en Samborondón, provincia de Guayas, la Asamblea Nacional de Ecuador aprobó la Ley Orgánica para el Fortalecimiento de los Sectores Estratégicos de Minería y Energía, una iniciativa que el presidente Daniel Noboa envió con carácter económico urgente. La votación sumó 77 apoyos, 70 rechazos y cuatro abstenciones, en un debate que expuso el pulso entre la necesidad fiscal del Estado, la seguridad en territorios mineros y las exigencias ambientales e indígenas de consulta previa.
El cambio más visible lo concentra el modelo de permisos ambientales para minería. La reforma reemplaza la licencia ambiental como figura única por una “autorización ambiental” más amplia, con tres vías de aprobación según el nivel de riesgo del proyecto. El esquema mantiene la licencia completa para actividades de mayor impacto, pero incorpora modalidades más ágiles para iniciativas de menor huella, como registros o certificados ambientales. El gobierno sostiene que así reduce cuellos de botella administrativos que históricamente retrasaron inversiones, sin alterar los estándares técnicos del marco ambiental vigente.
Este rediseño llega en un momento en el que Ecuador intenta convertir la minería industrial en una fuente estable de divisas dentro de una economía dolarizada. Medios locales reportan que las exportaciones mineras crecieron con fuerza desde 2019, apalancadas por operaciones como Fruta del Norte y Mirador, que desde 2019 sostienen la producción a gran escala en el país. En la práctica, el sector formal ya probó que puede mover la aguja externa, pero todavía no logra desplegar una cartera amplia de nuevos proyectos sin conflicto social, litigios y cambios regulatorios.
En el texto aprobado, la Asamblea también enmarca la reforma como una actualización de competencias institucionales y actos administrativos previos a la actividad minera. El Legislativo destaca ajustes en patentes de conservación, en las etapas de exploración y explotación, y en instrumentos de fomento a la inversión, con la idea de ordenar el desarrollo de proyectos, incentivar encadenamientos y mejorar la coordinación público-privada. En paralelo, la reforma incluye cambios al sector eléctrico para permitir participación privada de forma excepcional y crear mecanismos como un mercado de capacidad, en un país que ha discutido con intensidad la confiabilidad del sistema.
Una parte del debate se movió, sin embargo, más por política territorial que por el corazón minero-ambiental del proyecto. La Asamblea votó el articulado en dos bloques y excluyó el artículo 29, tras el reclamo de legisladores amazónicos que advirtieron efectos sobre asignaciones vinculadas a regalías petroleras para la región. Ese episodio retrata un dato clave: en Ecuador, las reformas a sectores estratégicos nunca se discuten aisladas, porque minería, petróleo y electricidad comparten el mismo tablero fiscal y regional.
La seguridad empujó otro eje de la reforma. El paquete apunta a crear áreas mineras con protección de seguridad estratégica y contempla presencia de fuerzas en zonas amenazadas por minería ilegal y por redes criminales. La motivación no resulta abstracta: la ministra Inés Manzano ha descrito un mapa de presión creciente en provincias golpeadas por extracción clandestina, con medidas recientes de suspensión de actividad en Napo y de paralización de plantas de beneficio en el sur, citando contaminación y expansión descontrolada. En la discusión pública, el gobierno también ha señalado cientos de puntos de minería ilegal identificados en el territorio.
Aquí conviene detenerse en una tensión que define al sector en buena parte de América Latina. Cuando la autoridad no logra controlar el territorio, la minería ilegal ocupa el espacio con una velocidad brutal, captura rentas y degrada ríos y suelos. En ese contexto, la minería formal puede jugar un papel útil, porque obliga a trazabilidad, auditoría y reglas, siempre que el Estado haga cumplir la ley y no convierta la simplificación en relajamiento. La reforma apuesta por esa lógica: formalizar, ordenar y proteger. El resultado dependerá menos del papel y más de la capacidad operativa de las agencias, de la coordinación con fuerzas de seguridad y de la vigilancia ambiental real en campo.
Los críticos atacan justamente ese punto, pero desde el ángulo inverso. Organizaciones indígenas y ambientalistas sostienen que sustituir licencias por autorizaciones abre la puerta a atajos, reduce controles efectivos y puede vulnerar el derecho a la consulta previa, libre e informada. La CONAIE ha advertido que el diseño podría convertir la evaluación ambiental en un trámite, con riesgos sobre ecosistemas y agua, especialmente en territorios donde el cobre, el oro y la plata conviven con páramos, bosques y cuencas sensibles. La narrativa opositora no solo discute procedimientos, también discute legitimidad social.
El primer día posterior a la aprobación, el frente jurídico ya asomó. Comunidades de Azuay presentaron acciones para frenar los efectos de la ley y anunciaron recursos ante la Corte Constitucional, alegando falta de consulta prelegislativa. En su pronunciamiento, también vincularon el debate con la defensa del territorio de Quimsacocha y con el sistema hídrico asociado a Loma Larga, que abastece a una población amplia en Cuenca. Más allá del desenlace, estos movimientos anticipan un escenario probable: litigio estratégico y disputa por legitimidad social, dos factores que suelen impactar calendarios y costos.
Desde la perspectiva de atracción de capital, Ecuador intenta corregir una historia reciente de incertidumbre. En junio de 2025, el gobierno reabrió el catastro minero tras años de cierre, con un despliegue por fases y un discurso explícito contra la minería ilegal. Esa decisión, junto con la reforma aprobada hoy, manda una señal de apertura regulatoria. Aun así, el mercado mira algo más que señales: mira estabilidad de reglas, tiempos de permisos, y sobre todo conflictividad social en territorio. Si el país no mejora el diálogo temprano con comunidades, la inversión puede seguir entrando “con freno de mano”, incluso con trámites más rápidos.
En el detalle técnico, la reforma también conversa con el debate sobre etapas de desarrollo y permanencia de concesiones. Fuentes del sector han explicado que la propuesta reorganiza fases para dar más coherencia a los tiempos reales de exploración, que suelen tomar años antes de justificar una mina. El mismo debate toca patentes de conservación y fechas de pago, con la idea de evitar concesiones ociosas y empujar actividad efectiva, aunque esa presión también puede castigar a proyectos legítimos que enfrentan demoras sociales o judiciales. Este equilibrio, entre castigar especulación y no ahogar proyectos serios, define muchas políticas mineras en la región.
Mi análisis, desde una mirada estrictamente periodística, deja dos ideas. La primera: Ecuador necesita recaudación, empleo formal y control territorial, y la minería responsable puede aportar a las tres si el Estado sostiene estándares y fortalece fiscalización. La segunda: el mayor riesgo no se esconde en el texto, sino en la implementación sin confianza social. ¿Qué pasa si el país acelera permisos, pero no acelera presencia ambiental y diálogo? La historia regional muestra que ese desbalance dispara amparos, consultas y paralizaciones. La reforma abre una puerta, pero el gobierno y las empresas deben cruzarla con transparencia, monitoreo y acuerdos verificables.

