Las pantallas de precios cerraron la semana con dos mensajes claros para el mercado. El oro sostuvo niveles históricos y el crudo volvió a ceder terreno. En esa fotografía, Goldman Sachs decidió ponerle números a 2026 y, de paso, un guion a la conversación global sobre materias primas.
La tesis del banco apunta a la continuidad de dos fuerzas que dominaron 2025. El oro siguió marcando el paso con una racha récord y el petróleo cargó con señales de abundancia. Goldman Sachs considera que ambas tendencias cruzarán el calendario y se convertirán en el centro de sus “commodity picks” para 2026.
El informe, firmado por analistas como Daan Struyven y Samantha Dart, coloca un ancla contundente. Goldman Sachs proyecta un escenario base de oro en US$4,900 por onza hacia finales de 2026. El banco también reconoce riesgos al alza.
En paralelo, el equipo ve un año difícil para el crudo si el mercado no enfrenta un sobresalto mayor. El banco calcula que el Brent promediará US$56 por barril en 2026 y que el WTI rondará US$52. Esa trayectoria responde, según el reporte, a un superávit que obligará a ajustar precios para reequilibrar.
Oro: el banco centra la historia en bancos centrales y tasas
Goldman Sachs atribuye el impulso del oro a una mezcla de demanda oficial y condiciones financieras. El banco subraya compras sostenidas de bancos centrales y un entorno de recortes de tasas en Estados Unidos. También observa flujos hacia ETF que compiten por metal disponible.
Ese punto resulta clave para entender la lectura minera. Cuando el precio se mantiene alto, las compañías ajustan planes de inversión con más margen. Aumentan perforación, extensiones de vida de mina y mejoras de recuperación metalúrgica. El ciclo, cuando se administra con disciplina, puede traducirse en empleo local y mayor recaudación.
Aquí conviene aterrizarlo a México, porque el país vive de cerca cualquier sacudida en metales preciosos. México lidera la producción mundial de plata, y esa cadena comparte infraestructura, talento y servicios con la minería aurífera.
El rally del oro también suele reordenar el apetito por proyectos de menor tamaño. Los inversionistas vuelven a mirar distritos con permisos avanzados y costos controlados. Esa dinámica beneficia a proveedores y contratistas, que a menudo quedan fuera del foco cuando el mercado solo habla de onzas y barriles.
No todo es bonanza automática. Un precio alto también eleva expectativas sociales y presión regulatoria. Las comunidades piden resultados visibles y rápidos. Los gobiernos buscan capturar renta con cambios fiscales. La industria necesita responder con transparencia, diálogo y estándares ambientales verificables.
Mi lectura es sencilla: el oro caro abre una ventana, pero no perdona errores. La minería gana legitimidad cuando demuestra trazabilidad, seguridad y beneficios compartidos. Sin eso, el precio récord solo amplifica conflictos.
Petróleo: el superávit manda, salvo que la geopolítica lo contradiga
El segundo eje del análisis de Goldman Sachs se concentra en el crudo. El banco plantea que el mercado necesitará precios más bajos para absorber el excedente de oferta, a menos que ocurra una disrupción relevante o un recorte contundente de la OPEP. También advierte acumulación de inventarios comerciales en países de la OCDE.
La cifra del Brent bajo US$60 ya rondaba el mercado al momento del reporte, incluso con tensiones geopolíticas que normalmente empujan al alza. En el texto se menciona el caso de Venezuela como un foco que alimentó temores de interrupción, sin cambiar el sesgo general.
Este escenario tiene implicaciones directas para América Latina. Los países exportadores sienten el golpe en ingresos fiscales y balanza externa. Los importadores ganan aire en costos de energía y transporte. México vive una dualidad, porque produce crudo y, al mismo tiempo, enfrenta retos de refinación y finanzas públicas ligadas al sector.
En términos mineros, el petróleo barato tiende a aliviar una parte del costo operativo. Baja el diésel y se abaratan fletes en ciertas rutas. Sin embargo, el beneficio no llega igual a todos. Las mineras con contratos eléctricos indexados o con logística compleja pueden ver un efecto menor. Además, un crudo débil suele enfriar inversión en regiones petroleras que también contratan servicios industriales.
El mercado tampoco opera en línea recta. En estos días, otros medios financieros han señalado cómo expectativas de acuerdos geopolíticos también empujan precios a la baja por el miedo a más oferta.
Cobre, gas e hierro: señales para el ciclo industrial
Más allá del binomio oro-petróleo, Goldman Sachs dejó guiños sobre el resto de la canasta. El banco ve presión bajista en gas natural ante una ola de oferta, favorece al cobre frente al aluminio y observa debilidad en el mineral de hierro por el aumento de producción minera.
El cobre merece lectura aparte, porque conecta con electrificación y redes. Reuters también recogió que Goldman Sachs mantiene al cobre como su metal industrial preferido y proyecta un promedio de alrededor de US$11,400 por tonelada en 2026, aunque con un techo condicionado por incertidumbre comercial.
Para México, el cobre y el aluminio atraviesan cadenas manufactureras, desde autopartes hasta infraestructura eléctrica. Para América del Sur, el cobre define gran parte del ingreso exportador. Cuando un banco de este tamaño insiste en el cobre, el mercado toma nota en exploración, permisos y financiamiento de proyectos.
El hierro, en cambio, carga con un problema clásico. Cuando la oferta crece más rápido que la demanda, el precio se ajusta. Eso repercute en márgenes de productores y en decisiones de expansión. En regiones con proyectos greenfield, la disciplina de capital vuelve a ser la palabra más importante.
Lo que el pronóstico significa para la minería, y lo que no garantiza
El pronóstico de Goldman Sachs opera como brújula, no como contrato. Sirve para calibrar riesgos y para ordenar coberturas. También influye en decisiones de financiamiento, porque muchos modelos de factibilidad usan supuestos de precio que “conversan” con bancos y consultoras.
En el lado positivo para la minería, un oro fuerte sostiene inversión, empleo y compras locales. También puede acelerar modernización tecnológica, porque las empresas aprovechan caja para automatización, seguridad y eficiencia energética. Ese tipo de gasto deja capacidades instaladas, incluso si el precio se normaliza.
En el lado delicado, el oro caro puede elevar costos de adquisición de activos y disparar fusiones mal pagadas. La historia minera está llena de ciclos donde las empresas compraron onzas “en el pico” y luego recortaron en el valle. Por eso conviene mirar más allá del precio spot y medir calidad geológica, leyes, permisos y relación comunitaria.
Para el petróleo, un 2026 flojo puede presionar presupuestos públicos en países exportadores. Esa presión a veces se traduce en mayor carga fiscal sobre sectores formales, incluida la minería. En México, el debate regulatorio y fiscal aparece con frecuencia en el Congreso y en agendas estatales. El sector minero necesita anticipar esa conversación con datos, no con slogans.
Al final, este tipo de reportes mueve expectativas porque junta macroeconomía, inventarios y geopolítica en una narrativa digerible. Goldman Sachs dice, en esencia, que el dinero seguirá buscando refugio en metal y que la energía fósil enfrentará un mercado bien abastecido.
La pregunta útil no es si el oro tocará exactamente US$4,900. La pregunta útil es qué decisiones toma la industria hoy para convertir un buen precio en desarrollo medible, con menos conflictos y más certidumbre.

