En el mundo de los diamantes, donde cada piedra cuenta una historia milenaria, la forma en que se venden sigue anclada en prácticas que hoy resultan contraproducentes. Desde Bruselas, el llamado a transformar el sistema de subastas y licitaciones no viene de un activista ni de un gobierno productor desesperado, sino de uno de los actores más influyentes del mercado: HB Antwerp.
La declaración de Oded Mansori, cofundador y socio gerente de la firma belga, fue directa y sin adornos. En su análisis, el mercado global de diamantes se tambalea en lo que considera la peor crisis de su historia. La raíz del problema, asegura, no está solo en la caída de la demanda o en el auge de los diamantes de laboratorio, sino en la opacidad e ineficiencia del sistema de ventas tradicional.
Las casas de subastas y los procesos de licitación han sido durante décadas el mecanismo predilecto para la comercialización de diamantes en bruto. En teoría, permiten que los compradores oferten confidencialmente por cada piedra o lote, asegurando competencia. Pero en la práctica, según Mansori, este sistema actúa más como un casino: los resultados son impredecibles, y los valores, arbitrarios.
Este modelo pone en una situación especialmente frágil a los países productores. Botswana, cuyo desarrollo económico depende en gran medida de los diamantes, ha visto mermar sus ingresos. Las consecuencias no son solo números: minas como Burgundy y la emblemática Letseng en Lesoto se han visto forzadas a despedir trabajadores. En economías que dependen fuertemente de esta actividad, cada puesto perdido repercute en comunidades enteras.
Para Mansori, el problema no es nuevo. “Durante años, los productores confiaron en un sistema que se ve eficiente en papel, pero que en la práctica no protege ni a los trabajadores ni a los accionistas”, afirmó. Las piedras en bruto se colocan en mercados opacos, donde el verdadero valor queda sujeto a especulación. Cuando la demanda global cae —como ha sucedido cíclicamente en la última década—, los productores quedan desprotegidos, y el costo humano es alto.
Frente a esta situación, HB Antwerp propone un cambio estructural. En lugar de apostar a los resultados inciertos de una subasta, los productores podrían alinear sus ingresos con el valor final del diamante ya pulido. Su modelo de negocio, que aplica en sociedad con Lucara Diamond Corp, se basa justamente en esto: adquieren diamantes de al menos 10.8 quilates provenientes de la mina Karowe, en Botswana, calculando el precio en función del valor estimado de la piedra pulida.
Este acuerdo no es solo una propuesta teórica: ya está dando resultados. En los primeros seis meses del año, HB Antwerp representó el 72% de los ingresos por diamantes de Lucara, equivalentes a 74 millones de dólares. El año anterior, su participación era del 65%. Según estimaciones de la firma, este modelo puede incrementar los ingresos de los productores en hasta un 40%.
La industria diamantífera siempre ha oscilado entre el glamour de las vitrinas y la dureza de los yacimientos. Pero ahora, más que nunca, parece necesaria una revisión crítica de cómo se distribuye el valor generado a lo largo de la cadena. El auge de los diamantes creados en laboratorio ha puesto aún más presión sobre los márgenes. En este nuevo escenario, la eficiencia ya no es una opción: es una cuestión de supervivencia.
Además de los beneficios económicos, esta reformulación podría tener impactos sociales positivos. Si los productores acceden a mayores ingresos, es más probable que puedan sostener empleos, invertir en las comunidades cercanas a las minas y contribuir al desarrollo local. En regiones como África austral, donde la minería representa una vía real de progreso, esto es mucho más que un tema técnico: se trata de justicia económica.
El modelo de HB Antwerp también introduce un nivel de transparencia que hasta ahora ha estado ausente. Al valorar las piedras con base en su potencial real y no en la percepción especulativa del mercado, se reduce la posibilidad de manipulaciones o de subvaloraciones que terminan perjudicando a los países productores. Esta es, sin duda, una vía hacia una relación más equilibrada entre las casas compradoras y las naciones mineras.
Sin embargo, el cambio no será fácil. Las casas tradicionales de subastas y los intermediarios que han prosperado bajo el modelo actual podrían resistirse. Cambiar una práctica tan arraigada implica también modificar intereses económicos y estructuras de poder. Pero como suele pasar en momentos de crisis, las oportunidades para una transformación real están más presentes que nunca.
Hoy, el sector se encuentra en una encrucijada. Persistir en un sistema que ha demostrado ser insuficiente o apostar por un nuevo modelo que prioriza la equidad, la transparencia y la sostenibilidad. La decisión no es solo de las empresas; los gobiernos de los países productores también deben involucrarse, exigir condiciones más justas y, por qué no, participar directamente en estos nuevos esquemas de comercialización.
Mansori lo deja claro: no se trata de idealismos, sino de pragmatismo. En un mercado cada vez más competitivo, los productores no pueden seguir jugando a los dados con su futuro. El valor de una piedra no está en su peso ni en su rareza, sino en lo que representa para quienes la extraen, la pulen y la comercializan.
Porque en el negocio de los diamantes, como en la vida misma, no basta con brillar: hay que saber cómo se reparte esa luz.

