San Luis Potosí, México.- Llegar al municipio de Cerro de San Pedro, San Luis Potosí es remontarnos a la época próspera minera del sitio. Así lo recuerda J. Guadalupe Alvarado López, quien desde la edad de 10 años trabajó en la extracción de metales por 50 años.

El lugar toma su nombre del español Pedro de Anda, que lo llamó San Pedro de Potosí, Pedro por el suyo propio y Potosí por otras ricas minas de Potosí en Bolivia, antes Perú.

La historia de este lugar ubicado en la zona montañosa del estado, cuenta que en 1592 Fray Diego de Magdalena descubrió a un indio cubierto con polvo dorado de los yacimientos, lo que llamó la atención de los españoles.

En 1595 se empiezan a explotar los yacimientos, pero no había agua suficiente para el beneficio; en 1620 y una década después en 1630, hubo un descenso grave hasta quedar en el abandono.

Así lo dice un aplaca en la Plaza Benito Juárez, pero después de esta fecha renace por sus existentes yacimientos aún sin explotar.

Potosí tiene su origen de la palabra quechua poc- to- si, que se traduce como riqueza inmensa, y lo fue -enormes vetas de dorado metal fueron encontradas, además de la plata. Ahora sólo quedan las zonas de extracción y las esculturas en fierro de mineros, una pintura y el carro donde se cargaba el preciado oro-.

La tranquilidad llama a los visitantes que huyen del tráfico y el estrés de las grandes ciudades, en pocos minutos se empieza a ver el paisaje campirano del antiguo de Real de Minas, dando origen a la capital del estado.

Un arriero y su ganado, un pastor y sus ovejas o las inigualables vacas lecheras que a paso lento atraviesan el monte y a lo lejos los sembradíos de maíz, chile y frijol, son el preámbulo del sitio que fue fundado por el descubrimiento de las vetas de oro y plata en las entrañas de esa tierra.

Al entrar al pequeño poblado de San Pedro por la avenida Juárez, lo destaca su particular arquitectura de piedra color ocre que hace remontarnos a tiempos pasados y prósperos para los dueños de las minas, y ahí estaba don Lupe tomando el sol a pocos metros de la plaza principal.

Al vernos el ex minero saluda como si nos conociéramos de siempre, mientras su esposa platicaba con otros lugareños, después se sienta en la banqueta alta para acompañarlo y contarnos parte de su historia y el trabajo que desarrolló durante su vida.

“Aquí la vida es muy tranquila, pero no teníamos agua potable, tomábamos de los depósitos que se llenaban con la lluvia, hasta que llegó el presidente Carlos Jongitud Barrios en los setentas”, dijo la señora Sofía Ibarra Leija, esposa de don Lupe Alvarado Lópes, con quien tiene más de 50 años de casados.

A su lado permanecía callado, para toser en repetidas ocasiones debido a la afectación de sus pulmones, resultado de tantos años de trabajar en las minas hasta dejarlo agotado, respirando pausado hasta llegar a calmarse.

“Yo acompañaba a mi padre y a los grandes a trabajar en las minas, todo el pueblo trabajaba en ellos, eran tiempos difíciles, permanecíamos ocho horas dentro de ellas, mi padre era de San Luis de la Paz, Guanajuato”, recuerda.

Don Lupe afirma que los obreros ganaban 22 pesos por semana, pero a él por ser niño muy poco, tan sólo recordarlo, el rostro del anciano le cambió de inmediato y se torna serio.

“Era una mugre lo que me pagaban, siete, ocho pesos nada más, todos nos dedicábamos al trabajo de las minas, no había más, aquí ha transcurrido toda mi vida, ahora ando entrando a los 79 años”, comentó en voz baja.

Explica que el trabajo fue duro, sin protección alguna, pero en su corazón de niño sólo estaba en poder ayudar a su padre dentro de las entrañas de la tierra todos los días en una jornada normal, como un adulto.

“Se juntaba plomo, oro, lata cobre, zinc, fierro, cal insoluble, mercurio y uranio”, dijo recordando la bonanza del sitio, aunque su mayor auge fue en el siglo XVI y XVII en la época del virreinato, cuando en la región habitaban los indios huachichiles que consideraban el lugar como sagrado.

El pueblo casi fantasma no fue construído como otras alrededor de la plaza, junto a ella se edificó la iglesia de San Pedro patrono de los mineros de estilo barroco primitivo y la pieza más elaborada es el campanario que aun se conserva, en el mismo lugar donde estaba una ermita.

Mantiene una fachada de cantera, construída con estuco, pero en la misma, en el lateral poniente conserva una portada trabajada en ladrillo y en su cornisa restos de pintura mural, la cúpula es única y no se encuentra en ninguna otra iglesia del estado y su altar está dedicado a San Jerónimo.

En algún tiempo estuvo en riesgo de caer al ser construído por debajo de la parroquia un túnel para seguir con la extracción de metales, sus paredes se cuartearon y aún siguen así; fue restaurada en 1765; en 1770 se reconstruyó la torre en cantera y altar original que era de estilo barroco por neoclásico y la sacristía.

Sin falla alguna el reloj marca las horas del día, en la parte superior de la misma fachada, con campanadas que se escuchan en todo el pueblo casi solitario, pero hermoso, donde el tiempo pareciera se detuvo.

Don Lupe se detiene para descansar después del almuerzo y tomar calor de los rayos solares que tocan su rostro en un clima fresco. “Fue nada el pago, pero había que trabajar, así es esto, ahora sólo espero recuperarme”, agregó en su narración sin dejar de toser al contar parte de su historia.

Nunca mencionó la palabra explotación, pero al recordar el poco pago se remonta a tiempos pasados de sus largas y extenuadas jornadas dentro de las minas, ahora en el abandono.

Los caseríos, tiendas de abarrotes, el comedor, fondas, estanquillos, cercanos a la plaza también están deshabitados, sobre la misma avenida Juárez se encuentran las oficinas municipales, como Obras Públicas, Catastro, Desarrollo Rural, Registro Civil, Sindicatura y Seguridad Pública.

El tiempo se detuvo en San Pedro, así como don Lupe, que por medio siglo cargó pico y pala para extraer el metal hasta retirarse, su quebrantada salud aliviada con remedios caseros y cuidados de su esposa, lo mantienen al día como uno de los últimos mineros de una época próspera en la tierra.

Después, se levantó con dificultad de la banqueta alta para despedirse apoyado de su bastón y caminar a paso lento, pero firme, no sin antes voltear a la iglesia y hacer una reverencia para atravesar la plaza.

 

 

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