¿Te imaginas fabricar maquinaria pesada y no poder subir tus precios aunque tus costos se disparen? Esto le está ocurriendo a dos de los gigantes más emblemáticos del sector: Caterpillar y Deere. Ambas compañías, símbolos de la ingeniería industrial estadounidense, enfrentan un golpe doble: una política arancelaria agresiva impulsada por Donald Trump y un mercado debilitado por tasas de interés elevadas y menor inversión de capital.
Aunque los aranceles fueron diseñados para proteger la manufactura local, la realidad para estas empresas globalizadas es más compleja. La dependencia de cadenas de suministro internacionales hace que las tarifas se traduzcan en costos más altos que no pueden ser fácilmente trasladados al cliente final. Y si el cliente no compra, la maquinaria se queda almacenada.
Durante sus reportes trimestrales más recientes, ambos fabricantes dejaron claro que la situación no es sencilla. Caterpillar advirtió que los aranceles sobre componentes y materiales importados presionarán sus márgenes. Deere, por su parte, alertó sobre el encarecimiento del acero y otros insumos clave para su maquinaria agrícola y de construcción. La magnitud del impacto no es menor: entre $14.2 y $15.8 mil millones es el golpe combinado que esperan absorber las empresas industriales afectadas por los aranceles en todo 2025, según el rastreador de Reuters.
Esta tormenta perfecta de costos al alza y debilidad en la demanda ha desnudado la fragilidad del sector ante cambios repentinos de política comercial. En años recientes, Deere logró navegar las aguas de la pandemia gracias a ingresos agrícolas estables y un impulso global a la infraestructura. Pero hoy el contexto es muy distinto. Las alzas de precios que antes eran posibles ahora se estancan o se quedan cortas.
En la división de Construcción y Silvicultura de Deere, por ejemplo, los precios subieron menos de lo previsto, lo que redujo a la mitad sus utilidades operativas respecto al año anterior. Caterpillar tampoco se salva: su ganancia operativa cayó cerca del 20%, un reflejo de que los clientes están comprando menos y que absorber los costos se ha vuelto inevitable.
Si algo ha quedado claro es que los aranceles, aunque pensados para incentivar la producción interna, están haciendo más difícil la operación para empresas que dependen de materias primas y piezas del extranjero. Deere espera un aumento de apenas 1% en los precios de su unidad más grande, Producción y Agricultura de Precisión, insuficiente para contrarrestar la inflación de costos operativos. En paralelo, Caterpillar enfrenta hasta $1.5 mil millones en costos relacionados con aranceles, de los cuales hasta $500 millones se reflejarán solo en el tercer trimestre de 2025.
El impacto no es homogéneo. Mientras que Caterpillar ha encontrado cierto alivio en su unidad de Energía y Transporte —que vende motores y turbinas para generación eléctrica y ferrocarriles—, Deere resiente una caída más marcada por su alta exposición al mercado agrícola. Las ventas de Deere han disminuido casi 18% en lo que va del año, y ya ha tenido que recortar su pronóstico de utilidades anuales en dos ocasiones.
En mercados como Brasil, donde se espera una recuperación del sector agrícola, Deere podría tomar una postura de precios más agresiva para ganar participación. En contraste, Caterpillar, en segmentos como generación eléctrica, ha logrado evitar grandes descuentos para liquidar inventario, lo que le da cierto respiro.
Sin embargo, ni siquiera estas estrategias de nicho alcanzan para compensar el peso de las tarifas. Jefferies, una firma de análisis financiero, advierte que los mayores daños se reflejarán en las divisiones de equipos pequeños y maquinaria de construcción de Deere, donde las alzas de precios no alcanzan para cubrir la totalidad del impacto.
Lo que vivimos hoy es un claro recordatorio de cómo una política comercial puede tener consecuencias inesperadas, incluso para los campeones nacionales que supuestamente busca proteger. El caso de Caterpillar y Deere deja ver que, en un mundo interconectado, la autosuficiencia industrial no es tan simple como imponer aranceles.
Como editor enfocado en el sector energético y minero, no puedo evitar pensar cómo estas dinámicas comerciales podrían afectar también a fabricantes de maquinaria minera o a países exportadores de minerales esenciales. Si el acero y otros metales críticos encarecen su acceso por barreras comerciales, no solo se afectan las constructoras, sino toda la cadena que depende de maquinaria pesada para la extracción de recursos.
En México, por ejemplo, donde la maquinaria importada es esencial para las operaciones mineras en estados como Sonora, Zacatecas y Chihuahua, una escalada de tarifas podría impactar indirectamente los costos de producción del sector. Y en un entorno donde la inversión minera ya enfrenta desafíos regulatorios y ambientales, un nuevo frente de presión en insumos sería otro obstáculo a considerar.
A pesar de los nubarrones, el sector aún tiene oportunidades. Las unidades energéticas de Caterpillar o la posible recuperación del agro brasileño para Deere son señales de que la resiliencia sigue presente. Pero será necesario adaptarse con rapidez, optimizar las cadenas de suministro y quizás, apostar por mayor producción local de componentes estratégicos.

