La reciente tragedia en la mina inactiva de Badiraguato, Sinaloa, pone en perspectiva la necesidad urgente de reforzar medidas de seguridad, incluso en minas que han quedado fuera de operación. En el sector minero, la exploración en sitios inactivos resulta común, pues existen potenciales reservas que, a pesar de su aparente agotamiento, pueden aún albergar materiales valiosos. Sin embargo, estas zonas plantean riesgos elevados debido a la falta de mantenimiento y vigilancia estructural.
El incidente en Badiraguato subraya la importancia de una regulación estricta que exija la evaluación de riesgos y protocolos de seguridad, tanto para las empresas formales como para los trabajadores independientes que llevan a cabo muestreos o exploraciones en sitios abandonados. La minería no debe ser vista únicamente como una actividad económica, sino también como una labor de alto riesgo que demanda el respaldo de normativas claras y eficientes, diseñadas para proteger la vida humana.
En este contexto, la responsabilidad no recae solo en los trabajadores, sino también en las autoridades y empresas del sector. Los gobiernos locales y federales deben garantizar que cada sitio minero, activo o no, cuente con estudios de seguridad que orienten a quienes laboran en ellos. Asimismo, urge que se ofrezca capacitación continua a los trabajadores mineros, especialmente en zonas donde los recursos limitados y la falta de infraestructura de rescate hacen más difícil la intervención ante un accidente.
Finalmente, destaco que si bien la minería tiene un impacto positivo en el desarrollo de la economía local, el enfoque debe girar hacia una minería responsable y segura, donde el valor de cada vida humana sea la prioridad. Badiraguato nos recuerda que la minería requiere compromiso y colaboración de todos los sectores para evolucionar en una práctica que impulse la economía sin comprometer la seguridad.

