Pachuca, Hidalgo.- Fue don Miguel A. Hidalgo, conocido poeta y periodista, quien en 1924 dio a conocer en su libro Pachuca sus historias y sus leyendas una magnífica leyenda procedente del que se conociera como Mineral de Atotonilco el Chico, pintoresca población distante de Pachuca a unos 15 kilómetros, lugar enclavado en las escarpadas de la llamada Sierra de Pachuca, desde donde pueden apreciarse en la cumbre de un empinado cerro dos enormes monolitos que, vistos a distancia, simulan los cuerpos de sendas monjas en oración, a los que se conoce con el nombre de las Monjas del Chico.

Cuenta la leyenda que hace ya más de cien años, a mediados del siglo 19, cuando Mineral del Chico vivía su más importante bonanza minera, dos bellas jóvenes habitantes de aquel antiguo real tuvieron un desliz, lo que motivó la furia de sus padres, quienes ordenaron fueran recluidas como religiosas en un conocido convento de la Ciudad de México, de donde se fugaron poco después, a fin de regresar a solicitar el perdón de sus padres.

Mas resultó que los indignados progenitores de aquellas monjas novicias ordenaron que fueran encerradas en la iglesia del pueblo, a fin de que purgaran allí sus culpas, para lo cual se cortó toda comunicación de las recluidas con el mundo exterior y se les impusieron los más duros castigos.

Dicen que una noche, cuando todo el mundo dormía, aquellas audaces mujeres concibieron la idea de fugarse de la prisión. Escalaron los altos muros del templo y salieron por la bóveda y de allí bajaron por la escalera del campanario; poco después atravesaron sigilosas el oscuro pueblo y se internaron en el monte.

Saltaron arroyos, cruzaron cañadas, escalaron peñascos, unos momentos animosas y otros arrepentidas de su fuga. El nuevo día las sorprendió en la cúspide del monte. Allí, exhaustas y hambrientas, postradas de rodillas, decidieron pedir perdón y protección divina y cuenta la conseja que en ese momento se les apareció el mismo Lucifer, invitándolas a que se marcharan con él.

Aterrorizadas, siguieron orando, hasta que una gran centella seguida de enorme estruendo fulminó el cuerpo de las pecadoras y las convirtió en inmensas moles de granito. No había nubes, decían los lugareños, pero el terrible estruendo de un solitario e inexplicable rayo ensordeció a todos los habitantes del antiguo real, obligándolos a dirigir la mirada al sitio donde los monolitos se erguían ya como testimonio de lo sucedido.

Algunos piadosos lugareños decidieron llevar hasta el lugar a la santa imagen de “La Niña” (pequeña imagen de la virgen de la Purísima Concepción) sobre sus espaldas, pero se dice que tan pronto iniciaron ascensión empezaron a escuchar ayes lastimeros, azotes, rugidos de fieras y ruidos de cadenas, de dinero, de piedras que se desprendían de la montaña y otros sonidos raros. Pronto se percataron de que la virgen “Niña” no les acompañaba ya. El tameme que le llevaba en las espaldas juraba que no había sentido que la imagen cayera. Se dedicaron a buscarla hasta que la hallaron en el nicho de una hendidura formada en medio de los inmensos monolitos en que fueron transformados los cuerpos de las mujeres, lo que fue tomado como signo de salvación y desde entonces se llamó a aquellas formaciones rocosas como “Las Monjas”.

Por ello se dice que cuando alguien comete una gran falta puede ir a expiarla subiendo hasta aquellas escarpadas rocosas.

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Fuente: El Mexicano

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