El 45% de los bancos centrales del mundo planea aumentar sus reservas de oro en los próximos doce meses. No es un dato de mercado especulativo ni una proyección de analistas —es la respuesta directa de las instituciones que mueven el precio. La Encuesta de Reservas de Oro de Bancos Centrales del World Gold Council, publicada esta semana, confirma que el apetito institucional por el metal no solo se mantiene: está en su nivel más alto desde que el WGC comenzó a medir este indicador.
El ritmo de compra se duplicó — y no fue accidente
Los bancos centrales compraron en promedio 1,000 toneladas de oro por año durante los últimos cuatro años. El contraste con la década anterior es contundente: el promedio fue de 500 toneladas anuales. No estamos frente a una aceleración gradual. Estamos frente a un cambio estructural en la forma en que los bancos centrales conciben sus reservas.
El punto de inflexión fue 2022. La decisión del G7 de congelar las reservas internacionales de Rusia —aproximadamente 300,000 millones de dólares en activos denominados en divisas occidentales— redefinió el cálculo de riesgo para decenas de bancos centrales en mercados emergentes. Si los dólares, euros y libras pueden quedar inmovilizados por decreto político, el oro —que no es la deuda de ningún gobierno, que no puede ser congelado— recuperó una función que muchos ya consideraban obsoleta: ser reserva soberana sin contraparte.
La lógica funciona en ambas direcciones. Los bancos centrales que más compraron desde 2022 —China, India, Polonia, Turquía, Qatar— no lo hicieron porque el oro estuviera barato. Lo hicieron porque el costo de no tenerlo se volvió más visible. Esa distinción importa para leer el ciclo actual.
Qué dice el 45% sobre el precio futuro
Cuando casi la mitad de los bancos centrales del planeta declara intención de comprar en los próximos doce meses, el mercado tiene que procesar una demanda estructural de base, no estacional. El oro no depende de un rally especulativo para sostener sus niveles. Tiene un comprador institucional con capacidad de absorción que no responde a stops de pérdida ni a calls de margen.
El COMEX y el mercado de futuros pueden generar volatilidad de corto plazo. Los fondos especulativos pueden entrar y salir. Pero los bancos centrales compran en el mercado spot, a menudo directamente con productores o a través del Banco de Pagos Internacionales, y no venden en correcciones de 5%. Su horizonte de tenencia se mide en décadas, no en trimestres.
El WGC ya documentó que los bancos centrales representaron el 24% de la demanda mundial de oro en 2024 —un máximo histórico. Si el 45% de los encuestados este año confirma intenciones de compra, esa participación no bajará. Podría aumentar. Y cada punto porcentual adicional de demanda institucional es un piso más alto para el precio.
El dato que la encuesta no dice explícitamente
La encuesta mide intenciones. Los compromisos reales pueden ser mayores o menores dependiendo del entorno macroeconómico, las tensiones geopolíticas y la disponibilidad de oferta. Pero hay una asimetría importante: históricamente, la brecha entre lo que los bancos centrales declaran en la encuesta y lo que terminan comprando se ha cerrado por el lado de la compra, no de la reducción.
Dicho de otro modo: cuando un banco central dice que planea comprar, generalmente compra. Cuando no declara intención, a veces compra de todas formas —China reportó compras durante meses sin hacerlas públicas antes de que el WGC y el USGS las calcularan indirectamente a través de datos de importación.
Eso sugiere que el 45% es un piso de intención declarada, no un techo de demanda real. Para los mercados, la implicación es directa: el soporte estructural del oro en 2026 y 2027 no depende de que la inflación regrese ni de que las tasas de la Fed bajen más rápido de lo esperado. Depende de decisiones soberanas que ya se están tomando en Beijing, Nueva Delhi, Varsovia y Doha.
La presión sobre la oferta que nadie calcula bien
La demanda de bancos centrales no opera en el vacío. La oferta de oro tiene sus propias restricciones. La producción minera mundial creció apenas 1.2% anual en promedio durante los últimos cinco años —un ritmo que no compensa el agotamiento de yacimientos de alta ley existentes ni el ciclo largo de desarrollo de nuevos proyectos, que promedia entre ocho y doce años desde exploración hasta producción.
Las reservas probadas y probables de los grandes productores —Newmont, Barrick Gold, Gold Fields, AngloGold Ashanti— no han crecido al ritmo de los precios. El oro caro hace viable proyectos antes marginales, pero no crea depósitos donde no los hay. La geología no negocia con el mercado.
El oro reciclado —principalmente joyería y electrónica— puede compensar parte del déficit de oferta minera, pero tiene un techo determinado por el stock existente y la disposición de los tenedores privados a vender. Si los precios suben lo suficiente, más material entra al ciclo de reciclaje. Sin embargo, ese flujo no escala linealmente ni con la velocidad que requiere una demanda institucional que compra en bloques de decenas de toneladas.
Los productores de primer nivel que operan en jurisdicciones estables —Australia, Canadá, Estados Unidos— están bien posicionados para capturar el margen de un precio sostenido. Las operaciones en mercados emergentes, incluyendo varios proyectos en África occidental y América del Sur, enfrentan costos operativos crecientes que comprimen parte de ese beneficio.
Lo que los productores latinoamericanos necesitan leer en este dato
Para los países con producción aurífera significativa en la región —Perú, Brasil, Colombia, Argentina, Ecuador— la señal del WGC es relevante más allá del precio spot del día. Una demanda estructural sostenida por compradores institucionales reduce la volatilidad cíclica que históricamente complicó la planificación fiscal de economías dependientes de regalías mineras.
Perú, tercer productor latinoamericano de oro y uno de los diez mayores del mundo, lleva años con proyectos frenados por conflictos sociales y litigios regulatorios. Con el oro en niveles que hacen viables depósitos que hace cinco años eran marginales, la presión para destrabar proyectos como Conga o Tía María —que involucra cobre pero tiene paralelos regulatorios— aumenta desde el lado de la inversión privada.
Brasil, donde Vale y otras operadoras mantienen producción aurífera relevante en el estado de Pará, tiene una ecuación diferente: sus reservas documentadas son sustanciales y el marco regulatorio, aunque complejo, ha sido más estable. El ciclo de precio alto llega en un momento en que el país necesita ingresos de exportación para sostener su posición fiscal.
En Ecuador, los proyectos de Lundin Gold en Fruta del Norte —uno de los más rentables per onza en el mundo— operan en un contexto político frágil pero con números que, a precios actuales, generan flujo de caja suficiente para absorber los riesgos de prima país. La encuesta del WGC no cambia la ecuación política en Quito, pero sí mejora el perfil financiero de largo plazo para los inversionistas que evalúan entrar o ampliar posición.
La señal más clara del ciclo
Cuando los bancos centrales compran oro, no están apostando a un precio. Están reordenando su balance soberano. Ese proceso, una vez iniciado, tiende a ser persistente. La encuesta del WGC no es una predicción de precio —es un inventario de intenciones que ya tiene respaldo en cuatro años de compras récord.
El mercado puede tener correcciones. Las tasas pueden subir. El dólar puede fortalecer temporalmente. Nada de eso cancela la compra del Banco Nacional de Polonia o la acumulación del Banco Popular de China. Esos compradores no leen los mismos indicadores de corto plazo que un hedge fund en Nueva York.
Para los productores, el mensaje es simple: el cliente más grande del mercado acaba de declarar que quiere más. Y ese cliente nunca necesita un préstamo para pagar.

