Venezuela dará un paso relevante en su agenda extractiva. La presidenta interina, Delcy Rodríguez, anunció que el gobierno enviará en los próximos días una reforma a la ley minera. El anuncio llegó tras una reunión en Caracas con el secretario del Interior de Estados Unidos, Doug Burgum. Rodríguez afirmó que ambos equipos revisaron mecanismos para recortar trámites y facilitar inversión. Burgum llegó acompañado por unas dos docenas de empresas mineras interesadas en el mercado venezolano.
La señal no surge aislada. En enero, Caracas aprobó una reforma acelerada a la ley de hidrocarburos. Ese cambio amplió la autonomía operativa del capital privado y buscó atraer fondos frescos. La nueva apuesta minera sugiere que el gobierno quiere replicar esa apertura en otro frente estratégico. También confirma que Venezuela intenta usar sus recursos naturales como palanca de recuperación.
El potencial geológico explica la urgencia oficial. Un catálogo minero publicado en 2018 estimó recursos de 644 toneladas de oro. El mismo documento calculó 14.68 mil millones de toneladas de hierro y 321.5 millones de toneladas de bauxita. Además, un mapa oficial de 2021 mostró presencia de cobre, níquel, coltán, molibdeno, zinc y otros minerales. No toda esa base cuenta con datos recientes ni con volúmenes actualizados.
El problema aparece en la producción real. Reuters reportó que buena parte de la oferta de níquel, bauxita, hierro y oro cayó junto con el sector petrolero. Los datos más recientes del USGS para 2021 ubicaron la bauxita en 250,000 toneladas. En 2017, ese mismo rubro marcó 550,000 toneladas. El hierro llegó a 1.41 millones de toneladas y el oro apenas a 480 kilogramos.
Esa brecha entre potencial y resultado explica el valor de una reforma bien diseñada. Venezuela no necesita solo abrir el sector. Necesita ordenar concesiones, dar certidumbre contractual y volver financiables los proyectos. Si logra eso, la minería formal puede generar divisas, empleo técnico y actividad para proveedores locales. También puede aliviar la dependencia extrema del petróleo, hoy todavía dominante en las exportaciones del país.
La oportunidad existe, pero el capital serio exige algo más que anuncios. La experiencia petrolera reciente dejó una lección clara. Los inversionistas reaccionan cuando ven reglas competitivas, menos trabas y arbitraje creíble. También observan con cuidado la discrecionalidad oficial y la solidez institucional. En minería, esa discusión será igual de decisiva y quizá más delicada.
A eso se suma un cuello de botella material. Reuters recordó en enero que las fallas eléctricas han afectado de forma repetida las operaciones petroleras y mineras. Ninguna reforma legal compensará por sí sola una red débil, puertos limitados y logística irregular. La industria extractiva puede mover inversión con rapidez en papel. En campo, sin embargo, exige energía estable, seguridad y acceso continuo a insumos.
El otro frente crítico es la gobernanza. La Iniciativa para la Transparencia de las Industrias Extractivas advirtió en enero que Venezuela necesitará garantías fuertes y reglas previsibles para reconstruir petróleo y minería. Ese organismo pidió mayor apertura sobre contratos, ingresos, proyecciones productivas y cumplimiento ambiental. Esa agenda no es decorativa. Define si el país atraerá operadores dispuestos a construir activos o solo capital oportunista.
La reforma además llega sobre un terreno cargado de conflictos. El Arco Minero del Orinoco, creado en 2016, abarca unos 111,000 kilómetros cuadrados. Reuters indicó que esa zona equivale a cerca de 12% del territorio nacional. Allí se explotan oro, diamantes, coltán, hierro y bauxita. Distintos reportes han asociado esa expansión con mercurio, contaminación hídrica, violencia y control criminal.
Ese antecedente no invalida a la minería. Más bien fija el estándar que la nueva ley debe cumplir. Venezuela puede convertir la actividad en una fuente formal de ingresos si desplaza redes ilegales y eleva la trazabilidad. Para lograrlo, necesita fiscalización real, control de mercurio, consulta comunitaria y monitoreo independiente. La alternativa ya se conoce y ha dejado costos sociales y ambientales demasiado altos.
La dimensión social tampoco admite evasivas. En 2022, Reuters reportó el asesinato de un líder indígena que se oponía a grupos armados y a la minería ilegal en Amazonas. En 2025, un reportaje de EL PAÍS describió desplazamientos internos, presión urbana y deforestación ligados al avance minero irregular. El debate, por tanto, no gira solo en torno a regalías o permisos. También gira alrededor de seguridad territorial, agua y legitimidad estatal.
La presión fiscal ayuda a entender la prisa. El Banco Central de Venezuela reportó que sus reservas de oro cerraron 2024 en 53 toneladas. Esa cifra implicó una caída anual de 13%. Analistas citados por Reuters recordaron que el gobierno ha usado el oro monetario como fuente de liquidez. Ese dato eleva el peso político del metal dentro de cualquier reforma minera.
En términos económicos, el gobierno busca enviar un mensaje sencillo. Caracas quiere que la minería siga la ruta de apertura que ya inició en los hidrocarburos. El movimiento puede interesar a compañías medianas, firmas de servicios y compradores de proyectos tempranos. Sin embargo, la ventana no permanecerá abierta por inercia. La reforma deberá demostrar que el país puede combinar rentabilidad, transparencia y control operativo.
Una reforma útil debería separar con nitidez la gran minería industrial de la extracción informal. También debería fijar plazos, regalías, causales de terminación y estándares ambientales verificables. El mercado puede aceptar cargas altas cuando entiende las reglas. Lo que no tolera es la ambigüedad. Venezuela todavía está a tiempo de convertir esa corrección legal en una señal creíble.
Si el texto final reduce trámites, aclara derechos sobre producción, protege inversiones y fortalece supervisión, Venezuela ganará algo más que titulares. Ganará una opción real para reactivar cadenas productivas hoy subutilizadas. El país posee minerales capaces de sostener valor industrial y exportador. Pero esa ventaja solo contará cuando la ley premie la formalidad y castigue la opacidad. Ese será el verdadero examen de la reforma anunciada esta semana.

