México quiere entrar a la conversación global sobre minerales críticos. Quiere hacerlo en plena revisión del T-MEC y con una agenda regional más ambiciosa. El problema es que esa aspiración choca con una política interna que mantiene cerrada la puerta a nuevas concesiones mineras. Esa contradicción ya dejó de ser un detalle técnico. Hoy marca el ritmo de la exploración y puede reducir la capacidad del país para convertir su potencial geológico en producción futura.
El freno no empezó ayer. Desde 2018, el gobierno federal dejó de otorgar nuevas concesiones mineras. Después, la reforma de 2023 endureció el marco legal. La ley redujo la vigencia de las concesiones a 30 años, con una sola prórroga de 25. También prohibió concesionar reservas mineras, áreas naturales protegidas, zonas sin disponibilidad de agua y zonas donde la actividad ponga en riesgo a la población. Además, el título exige permisos ambientales, sociales, energéticos y la concesión de agua para uso industrial. Ese giro cambió por completo el tablero para cualquier proyecto nuevo.
Lo llamativo es que México, al mismo tiempo, elevó los minerales críticos a su política exterior. La Secretaría de Economía anunció en febrero un Plan de Acción con Estados Unidos sobre minerales críticos. BNamericas también reportó que el país busca llevar este tema a la agenda 2026 de la Alianza del Pacífico. Claudia Sheinbaum defendió esa ruta y sostuvo que México no cede soberanía en estas negociaciones. Es decir, el país quiere sentarse en la mesa donde se definen cadenas de suministro, comercio preferencial e industrialización regional. Pero intenta hacerlo con la exploración nueva prácticamente inmovilizada.
La oportunidad, conviene decirlo, sí existe. Según CAMIMEX, México produce nueve minerales considerados críticos para las cadenas industriales de la región. Los datos oficiales del Servicio Geológico Mexicano muestran una base productiva que no luce menor. En 2024, México produjo 777,106 toneladas de cobre, 7.22 millones de kilogramos de plata, 2.35 millones de toneladas de fluorita y 2,150 toneladas de grafito. Sonora domina en cobre y grafito. Zacatecas mantiene un peso decisivo en plata. San Luis Potosí concentra la fluorita. No se trata de una promesa abstracta. Se trata de una plataforma minera real, con distritos conocidos, infraestructura acumulada y experiencia operativa.
Tampoco se puede minimizar el peso económico del sector. CAMIMEX reportó 416,663 empleos directos al cierre de 2024 y alrededor de 2.5 millones de puestos indirectos. Un estudio del CIDE para CAMIMEX ubicó en 22,518 pesos la remuneración media mensual del sector minero-metalúrgico en 2024. Ese mismo estudio señaló que el PIB minero creció 1.3% en 2024, luego de la contracción de 2023. En paralelo, la inversión minera alcanzó 5,062.8 millones de dólares en 2024 y CAMIMEX esperaba 5,308 millones para 2025. Sin embargo, Reuters advirtió que gran parte de ese gasto se orienta a expansiones y mejoras de operaciones existentes, no a la apertura de nuevas fronteras mineras. Ahí aparece el cuello de botella.
El punto de fondo es simple. La minería no nace cuando arranca una mina. Nace mucho antes, en la exploración. Sin exploración no hay descubrimientos. Sin descubrimientos no hay reservas nuevas. Y sin reservas nuevas, cualquier estrategia sobre minerales críticos termina apoyada en activos viejos. El estudio del CIDE lo resume con claridad. La menor inversión en exploración responde, entre otros factores, a la falta de nuevas concesiones y a la incertidumbre regulatoria. El dato importa porque los proyectos mineros tardan años en madurar. Cuando un país pausa hoy la exploración, suele pagar el costo varios años después, justo cuando la demanda externa aprieta.
Eso no significa ignorar los excesos del viejo modelo. El diagnóstico oficial sobre especulación sí tiene sustento. Reuters reportó que México recuperó 1,126 concesiones desde finales de 2024. El País añadió que esas concesiones sumaban más de 889,000 hectáreas y que muchas estaban en áreas naturales protegidas. El mensaje del gobierno resulta claro. No quiere lotes ociosos ni títulos usados como activos financieros sin trabajo real. Esa depuración tiene lógica. El problema empieza cuando la corrección se vuelve cierre permanente. Depurar el sistema no obliga a cancelar toda posibilidad de exploración nueva bajo reglas estrictas.
Ahí aparece la parte que México todavía puede corregir. El país no necesita regresar al desorden de otros sexenios. Necesita un esquema más fino. La propia Ley de Minería ya contempla que, si surge información sobre lotes no concesionados, la Secretaría puede ordenar exploración al Servicio Geológico Mexicano y, si encuentra un yacimiento económicamente viable, llevar el lote a concurso. Esa ruta permite control público, filtros ambientales y competencia abierta. También permite distinguir entre minería especulativa y minería productiva. En vez de una puerta cerrada, México puede usar una puerta angosta, vigilada y condicionada a inversión real, agua disponible, consulta social efectiva y cumplimiento ambiental verificable.
Ese ajuste importa porque la conversación mundial cambió. Los minerales críticos ya no son sólo un asunto extractivo. También definen manufactura, redes eléctricas, electrónica, autos y seguridad industrial. México tiene una ventaja que pocos pueden copiar. Está al lado del mayor mercado del mundo, forma parte de Norteamérica y cuenta con tradición minera en estados clave. Si mantiene congelada la entrada a nuevos hallazgos, esa ventaja se encoge. El país podría conservar producción relevante en plata, cobre o fluorita, pero perdería margen para ampliar oferta, atraer capital paciente y sumar procesamiento local. Sería una paradoja costosa. Tener geología, tener mercado y, aun así, llegar tarde.
La discusión pública suele caer en extremos. Un lado pide barra libre. El otro prefiere inmovilidad. Ninguno resuelve el problema. México necesita orden, no parálisis. Necesita trazabilidad, no discrecionalidad. Necesita concesiones mejor vigiladas, no ausencia indefinida de concesiones. Si el gobierno quiere construir una política seria sobre minerales críticos, debe alinear su discurso internacional con un mecanismo interno que permita explorar bajo condiciones nuevas. De otro modo, la estrategia exterior sonará ambiciosa, pero descansará sobre una base productiva que no se renueva. Y en minería, como en cualquier cadena industrial, lo que no se repone termina por agotarse.

