CleanTech Lithium dio un paso relevante en el mapa del litio chileno. Su estudio de prefactibilidad para Laguna Verde calculó un valor presente neto antes de impuestos de US$1,370 millones. También proyectó una tasa interna de retorno de 24.2% y una inversión inicial de US$748 millones. En un negocio que todavía vive bajo presión por la volatilidad de precios, esos números cambian la escala del proyecto. Laguna Verde deja de ser solo una historia de exploración y entra en la conversación seria sobre desarrollo minero, ingeniería y financiamiento.
El estudio plantea una operación de 25 años con producción anual de 15,000 toneladas de carbonato de litio grado batería. El costo operativo estimado se ubica en US$5,768 por tonelada. La compañía sostiene que ese nivel coloca al proyecto en el cuartil bajo de costos de la industria. El plan considera dos años de construcción y arranque comercial en 2031. La rampa productiva sería gradual. El primer año operaría al 50% y la capacidad plena llegaría en el segundo ejercicio.
La base geológica también luce robusta para un activo que busca atraer capital. Laguna Verde cuenta con un recurso total de 1.90 millones de toneladas de carbonato de litio equivalente, con una ley promedio de 174 miligramos por litro. Dentro de ese inventario, la reserva probable declarada asciende a 378,000 toneladas de LCE, con 186 miligramos por litro. Ese volumen respalda la producción prevista durante la vida operativa del proyecto. En otras palabras, la valuación no descansa solo en optimismo financiero. Descansa en una combinación de recurso, reserva y diseño de proceso.
Un activo que encaja con la nueva política chilena
El avance no llegó únicamente por la vía técnica. CleanTech Lithium ya acordó con el Ministerio de Minería de Chile los términos del CEOL para Laguna Verde. Ese contrato especial tendría una vigencia de 40 años y abarcaría 153 kilómetros cuadrados. La definición final todavía requiere la ratificación de la Contraloría. Aun así, el acuerdo reduce una porción importante del riesgo regulatorio. Para cualquier inversionista minero, esa certeza vale casi tanto como una buena ley o un buen costo operativo.
El punto importa porque Chile intenta ampliar su base productiva de litio sin romper su nuevo marco político. La Estrategia Nacional del Litio abrió procesos para asignar CEOL en nuevas áreas y ha insistido en combinar desarrollo, protección ambiental y diálogo con comunidades. En el proceso oficial de manifestaciones de interés, más del 80% de los proyectos declaró intención de usar extracción directa de litio. Esa preferencia no es casual. El país entendió que la próxima ola de salares no puede replicar, sin ajustes, el modelo histórico de evaporación.
Laguna Verde se acomoda bien a esa lógica. El contrato excluyó la superficie del lago después de consultas con comunidades indígenas locales. Ese detalle puede parecer menor en una hoja técnica, pero en Chile tiene peso político y social. Los salares ya no se discuten solo por tonelaje. Se discuten por agua, territorio y legitimidad. Por eso, cada proyecto que muestra adaptación temprana al entorno regulatorio gana tiempo y, sobre todo, gana credibilidad.
La ingeniería busca reducir huella y mejorar costos
El diseño propuesto para Laguna Verde intenta responder a esa exigencia. La operación se dividiría en dos sitios. En el salar se produciría cloruro de litio mediante DLE. En Copiapó se convertiría ese concentrado en carbonato de litio grado batería. La arquitectura reduce la huella física en el sitio altoandino y aprovecha infraestructura urbana, suministro eléctrico e insumos ya disponibles en la capital regional. Además, cerca del 70% de la plantilla operativa estaría asociada a la planta de conversión en Copiapó. Eso también acerca empleo y servicios a una zona con mayor capacidad logística.
El circuito técnico ofrece varios datos que el mercado mira con atención. El estudio reporta una recuperación de 90% en la etapa DLE y una recuperación global de 85.5% en el proceso completo. También contempla reinyección de salmueras agotadas y efluentes tratados, junto con sistemas internos de recuperación de agua. La empresa incluso señala que la red eléctrica chilena le abre la puerta a contratar energía 100% renovable. Todo eso fortalece la tesis de un proyecto más eficiente y con menor impacto superficial que los esquemas tradicionales. La minería, cuando afina tecnología y gestión hídrica, mejora su licencia para crecer.
Eso no significa que el debate ambiental desaparezca. De hecho, sigue en el centro de la conversación chilena. Reuters reportó hace unos días que Albemarle inició revisión ambiental para un proyecto DLE en el Salar de Atacama, justamente con el argumento de elevar recuperación y reducir extracción de salmuera. El trasfondo es claro. En el norte chileno, el agua dejó de ser un tema secundario hace mucho tiempo. Cualquier proyecto nuevo debe mostrar, con datos duros, por qué su diseño merece avanzar. En ese contexto, Laguna Verde llega mejor armado que muchos competidores de etapa temprana.
Mercado, ejecución y el valor real del proyecto
El entorno de mercado también ayuda a explicar por qué la noticia llamó atención. El litio sigue expuesto a cambios bruscos en la demanda china y en las ventas de vehículos eléctricos. Reuters informó a inicios de marzo que el contrato de carbonato de litio en Guangzhou cayó casi 13% en una sola jornada por señales de menor dinamismo. Sin embargo, también reportó en enero que el almacenamiento de energía mejoró el panorama para 2026 y que varias proyecciones apuntan a un déficit o, al menos, a un superávit mucho más estrecho. En ese tablero, los proyectos de menor costo vuelven a destacar.
Chile, además, necesita más proyectos viables. Reuters recordó en febrero que el país solo tiene dos productores de litio, SQM y Albemarle. Esa concentración explica el interés oficial por abrir nuevos CEOL y acelerar desarrollos con mejor preparación técnica. Laguna Verde todavía no es una mina en construcción y conviene decirlo sin adornos. Falta el socio estratégico, faltan permisos ambientales y falta la factibilidad definitiva. Pero ya tiene tres activos que pesan mucho en este negocio: escala, economía preliminar convincente y una ruta regulatoria más clara que la de muchos juniors.
El riesgo ahora se mueve del papel al terreno. El estudio económico asume que la empresa cubriría toda la inversión sin deuda, algo que rara vez ocurre en la práctica para un desarrollo de este tamaño. La propia compañía ya adelantó que buscará un socio estratégico y avanzará hacia la factibilidad definitiva. Ahí se verá la verdadera consistencia del proyecto. La calidad del socio, la disciplina de capital y la capacidad para navegar permisos definirán si Laguna Verde se convierte en operación o se queda en buen expediente bursátil.
Conviene mirar el caso con seriedad y sin euforia fácil. La prefactibilidad no garantiza construcción. Pero sí marca una diferencia importante. En una etapa donde muchos proyectos de litio todavía venden relato, Laguna Verde ya exhibe cifras, reservas, cronograma y encaje regulatorio. Eso vale mucho en la minería actual. También le da a Chile una señal positiva en minerales críticos, justo cuando el país busca fortalecer cadenas de suministro y cooperación internacional en este segmento. Si el proyecto sostiene su avance, puede convertirse en una muestra de cómo la minería bien estructurada todavía abre desarrollo, inversión y valor regional.

