El oro volvió a colocarse en el centro de la discusión global y ya no lo hizo solo como refugio de corto plazo. J.P. Morgan Private Bank sostiene que el metal atraviesa una etapa de fortaleza estructural, después de más que duplicar su precio desde finales de 2023, superar a los principales índices bursátiles en 2025 con un rendimiento de 65% y conservar parte de ese impulso al inicio de 2026. Con ese telón de fondo, la firma elevó su perspectiva para este año a un rango de 6,000 a 6,300 dólares por onza.
La lectura del banco apunta a un mercado que ya no depende de un solo motor. J.P. Morgan identifica un dólar más débil o, al menos, más estable, menores rendimientos reales y una demanda firme de inversionistas como factores que sostienen el avance del metal. También subraya que muchos participantes del mercado buscan diversificar su exposición al dólar, cubrir riesgos geopolíticos y proteger capital frente a sorpresas inflacionarias.
El frente oficial también mantiene al oro en una posición inusual de fortaleza. J.P. Morgan recuerda que las compras netas de los bancos centrales alcanzaron 1,082 toneladas en 2022, más del doble del promedio de la década previa, y que ese ritmo siguió en 2023 y 2024. Incluso durante los primeros tres trimestres de 2025, la demanda apenas cedió pese al fuerte rally del precio. A eso se suma otro dato revelador: 43% de 73 autoridades monetarias encuestadas creen que aumentarán sus reservas de oro en el próximo año.
La demanda privada completa el cuadro. El análisis de J.P. Morgan señala que los flujos hacia ETFs de oro repuntaron a mediados de 2025 y aceleraron el rally, al tiempo que la menor rentabilidad del efectivo empujó a más inversionistas hacia activos alternativos. En paralelo, la joyería sigue representando alrededor de 50% del consumo anual total de oro, con Asia, en especial India y China, como eje de esa demanda física.
Se documentó que, en enero que el oro superó los 5,100 dólares por onza en medio de tensión geopolítica y debilidad del dólar. Días después, volvió a registrar que los aranceles y el deterioro del entorno internacional reactivaron el apetito por refugio. Además, a finales de enero destacó que la demanda mundial de oro marcó récord en 2025 por inversión, aun cuando la joyería perdió dinamismo. En conjunto, esas piezas muestran que el alza del oro no responde a un episodio aislado, sino a una combinación de flujos financieros, compras oficiales y nerviosismo macroeconómico.
Para la minería, ese entorno abre una ventana clara. Cuando el precio del oro mantiene niveles altos por más tiempo, las compañías ganan margen para acelerar exploración, financiar ampliaciones y convertir recursos en reservas con mayor agresividad. En este portal se mostró una expresión concreta de ese fenómeno al reportar que Alamos Gold elevó 32% sus reservas globales y reforzó su gasto de exploración para 2026. Esa señal no explica por sí sola todo el mercado, pero sí ilustra cómo un ciclo alcista sostenido puede trasladarse desde la cotización del metal hacia decisiones operativas y de inversión dentro de la industria.
J.P. Morgan, sin embargo, no plantea un recorrido lineal. La firma recuerda que el oro conserva una volatilidad elevada y que incluso dentro de una tendencia alcista puede registrar correcciones severas, como la caída de 9.8% del 30 de enero. Aun así, el mensaje de fondo sigue intacto: el oro conserva una base estructural más sólida que en otros ciclos recientes, porque hoy combina compras de bancos centrales, demanda de inversión, presión geopolítica y dudas sobre la disciplina fiscal y monetaria en Estados Unidos. Para las mineras, ese escenario no garantiza comodidad, pero sí redefine el terreno de juego.

