El oro inició el 25 de febrero con una señal clara: el mercado volvió a pagar por cobertura. La onza subió en el mercado al contado y se colocó alrededor de los 5,205 dólares, mientras los futuros en Estados Unidos siguieron el mismo rumbo. La plata también avanzó y rondó los 90 dólares por onza. El motor no llegó desde la joyería ni desde la industria, sino desde el riesgo. El inversionista reaccionó a dos frentes que suelen encender la compra de refugio: la política comercial de Estados Unidos y el deterioro del clima geopolítico en Medio Oriente.
La narrativa que domina la sesión mezcla inflación y seguridad. El mercado teme que los aranceles eleven costos y terminen en precios más altos al consumidor. Ese temor pesa más cuando el petróleo sube, porque la energía se filtra a casi todo. En paralelo, la tensión entre Washington y Teherán elevó el ruido y reforzó la búsqueda de activos defensivos. Con ese telón de fondo, el oro recuperó tracción aun con episodios recientes de toma de utilidades. La lógica resulta conocida: cuando el inversionista percibe más riesgo, reduce exposición a activos cíclicos y compra liquidez y “hard assets”.
En esta ocasión, el componente arancelario no se percibe como un titular aislado. El mercado lo trata como un paquete que puede reordenar cadenas de suministro y presionar costos en varias industrias. Reuters reportó la aplicación de un arancel global y los esfuerzos para elevarlo, un giro que el mercado traduce en un posible choque de precios. Ese tipo de choque cambia el cálculo de tasas reales. Si la inflación se resiste, el banco central enfrenta un dilema. Si recorta demasiado pronto, reaviva precios. Si aguanta, enfría actividad. En ambos escenarios, el oro encuentra un argumento, aunque por razones distintas.
También influye el mapa de tasas que descuenta Wall Street. Una expectativa de recortes suele mejorar el atractivo del oro, porque reduce el costo de oportunidad de mantener un metal que no paga cupón. Esa mecánica no opera sola, pero sí acompaña. Cuando el dólar pierde fuerza, el oro suele ganar respiración en términos de demanda global. Cuando el dólar gana, el oro necesita más “miedo” para subir. En las últimas sesiones, el componente emocional lo aportó la geopolítica. El mercado no necesita un conflicto para reaccionar. Le basta con la probabilidad percibida.
La discusión de fondo no se limita al día. El oro llega a 2026 con una inercia inusual, apoyada por compras de bancos centrales y por flujos financieros que buscan diversificación. El Consejo Mundial del Oro describió un 2025 con múltiples máximos históricos y un entorno donde la incertidumbre macro y geopolítica sostuvo la demanda. Ese punto importa porque el precio no se mueve solo por noticias. También responde a una base estructural de compradores que ya decidió aumentar exposición. Cuando esa base existe, cualquier sobresalto acelera movimientos.
En mi análisis, el mercado hoy paga una “prima por incertidumbre” más alta de lo habitual. Esa prima se nota en la velocidad del movimiento y en la sincronía con la plata. La plata suele amplificar porque combina refugio y componente industrial. Por eso brinca más cuando el riesgo aparece y, a la vez, el mercado mira inflación. La contracara también existe. Cuando baja el riesgo, la plata suele corregir con más fuerza. Ese patrón exige cautela, porque el rally no elimina la volatilidad. La refuerza.
México observa este episodio desde un lugar especial: produce oro y lo exporta, pero también importa insumos y opera con costos sensibles a energía y tipo de cambio. En términos globales, el país aportó alrededor de 130 toneladas de oro en 2024, según estimaciones del Servicio Geológico de Estados Unidos. Ese volumen lo mantiene entre los productores relevantes del mundo, con una minería aurífera que sostiene empleo, servicios y proveedores en varias regiones.
El alza del oro suele mejorar márgenes y flujo de caja de las minas, siempre que los costos no corran más rápido. Ese “siempre que” hoy pesa. Los aranceles y el petróleo pueden encarecer transporte, reactivos y algunos equipos. Aun así, un precio alto abre espacio para inversión en seguridad, mantenimiento y eficiencia energética, rubros que muchas veces se postergan cuando el metal se debilita. También mejora la capacidad de financiar exploración, que en México suele marcar la diferencia entre extender vida de mina o caer en declive productivo.
En el terreno corporativo, el repunte del oro también reordena decisiones. Newmont, operador de Peñasquito, reportó efectos de secuenciación y ajustes de producción en sus resultados recientes, en un contexto donde el precio del metal elevó ingresos del sector, pero no borra desafíos operativos. Para una operación grande en México, un mejor precio puede acelerar inversiones de sostenimiento y proyectos de optimización, con impacto directo en contratistas, transporte y compras locales.
El impacto llega hasta la calle. En la Ciudad de México, los comercios de metales y joyería del Centro Histórico suelen reflejar de inmediato el ánimo del mercado, con clientes que preguntan por el “precio del día” y talleres que ajustan inventarios. No define el precio global, pero sí muestra cómo el oro conecta finanzas y economía real. Cuando el oro sube por miedo, el consumidor también cambia conducta. Busca vender, empeñar o cubrirse. Esa microeconomía convive con la macroeconomía que hoy dictan aranceles, tasas y geopolítica.
Para la minería mexicana, el momento también plantea una conversación incómoda, pero necesaria. Un ciclo de precios altos eleva la expectativa social sobre beneficios en territorio: empleo estable, compras regionales, inversión comunitaria y cumplimiento ambiental. El sector puede usar el viento a favor para mejorar confianza y elevar estándares, porque un buen precio facilita financiar tecnología de control de agua, energía y relaves. Esa es la parte positiva que vale rescatar sin maquillaje: el precio, cuando acompaña, permite hacer mejor minería.
El mercado, por ahora, mira dos pantallas al mismo tiempo. Una pantalla muestra el pulso político de Washington sobre aranceles y su impacto inflacionario. La otra muestra la evolución del riesgo en Medio Oriente, con énfasis en la relación entre Estados Unidos e Irán. Si cualquiera de esas pantallas eleva tensión, el oro suele recibir flujos. Si ambas se calman, el metal puede respirar y corregir. Esa dinámica no cancela el argumento estructural de diversificación, pero sí define el corto plazo.

