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Economía

México retrocede 0.1% anual en noviembre y la industria arrastra al IGAE

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Publicado 23 enero, 2026
México producción
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La actividad económica de México cerró noviembre de 2025 con una señal incómoda: el Indicador Global de la Actividad Económica retrocedió 0.1% a tasa anual en cifras originales. El dato rompió la narrativa de recuperación que dejó octubre y volvió a colocar a la industria como el principal lastre del mes.

INEGI explicó que el retroceso anual en cifras originales se relacionó con la caída de las actividades secundarias, que agrupan minería, manufacturas, construcción y servicios públicos de energía y agua. En ese bloque, las secundarias descendieron 0.8% anual, mientras las primarias avanzaron 1.3% y las terciarias apenas crecieron 0.2%.

El contraste con octubre resultó fuerte. En ese mes, el propio indicador mostró un avance interanual de 1.7%, con un impulso que vino del sector primario y de los servicios. Noviembre, en cambio, exhibió una tracción más débil y un frente industrial que no logró sostener el ritmo.

Cuando se mira la serie ajustada por estacionalidad, el diagnóstico cambia de forma, pero no de fondo. INEGI reportó una caída mensual de 0.2% en noviembre, es decir, la economía produjo menos que en octubre una vez que se eliminan efectos de calendario. En esa misma medición desestacionalizada, el IGAE creció 1.1% anual. Ese doble dato, caída mensual y alza anual, describe una economía que todavía se expande respecto al año previo, pero pierde inercia en el margen.

El acumulado de enero a noviembre también aporta contexto. En ese tramo, la actividad económica mostró un incremento de 0.2% frente al mismo periodo de 2024. Ese avance sugiere un año prácticamente plano en términos de ritmo, con meses que empujan y otros que frenan, sin una tendencia robusta que despeje dudas sobre el cierre de 2025.

La fotografía sectorial de noviembre deja ver por qué el dato incomodó a los analistas. La minería disminuyó 1% anual y las industrias manufactureras retrocedieron 2.2%. Es un golpe directo al núcleo productivo que sostiene exportaciones, cadenas de proveeduría y empleo formal industrial. Al mismo tiempo, la construcción creció 3.7% y el segmento de generación, transmisión y distribución de energía eléctrica, junto con agua y gas, avanzó 1.4%. La industria, en otras palabras, no cayó por completo, pero sí mostró una composición desigual, con luces en infraestructura y servicios públicos, y sombras en extracción y manufactura.

En clave energética, el crecimiento de electricidad, agua y gas importa más de lo que parece en una lectura rápida. Ese subsector funciona como plataforma de competitividad: cuando se expande, suele acompañar mayor demanda de hogares y empresas, además de reflejar operación sostenida de redes y sistemas. También puede anticipar presiones de costos o ajustes operativos, pero en noviembre la cifra apunta a continuidad, no a apagón productivo.

En minería, el descenso anual vuelve a poner sobre la mesa un reto que México conoce bien: la extracción depende de permisos, inversión, logística y certidumbre regulatoria, además de precios internacionales y demanda industrial. Una baja de 1% no define por sí sola un ciclo, pero sí confirma que el sector no opera como motor en este momento. Aun así, conviene matizar: la minería suele moverse con volatilidad mensual y su impacto real se entiende mejor cuando se observa junto con construcción y manufactura, porque allí se decide buena parte del consumo de minerales y materiales.

Los servicios tampoco entregaron un alivio claro. En el bloque terciario, el comercio al por mayor cayó 6.7%, mientras el comercio al por menor subió 3.9%. El dato sugiere un mercado interno que todavía compra, pero una cadena mayorista que no encontró el mismo dinamismo, ya sea por inventarios, importaciones o debilidad de sectores que compran a gran escala.

Otros componentes de servicios también retrocedieron. Transportes, correos y almacenamiento disminuyeron 2.7%, y alojamiento temporal con preparación de alimentos y bebidas bajó 2.3%. Son rubros sensibles al pulso del consumo y de la logística, y suelen reflejar tanto actividad económica como confianza. En el lado positivo, los servicios de apoyo a los negocios y manejo de residuos crecieron 11.0%, y salud y asistencia social avanzó 5.7%. Esa combinación habla de una economía que sostiene gasto en actividades esenciales y empresariales, pero no consigue generalizar el impulso en movilidad y turismo.

En este punto conviene poner una lupa sobre lo que significa “retroceso” cuando el debate público se mueve entre percepciones. El IGAE no equivale al PIB, pero sí ofrece una lectura temprana de tendencia. Cuando la cifra mensual cae, el mercado suele leerla como pérdida de tracción. Cuando la anual crece, el gobierno suele leerla como expansión. Ambas lecturas caben en los datos, pero la decisión relevante consiste en identificar cuál domina el rumbo inmediato. Noviembre inclinó la balanza hacia la cautela porque cayó respecto a octubre en términos desestacionalizados.

El entorno macro también presiona. La inflación en México se aceleró hacia finales de noviembre, con un componente energético que impactó recibos y costos en algunas ciudades, de acuerdo con reportes periodísticos sobre el cierre de ese mes. Cuando suben ciertos precios regulados o estacionales, el consumo ajusta y las empresas revisan márgenes, algo que puede amplificar la sensación de freno en sectores que ya operan con demanda moderada.

A lo anterior se suma el factor externo. México sigue atado al ciclo industrial de Estados Unidos por exportaciones y manufactura integrada, y cualquier ruido en comercio o inversión se filtra rápido en la producción local. En 2025, varios análisis han señalado incertidumbre por tensiones comerciales y por medidas arancelarias en sectores industriales, con impacto potencial en expectativas. Esa incertidumbre no explica por sí sola noviembre, pero sí ayuda a entender por qué el país navega con crecimiento bajo y con meses erráticos.

Con ese marco, la caída de manufacturas en noviembre destaca como el dato más delicado del reporte citado por Forbes. La manufactura suele marcar el pulso de la economía abierta, y su descenso anual de 2.2% sugiere un bache que conviene seguir en diciembre y enero. Si el tropiezo se prolonga, arrastrará empleo, pedidos y transporte. Si se revierte, noviembre quedará como un mes de ajuste tras el avance de octubre.

En minería, el balance merece una lectura menos automática. El sector enfrenta fricciones reales, pero también conserva ventajas estructurales: México mantiene una base geológica diversa, infraestructura minera madura en varios estados y una tradición de proveeduría que integra metalurgia, servicios especializados y logística. Nada de eso aparece en un dato mensual, pero sí explica por qué la minería sigue siendo relevante aun cuando el indicador muestre retroceso. El punto fino radica en la continuidad de inversión y en la velocidad de permisos, porque allí se decide si la extracción se convierte en soporte del crecimiento industrial o en un freno adicional.

La construcción, por su parte, ofreció el mejor contrapeso dentro de las secundarias. Un crecimiento anual de 3.7% suele relacionarse con obras privadas, vivienda, infraestructura y proyectos en curso, y puede sostener demanda de cemento, acero y materiales. Desde una óptica minera, ese empuje importa porque incrementa consumo de insumos y puede impulsar cadenas de valor vinculadas a minerales industriales.

La pregunta inmediata se dirige al cierre de año. INEGI ya publicó el Indicador Oportuno de la Actividad Económica, que busca anticipar el desempeño del IGAE con menor rezago. Para diciembre de 2025, ese indicador oportuno estimó un aumento anual de 2.3% del IGAE. Si esa estimación se confirma en el dato oficial, el año terminaría con una nota más favorable que la de noviembre. Aun así, el nivel de crecimiento seguiría lejos de lo que México requiere para absorber empleo y elevar productividad a ritmo acelerado.

En el terreno de política pública, noviembre deja tres señales útiles. La primera señala que el sector industrial no responde solo con inercia exportadora; necesita condiciones internas estables, energía confiable y reglas claras. La segunda indica que el consumo minorista todavía sostiene parte del movimiento, aunque el comercio mayorista muestre debilidad. La tercera sugiere que la economía se vuelve más dependiente de bolsillos resilientes, como construcción y ciertos servicios, mientras pierde fuerza en manufactura y minería.

Mi lectura, a partir de estos datos, apunta a un problema de coordinación del crecimiento. México no carece de motores, pero los motores no empujan al mismo tiempo. La energía y el agua muestran avance, la construcción crece, y algunos servicios se expanden con fuerza. Sin embargo, manufactura y minería no acompañan, y allí se concentra buena parte de la capacidad de arrastre sobre exportaciones y empleo industrial. Esa divergencia complica el cierre de 2025 y eleva el valor de cualquier señal de inversión que logre reactivar proyectos productivos, en especial los vinculados a cadenas industriales y a minerales estratégicos, siempre con estándares ambientales y sociales que eviten conflictos y retrasos.

ETIQUETAS:Méxicoproducción
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