El jueves 16 de octubre de 2025 el oro tocó un nuevo máximo histórico y prolongó su racha alcista. Los inversionistas, cada vez más preocupados por la política monetaria en Estados Unidos y la volatilidad del comercio internacional, están recurriendo al metal como protección de valor. Esta dinámica refleja un entorno global agitado en el que las apuestas sobre tasas de interés y los conflictos geopolíticos juegan un papel central.
El precio del oro al contado subió 0.7 %, hasta los 4,235.41 dólares por onza, luego de alcanzar un pico de 4,243 dólares recientemente. Las expectativas de recortes de tasas de la Reserva Federal alimentan este interés.
La escalada se origina en varias capas de tensión simultáneas. Las fricciones comerciales entre Washington y Pekín han regresado al escenario con renovada fuerza, mientras Washington experimenta además el cierre parcial del gobierno. Ante esos factores, los actores del mercado temen impactos adversos sobre el crecimiento.
El oro actúa como refugio natural en momentos de incertidumbre. Tradicionalmente, cuando los mercados sienten peligro —sea por conflictos políticos, desorden monetario o crisis globales— quienes buscan preservar capital recurren a metales preciosos. En 2025 este patrón se ha reforzado: el metal acumula una ganancia anual cercana al 61 %.
También juegan un papel clave las expectativas cambiantes sobre las tasas de interés en Estados Unidos. Si la Fed finalmente recorta su tasa de referencia, los costos de oportunidad de mantener activos no generadores de rendimiento disminuyen, lo que favorece activos como el oro. En paralelo, la debilidad del dólar —impulsada por el nerviosismo de los mercados— refuerza la demanda internacional del metal.
Los bancos centrales están incrementando sus compras como parte de su estrategia para diversificar reservas frente al dólar. Al mismo tiempo, los fondos cotizados en bolsa han observado flujos positivos hacia productos ligados al oro. Estos movimientos institucionales añaden soporte estructural al precio.
Dentro del universo de metales preciosos, la plata experimentó ligeras correcciones — cayó 0.4 % hasta 52.88 dólares la onza tras tocar niveles récord — mientras el platino y el paladio registraron incrementos moderados.
En México la evolución del precio del oro tiene relevancia directa para los productores nacionales. Un precio elevado significa mayores ingresos por exportaciones y mayor rentabilidad para proyectos mineros. También puede incentivar inversiones en exploración. Pero no todo es simple: costos logísticos, fiscales y regulatorios pueden moderar esos beneficios netos.
Desde mi punto de vista, esta bonanza del oro refleja más que un cambio pasajero: indica la profundización de una crisis de confianza global. Las señales monetarias muestran que los bancos centrales ya no controlan totalmente las expectativas. En ese panorama, la minería aurífera muestra su valor estratégico como infraestructura económica: no solo como activo, sino como fuente de empleo, encadenamientos industriales y aportes fiscales en regiones donde opera.
Aun así, no podemos ignorar los riesgos. Si la Reserva Federal opta por mantener tasas altas más tiempo de lo previsto, o si la inflación global endurece las condiciones, el oro podría enfrentar correcciones. Además, muchos países latinoamericanos deben garantizar que las ganancias de la minería repercutan en desarrollo local y no queden concentradas.

