En el debate sobre el cambio climático, pocos temas generan tanto contraste como el papel del carbón. Particularmente, el carbón metalúrgico —esencial para la fabricación de acero— se mantiene como una pieza clave en la infraestructura moderna. Mientras los discursos gubernamentales y corporativos promueven la descarbonización, los flujos de financiamiento cuentan otra historia.
Entre 2022 y 2024, los bancos e inversionistas institucionales canalizaron más de 52 mil millones de dólares al sector del carbón metalúrgico, según un nuevo informe de la organización ambiental urgewald. El documento, titulado Still Burning, identifica una red global de financiamiento que incluye desde grandes bancos de inversión occidentales hasta entidades financieras estatales asiáticas, todas con un denominador común: el respaldo continuo a una industria considerada incompatible con los objetivos climáticos del Acuerdo de París.
El informe sostiene que aproximadamente 22 mil millones de dólares provinieron de financiamiento bancario directo en forma de préstamos y servicios financieros, mientras que el resto corresponde a inversiones accionarias en empresas que expanden su presencia en el sector. Aunque algunos analistas podrían atribuir este respaldo financiero a razones meramente económicas, el informe subraya que muchas de estas inversiones se realizan pese a políticas internas de sostenibilidad y compromisos públicos de reducir la huella de carbono.
El carbón metalúrgico, también conocido como met coal, es un tipo específico de carbón utilizado en la producción de acero a través de altos hornos, y no debe confundirse con el carbón térmico destinado a la generación eléctrica. Esta distinción es clave para entender por qué, a pesar de las presiones ambientales, sigue siendo objeto de inversiones significativas. La producción de acero con alto horno requiere met coal como reductor químico, y aunque existen tecnologías emergentes que buscan sustituir este proceso —como los hornos eléctricos o el uso de hidrógeno verde—, su adopción aún no alcanza la escala ni la rentabilidad necesarias en la mayoría de los mercados industriales.
China aparece como el actor dominante en este escenario. Más de dos tercios del financiamiento identificado por urgewald proviene de bancos con sede en ese país. Esto no resulta sorprendente, dado que la industria del acero china continúa operando en gran medida con tecnologías convencionales. Empresas como China Baowu Steel y Yankuang Energy figuran entre las principales beneficiadas por estos flujos de capital. La magnitud del respaldo financiero no sólo refleja la escala del sector siderúrgico chino, sino también su falta de incentivos inmediatos para una transición tecnológica.
Estados Unidos se posiciona como el segundo mayor financiador, con bancos como Jefferies Financial Group destacando por haber cuadruplicado su financiamiento al sector en apenas dos años. En Europa, entidades como Deutsche Bank, Santander, BNP Paribas y Crédit Agricole también figuran en la lista, pese a operar bajo regulaciones más estrictas en materia ambiental. Esta dualidad —prometer descarbonización mientras se financia la expansión de industrias intensivas en carbono— plantea serias preguntas sobre la coherencia de las políticas climáticas.
El informe pone especial atención en las contradicciones entre las políticas públicas y las decisiones de inversión. Aunque muchos de los bancos involucrados han suscrito compromisos net-zero, sus carteras continúan respaldando proyectos que implican una prolongación del uso intensivo de carbón. Esta falta de alineación entre el discurso y la acción no sólo compromete la credibilidad de las instituciones financieras, sino que también socava los esfuerzos internacionales por limitar el aumento de la temperatura global a 1.5 °C.
Desde una perspectiva minera, el fenómeno no puede ignorarse. El carbón metalúrgico sigue siendo un recurso indispensable para la producción global de acero, y como tal, las operaciones que lo extraen continúan desempeñando un rol estratégico. El respaldo financiero demuestra que, a pesar del estigma ambiental, existe una percepción persistente de viabilidad a largo plazo, al menos mientras no se desarrollen alternativas industriales escalables.
Para países productores de materias primas como México, aunque no se destaque como un actor clave en el mercado del met coal, el caso es revelador. Las cadenas de valor del acero regional dependen en parte de este insumo, y la posibilidad de participar en mercados financieros vinculados a su extracción o procesamiento no está fuera de alcance. Más aún, el caso reabre el debate sobre cómo posicionar la minería latinoamericana en un entorno que exige sostenibilidad sin renunciar a la competitividad.
La narrativa pública suele pintar al carbón como el villano absoluto del cambio climático. Sin embargo, la realidad industrial es más compleja. Los proyectos de transición energética requieren acero en enormes volúmenes, desde turbinas eólicas hasta trenes eléctricos. Esa demanda seguirá necesitando carbón metalúrgico en el corto y mediano plazo. Negarlo sería desconocer las limitaciones tecnológicas actuales.
La presión pública por la sostenibilidad es legítima y necesaria. Pero el desarrollo de alternativas industriales no puede ignorar los marcos operativos existentes. Mientras tanto, la minería del met coal sigue siendo financiada, operada y considerada viable por actores financieros globales. Lo que está en juego no es sólo la coherencia climática, sino también la capacidad del sistema económico para realizar una transición ordenada.
La conclusión del informe de urgewald es clara: no existe una ruta creíble hacia los objetivos climáticos sin una reducción drástica en la expansión del carbón, incluido el metalúrgico. Pero mientras los balances financieros y las proyecciones de rentabilidad sigan favoreciendo estos proyectos, la realidad operativa continuará por un camino diferente al de las promesas medioambientales. Y es precisamente ahí donde se encuentra el desafío central: armonizar discurso, tecnología y financiamiento con las urgencias del planeta.

