El corazón minero de Bolivia volvió a latir con fuerza en las calles de La Paz. Miles de trabajadores estatales llegaron desde las regiones de Oruro y Potosí para alzar la voz contra un problema que, aunque recurrente, sigue sin solución: las invasiones ilegales de yacimientos operados por el Estado.
La escena fue ruidosa y cargada de tensión, pero profundamente simbólica. Cartuchos de dinamita estallaban a intervalos, no como amenaza, sino como recordatorio del poder obrero que, cuando se ve acorralado, hace sentir su presencia. Durante seis cuadras, el clamor fue unánime: “¡Basta de avasallamientos!”. No hubo enfrentamientos ni heridos, pero el mensaje fue claro y resonante.
Los manifestantes pertenecen en su mayoría a la Federación Sindical de Trabajadores Mineros de Bolivia (FSTMB), una organización histórica que ha acompañado los vaivenes del país desde la Revolución de 1952. Con sus cascos polvorientos y pancartas de tela, los trabajadores marcharon no solo por sus empleos, sino por el respeto a un modelo estatal de producción minera que, aunque con desafíos, sigue siendo pilar económico en el altiplano boliviano.
El conflicto que enfrentan no es nuevo. Desde hace décadas, las áreas asignadas a empresas estatales —especialmente bajo la órbita de la Corporación Minera de Bolivia (Comibol)— han sido objeto de disputa con cooperativas privadas. Aunque la legislación boliviana es clara al penalizar las ocupaciones ilegales de yacimientos, en la práctica, el control territorial ha sido endeble, y las “invasiones” se han convertido en una forma de presión política y económica.
Según denuncias recogidas durante la marcha, los yacimientos de plata, zinc y estaño —particularmente en los departamentos de La Paz, Oruro y Potosí— han sufrido ocupaciones recientes por grupos que actúan al margen de la ley. Estas tomas ilegales no solo ponen en riesgo la estabilidad laboral de miles de familias, sino que también afectan los ingresos públicos derivados de la explotación estatal.
Armando Caja, trabajador de 35 años en la mina de Karachipampa, expresó su indignación en medio del tumulto: “Estamos aquí para defender nuestras fuentes de trabajo y para decir basta a los juqueos”. En Bolivia, el término juqueo se usa coloquialmente para referirse al robo de minerales, una práctica extendida en algunas zonas donde el control institucional es escaso.
El gobierno, por su parte, ha intentado contener el malestar con declaraciones institucionales. El Ministerio de Minería reafirmó su postura de “cero tolerancia al juqueo”, aunque reconoció que no dispone de cifras actualizadas sobre la cantidad de hectáreas tomadas ilegalmente. Esa falta de datos oficiales refleja una preocupante ausencia de monitoreo y control, sobre todo en regiones ricas en recursos minerales pero con una presencia estatal débil.
Una fuente dentro de Comibol, que pidió anonimato, sostuvo que los cooperativistas “no respetan las áreas asignadas al Estado, aunque tienen sus propias zonas de explotación”. Este testimonio evidencia una disputa más amplia: el modelo cooperativista, surgido como alternativa de inclusión económica, ha devenido en muchos casos en competencia desleal para la empresa pública.
En medio de esta tensión, la proximidad de las elecciones presidenciales agrega un matiz político al conflicto. El dirigente minero Andrés Paye advirtió que cualquier gobierno entrante debe comprometerse con la defensa de los recursos estatales: “Somos parte del aparato productivo nacional. No pueden ignorar nuestras demandas”. El país elegirá presidente el próximo 19 de octubre, en una segunda vuelta entre Rodrigo Paz y Jorge Quiroga, lo que hace que cualquier presión social se interprete también en clave electoral.
Las minas en disputa no solo representan empleos o ingresos fiscales. Son también un símbolo del proyecto nacional de industrialización de recursos naturales, un sueño que Bolivia ha acariciado desde mediados del siglo XX. En ese sentido, las invasiones no afectan únicamente la propiedad física, sino el modelo de desarrollo que ha querido impulsar el Estado: uno basado en soberanía sobre sus recursos.
Resulta paradójico que en uno de los países con mayor tradición minera del continente, aún persistan estos conflictos sobre la tenencia y el control del subsuelo. Más aún cuando las leyes parecen claras, pero la implementación es débil. La minería, lejos de ser solo una actividad económica, es un eje cultural e identitario en regiones como Oruro y Potosí, donde la historia del país está escrita en vetas de estaño y filones de plata.
Al final del día, la marcha fue una advertencia. No solo al gobierno actual, sino al sistema político en su conjunto. Porque si los trabajadores estatales siguen viendo cómo se desmantelan o invaden sus fuentes de empleo sin respuesta oficial, la protesta dejará de ser simbólica para volverse estructural. Y en Bolivia, donde la historia minera ha encendido revoluciones y definido gobiernos, ese riesgo no debe subestimarse.

