En la mañana del 8 de septiembre, un derrumbe masivo en la zona de Block Cave de la mina Grasberg, en Indonesia, envió más de 800 mil toneladas de lodo río abajo, atrapando a trabajadores y dañando infraestructura crítica. Desde entonces, Freeport McMoRan paralizó operaciones, declaró fuerza mayor y emprendió labores de rescate.
Esa interrupción no fue un golpe menor: Goldman Sachs rebajó su previsión de suministro global de cobre para 2025 y 2026, argumentando que el incidente puede implicar una pérdida de hasta 525 000 toneladas. Antes del suceso, la proyección global apuntaba a un excedente de 105 000 toneladas para 2025; ahora la firma espera un déficit de 55 500 toneladas.
Parte del ajuste obedece a que Grasberg representa un porcentaje significativo de las reservas probadas y proyectadas de cobre y oro de Freeport: aproximadamente la mitad de sus reservas probadas y casi el 70 % de la producción proyectada hasta 2029. Los estudios de S&P Global muestran que durante la primera mitad de 2025 produjo más de 160 000 toneladas.
Goldman estima que parte del suministro perdido oscilará entre 250 000 y 260 000 toneladas para 2025, y hasta 270 000 toneladas para 2026. Para adaptarse a ese escenario, redujo su proyección de crecimiento en la producción minera global para 2025 de 0,8 % a 0,2 % y para 2026 de 2,2 % a 1,9 %.
El impacto inmediato se refleja en los mercados: Goldman reafirma un precio objetivo de 10 750 USD por tonelada hacia 2027, y para diciembre de 2025 sitúa el LME entre 9 700 y 10 200‑10 500 USD.
Este episodio nos recuerda cuán frágil puede resultar la cadena global de suministro frente a eventos técnicos o geológicos. Para México, gran productor de cobre en Latinoamérica, este reacomodo global podría abrir ventanas para elevar exportaciones o atraer inversiones en exploración. Pero también exige fortalecer mecanismos internos de resiliencia para enfrentar disrupciones en minería, mantenimiento o transporte.
Desde mi perspectiva, no basta con ver solo el lado negativo del recorte: este tipo de crisis estimula innovación en técnicas de minería, operaciones más seguras y mejores prácticas ambientales. Si los actores del sector mexicano toman nota y se anticipan, podrían posicionarse precisamente cuando cobra fuerza la escasez global.

