En las áridas tierras de Balochistán, donde la tierra guarda silencio y el polvo lo cubre todo, se esconde una de las mayores promesas mineras del siglo XXI: Reko Diq. Este yacimiento, rico en cobre y oro, vuelve a captar la atención internacional. Ahora, no sólo es una joya geológica, sino también un punto estratégico en el tablero geopolítico. Estados Unidos ha manifestado su interés en cooperar con Pakistán, no sólo por el potencial del subsuelo, sino por lo que representa en términos de seguridad energética y diversificación de suministros.
Durante su visita reciente a Islamabad, el Secretario de Estado estadounidense Marco Rubio señaló la intención de su país de explorar vías concretas de cooperación en sectores clave como los minerales críticos y los hidrocarburos. La mención directa de Balochistán, provincia donde se ubica Reko Diq, no fue una casualidad. En un contexto donde Washington busca reducir su dependencia de China en cuanto a materias primas estratégicas, esta mina se presenta como una oportunidad clave.
La relación entre ambos países ha atravesado turbulencias. Las tensiones ligadas a Afganistán, la influencia creciente de China en la región y las críticas a la política interna paquistaní han marcado los últimos años. Sin embargo, cuando hay intereses compartidos de esta magnitud, el pragmatismo suele imponerse. Y esta vez, el mineral ha servido de puente. Estados Unidos ve en Reko Diq un socio natural para sus objetivos globales de seguridad en la cadena de suministro.
Reko Diq no es un proyecto menor. Se trata de una de las mayores reservas subdesarrolladas de cobre y oro en el mundo. Está siendo desarrollado por Barrick Mining, en colaboración con el gobierno federal y el provincial. El estudio de viabilidad más reciente proyecta ingresos superiores a los 90 mil millones de dólares en flujo operativo durante la vida útil del yacimiento, con un flujo de caja libre de 70 mil millones. La producción está prevista para comenzar en 2028, iniciando con una capacidad de procesamiento de 45 millones de toneladas al año, con una segunda fase que duplicará ese volumen.
Pakistán, por su parte, no quiere dejar pasar esta oportunidad. El ministro de Comercio, Jam Kamal, expresó abiertamente que su país ofrecerá a empresas estadounidenses licencias de exploración, concesiones y esquemas de asociación con compañías locales. No se trata sólo de capital extranjero, sino de transferencias tecnológicas, desarrollo de talento y presencia internacional que puede transformar por completo la dinámica económica de Balochistán, una de las regiones más rezagadas del país.
Este impulso también está respaldado por el financiamiento internacional. La Corporación Financiera Internacional (IFC), del Banco Mundial, ya ha desembolsado más de mil millones de dólares entre abril y junio de 2025 para apoyar el desarrollo de Reko Diq. Se espera que Barrick asegure otros 2.500 millones de dólares en deuda para cerrar la inversión inicial estimada en 7 mil millones. Con estos fondos, se pretende no sólo iniciar operaciones mineras, sino también construir infraestructura clave como carreteras, plantas de tratamiento y líneas eléctricas que beneficiarán a comunidades enteras.
El interés estadounidense no se limita a lo económico. Hay un claro trasfondo geopolítico. En plena transición energética global, el cobre es un mineral fundamental. Su demanda crece al ritmo de la electrificación del transporte, las energías renovables y las redes inteligentes. La capacidad de garantizar suministros seguros de cobre, fuera del alcance directo de competidores estratégicos, se ha vuelto una prioridad para Washington. Reko Diq, con sus reservas multimillonarias, podría jugar un papel determinante.
Desde una perspectiva minera, es importante destacar que la operación se perfila como un modelo de colaboración público-privada. Barrick ha enfatizado que el proyecto se desarrollará bajo los más altos estándares ambientales y sociales. El objetivo es no repetir errores del pasado en otros países donde los proyectos extractivos causaron conflictos. Aquí se busca integrar a las comunidades, generar empleos locales bien remunerados y establecer una minería sostenible en una región históricamente marginada.
Además, la participación de Estados Unidos podría servir como catalizador para que otros países del G7 vean en Pakistán un socio confiable. Canadá, Japón y la Unión Europea han manifestado interés en asegurar el acceso a minerales críticos, y Reko Diq puede convertirse en un referente de colaboración internacional en contextos complejos. Esto no sólo beneficiaría a Pakistán, sino también a las empresas y trabajadores que integran la cadena de valor minera global.
Hay que decirlo con claridad: este tipo de proyectos no son meros negocios. Son apuestas estratégicas que impactan en el desarrollo regional, la competitividad internacional y la estabilidad de las economías. En América Latina, hemos vivido experiencias similares. Pensemos en Quellaveco en Perú o Quebrada Blanca en Chile: inversiones multimillonarias que transforman no sólo la geografía, sino también la historia de los pueblos. Reko Diq puede ser ese punto de inflexión para Pakistán.
A quienes desde fuera ven con recelo la minería, esta es una oportunidad para demostrar que se puede hacer bien. La clave está en el cumplimiento de estándares, la supervisión independiente y, sobre todo, en una voluntad política clara de beneficiar a las poblaciones locales. Si Reko Diq logra consolidarse como un proyecto responsable, podría derribar muchos de los prejuicios que aún pesan sobre la industria extractiva.
Estados Unidos, al involucrarse, no sólo está asegurando acceso a minerales críticos. Está también apostando por un modelo de cooperación basado en intereses comunes, pero también en valores como la transparencia, la sostenibilidad y el desarrollo compartido. Ojalá este caso sirva de ejemplo para otros proyectos alrededor del mundo donde el subsuelo guarda tesoros, pero también posibilidades de construir futuro.

