Pakistán enfrenta una grave crisis económica y necesita urgentemente inversión extranjera. Para evitar la imposición de aranceles estadounidenses de hasta 29 %, el país ha lanzado una ofensiva diplomática enfocada en su vasta riqueza mineral y su potencial tecnológico. Con reservas estimadas de entre 8 y 50 billones de dólares en cobre, oro, litio, antimonio y tierras raras, Islamabad ha posicionado estos recursos como pieza clave en su propuesta de colaboración con Washington.
La provincia de Balochistán, que abarca casi la mitad del territorio nacional, se ha convertido en el núcleo de esta estrategia. Allí se encuentra el proyecto Reko Diq, operado por Barrick Gold, uno de los mayores yacimientos de cobre y oro del mundo. Además, la región alberga recursos críticos como tierras raras, esenciales para la fabricación de componentes electrónicos, baterías y tecnología limpia.
En un giro innovador, Pakistán también ofrece su capacidad para desarrollar minería de bitcoin. El uso estratégico de esta tecnología puede atraer inversiones interesadas en energías renovables y soluciones financieras descentralizadas. El país busca con ello diversificar su economía y generar nuevos flujos de capital.
Como parte del paquete de propuestas, Islamabad ha incluido gestos diplomáticos hacia el expresidente Donald Trump, promoviendo incluso su nominación al Premio Nobel de la Paz. Estos movimientos buscan captar la atención de la actual y posible futura administración estadounidense, alineando intereses políticos y económicos.
China, principal aliado de Pakistán, ha invertido cerca de 60 mil millones de dólares en el Corredor Económico China‑Pakistán (CPEC), centrado en minería e infraestructura. Sin embargo, esta alianza enfrenta tensiones. Grupos separatistas baloches han atacado proyectos liderados por empresas chinas, generando incertidumbre. Este contexto ofrece una oportunidad a EE. UU. para posicionarse como socio alternativo y confiable.
Una delegación paquistaní ya está en Washington negociando con el representante comercial estadounidense. Las conversaciones buscan asegurar un acuerdo integral que incluya compras agrícolas y una alianza minera estratégica. Aunque aún no hay confirmación oficial desde la Casa Blanca, Islamabad espera resultados en cuestión de días.
El potencial acuerdo con EE. UU. implicaría más que inversiones. Representa un reequilibrio geopolítico para Pakistán, que busca reducir su dependencia de China y atraer capital estadounidense que refuerce su autonomía y crecimiento. Esto, no obstante, podría generar fricciones con Pekín, que considera a Pakistán clave en su iniciativa de la Franja y la Ruta.
La minería responsable y la inversión en bitcoin podrían generar beneficios amplios. Además de miles de empleos e infraestructura, estas industrias pueden impulsar la transición energética, si se vinculan con fuentes limpias. Para que esto ocurra, Pakistán debe ofrecer estabilidad jurídica, seguridad física y marcos regulatorios sólidos que aseguren a los inversionistas extranjeros que su capital estará protegido.
Los desafíos no son menores. Las tensiones internas en Balochistán, la presión internacional y la necesidad de institucionalizar los beneficios sociales serán elementos clave. Pero si Islamabad logra superar estos obstáculos, tiene ante sí una oportunidad única para transformar su economía y su lugar en el mundo.

