Chile.- “Creamos las bases para mejorar la competitividad”. Con esta frase, el presidente ejecutivo de Codelco, Thomas Keller, explicó hace un par de semanas el acuerdo récord de la estatal con los sindicatos de Chuquicamata. La negociación fue breve pero millonaria, y resultó con un reajuste salarial del 3,7%, un bono por $16,8 millones y un crédito por trabajador de $3 millones.

A pesar de las altas cifras, en la cuprera las cuentas fueron alegres, pues la negociación aseguró una tranquila e histórica transición en el modelo productivo de la mina más emblemática del país y la tercera con mayor producción de la estatal: de rajo abierto a subterránea.

Y es que además de los bonos, los mineros aprobaron un enorme plan de retiros, que permitirá desvincular a 2.151 trabajadores del yacimiento (el 40% de la planta) de aquí a 2016. ¿Por qué? Porque la mina a rajo abierto más grande del mundo pasará a ser subterránea en 2019, y para eso se necesitan menos trabajadores y más especializados.

No sólo en Chile
La decisión de Codelco no es novedad y ya se está convirtiendo en una tendencia en el resto del mundo. Hoy la última tecnología en minería está enfocada a los yacimientos subterráneos, y se prevé que el porcentaje de extracciones mineras subterráneas vuelvan, de aquí a 20 años, a ser el dominante de la industria.

Raúl Castro, jefe del Grupo Diseño Minero del AMTC y director del Laboratorio Block Caving de la Universidad de Chile, explica que la minería subterránea sólo entrega ventajas: por un lado estos yacimientos son más eficientes, pero también evitan conflictos a las mineras, porque son menos contaminantes que los de rajo abierto. Así las inversiones son mucho más seguras de materializar.

Fidel Báez, gerente Proyecto Minería Subterránea de Codelco, explica que para la empresa estatal la sola conversión de Chuquicamata hará que este yacimiento disminuya en 97% la emisión de polvo en suspensión, a pesar de que la estatal planea construir 1.200 kilómetros en túneles.

Pero, además, con este tipo de yacimientos se ahorra en seguridad, energía y tiempo: en una mina subterránea los viajes son más cortos, se usa menos energía y más tecnología, por lo que también se requiere de menos mano de obra, con lo que cae la tasa de accidentes en las faenas.

En Chuquicamata, por ejemplo, el proyecto subterráneo dejará a ese yacimiento como uno de los con menores costos de la industria, principalmente por las grandes concentraciones de molibdeno y por el ahorro de 50% en energía que se estima.

Pero esta tendencia no nació en Chile. Benghami Canyon, la segunda mayor mina a rajo abierto del mundo tras Chuquicamata, también está en proceso de llevar su producción a bajo tierra, y otras grandes mineras, como Río Tinto, esperan que el 50% de su producción sea subterránea al año 2025.

Fuente: Economía y negocios


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