Desde las etapas prehistóricas, el hombre demostró una notable capacidad de adaptación al medio donde se encontraba, y al analizar aquellos primeros tiempos de la humanidad resulta evidente que fueron los minerales los determinantes del progreso y la evolución socioeconómica del homo-sapiens. En un primer momento, los metales que podía disponer el humanoide estaban destinados a dos aspectos fundamentales para su subsistencia: caza y defensa en primer lugar, y más tarde, ornamentos para alegrar el hogar. Es razonable suponer que el oro fue el primer metal que nuestro antepasado supo beneficiar, ya que a su llamativa belleza resaltada entre los demás rodados del lecho de un arroyo, se sumaba su condición de blando y maleable como para facilitar la confección de adornos que destacasen la condición social o jerárquica de su poseedor.

A este metal se sumó tiempo después el cobre metálico, el que en esas condiciones naturales se destaca también por su fuerte colorido y la posibilidad de ser moldeado según las necesidades ya no sólo ornamentales del hombre prehistórico. El cobre también podía ser trabajado para darle formas con aquellos medios tan rudimentarios, pero a diferencia del oro se lo podía endurecer como para constituir un arma capaz de respaldar la supremacía de un clan sobre los demás y, algo más valioso aún, facilitaba la caza imprescindible para la supervivencia.

El pedernal, una forma particular del cuarzo, constituyó también una herramienta fundamental en el desarrollo de aquellos humanos primitivos. La técnica adecuada para elaborar las herramientas que necesitaba con este material más duro que el resto, fue sin dudas un paso de singular importancia en cuanto hace a la destreza manual del “homo sapiens”. Además, es seguro que al trabajar estos fragmentos de roca tan dura, nuestro ancestro debe haber observado que con los golpes saltaban chispas, un hecho fundamental en la evolución de la humanidad al disponer del fuego donde y cuando éste fuera necesario, para defensa tanto como para calentar los refugios.

En una era ulterior de la prehistoria humana y antes del descubrimiento de las herramientas metálicas (el bronce y el hierro) el hombre continuó fabricando utensilios de pedernal, pero avanzando en su evolución al lograr darles formas según cada aplicación desgastándolo con la aplicación de arena y agua como abrasivos.

Desde aquellas tan lejanas etapas primigenias, nuestros ancestros humanoides continuaron su evolución y así fueron ingresando paulatinamente en las Edades del Bronce y del Hierro. El paso de la piedra al bronce le permitió al hombre aumentar en todo sentido el alcance y la escala de sus obras, aún cuando el metal se destinaba fundamentalmente a objetos de adorno, mientras las armas y herramientas continuaban en la Edad llamada ahora “de la Piedra Pulimentada”.

Un paso de enorme significación fue fabricar cuchillos, espadas y puntas de lanza con técnicas de vaciado del bronce, logrando de este modo resultados muchos más exitosos en la caza indispensable para la supervivencia del grupo tanto como en la defensa o combate frente a clanes rivales. Comenzó a evolucionar así la raza humana en un periodo de gran inventiva, al ampliar con los metales el alcance de sus aventuras y sus comodidades. Los pequeños hornos avivados por fuelles calentaban y derretían la ganga en bruto y así los proto-herreros martillaban el metal ablandado y brillante convirtiéndolo en hojas de espadas, hoces, azadas, puntas de lanza y anzuelos.

De este modo una auténtica civilización, aunque todavía bastante primitiva, había aparecido en las playas de esos brillantes lagos de las montañas y continuaría con su evolución siguiendo lineamientos lógicos durante miles de años, hasta que el descubrimiento del hierro y sus muy diversos usos reemplazó al bronce en la manufactura de la mayor parte de sus armas y herramientas.

El humano primitivo encontraba entonces un gran deleite en sus flamantes tesoros metálicos, primero el bronce y posteriormente el hierro, porque con estos materiales muy maleables cuando las calentaba pero durísimos al enfriar, podía hachar troncos para hacer sus casas, o fabricar botes y armas y, en caso necesario, darle a la propia piedra la forma que se le antojase.

Primero la piedra, para luego continuar con el hierro y el bronce, según avanzaba en su evolución la humanidad, son todos elementos que se asocian al desarrollo del ser humano en búsqueda permanente de su bienestar y el de sus descendientes, con materiales que sólo puede producir la minería. Creo que sobran argumentos sobre la notable simbiosis entre el hombre y esta industria extractiva que hoy resulta tan controversial para muchos argentinos.

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