El encarecimiento del petróleo volvió a meterse de lleno en la agenda minera global. BMO Capital Markets advierte que, si el crudo promedia US$100 por barril, los costos de la minería subirían con fuerza. El salto llegaría a 20% en hierro, 16% en cobre y 9% en oro. La conclusión parte de series históricas de costos elaboradas con datos de Wood Mackenzie. No se trata de un ajuste menor. Un shock energético de esa magnitud puede mover la curva de costos del sector y estrechar márgenes en un momento delicado para varios productores.
La advertencia llega en un contexto que ya dejó de parecer hipotético. El 9 de marzo de 2026, el Brent Dated tocó US$102.84 por barril, según S&P Global. La Administración de Información Energética de Estados Unidos, la EIA, reconoció después un cambio brusco de escenario. Su previsión indica que el Brent seguirá arriba de US$95 por barril durante los próximos dos meses. Luego podría bajar de US$80 en el tercer trimestre, siempre que el tránsito por el estrecho de Ormuz se normalice. La idea de un petróleo en tres dígitos, por tanto, ya no pertenece al terreno de la especulación extrema. Hoy describe un riesgo plausible, aunque no sea el escenario base.
El punto central del análisis de BMO no se limita al diésel que entra al tanque de los camiones. Ahí suele arrancar la lectura más simple y, también, la más incompleta. El banco remarca que el combustible directo hoy representa cerca de 5% del costo operativo de una mina de cobre, por debajo de 8% hace dos décadas. Sin embargo, el petróleo caro termina filtrándose a la electricidad, los consumibles, los equipos, la mantención, la logística y los servicios contratados. Reuters añadió esta semana un dato clave. El diésel es el producto más expuesto a la crisis del Medio Oriente y sostiene actividades tan sensibles como el transporte, la agricultura, la minería y la industria. Cuando ese insumo se tensa, el golpe deja de ser lineal y se vuelve sistémico.
Por eso el hierro aparece como el segmento más sensible, seguido por el cobre y, más atrás, el oro. La explicación tiene lógica operativa. Las faenas a cielo abierto dependen de grandes flotas, mayores distancias de acarreo y una intensidad energética muy alta. McKinsey estima que, en minería a cielo abierto, cerca de 45% de las emisiones suele corresponder al Alcance 1. De esa porción, alrededor de 35% proviene del combustible consumido en el acarreo. El Consejo Internacional de Minería y Metales, el ICMM, agrega otra dimensión. A nivel global operan unas 28,000 grandes unidades de acarreo minero, que consumen en conjunto 25,000 millones de litros de diésel. Cuando el petróleo sube, ese dato deja de ser ambiental y se convierte, de inmediato, en una variable financiera.
BMO también identifica diferencias regionales que conviene mirar con cuidado. Históricamente, África y las Américas muestran una sensibilidad menor a los precios globales del crudo que Europa y Asia. El acceso a suministros locales más baratos y a ciertas fuentes de energía propias ayuda a explicar esa brecha. Aun así, esa ventaja no debe confundirse con inmunidad. S&P Global Market Intelligence reportó que, en 2025, los costos energéticos, que incluyen diésel y electricidad, representaron 22.7% de los costos de caja en operaciones seleccionadas de cobre. En oro, la proporción llegó a 19.2%. En otras palabras, América Latina puede resistir mejor que otras regiones, pero no puede ignorar el riesgo. El cobre sigue muy expuesto y el oro tampoco camina en terreno cómodo.
La presión tampoco termina en el frente energético. El shock se puede trasladar a insumos críticos para el procesamiento. S&P recuerda que el ácido sulfúrico, un reactivo esencial en varios circuitos metalúrgicos, depende de una cadena comercial muy sensible al Golfo Pérsico. El Medio Oriente concentró 47% del comercio de azufre en 2025, y una parte relevante de ese flujo pasa por el estrecho de Ormuz. Esto importa especialmente para operaciones de cobre que usan lixiviación y SX-EW, pero también para refinerías y complejos metalúrgicos que compran reactivos en mercados volátiles. Dicho de otro modo, el petróleo caro no solo encarece mover la roca. También puede encarecer procesarla. Ese matiz cambia la discusión y obliga a mirar toda la estructura de costos, no solo la línea de combustible.
La amenaza para los márgenes tampoco luce uniforme. S&P señala que la erosión importante comienza cuando el crudo se mantiene entre US$90 y US$100 por barril en productores dependientes del combustible. Si esa presión dura más de seis meses, crece el riesgo de recortes de capital. A partir de ahí surge una inferencia razonable. Las mineras tenderán a defender caja, revisar expansiones, priorizar activos de mayor ley y retrasar proyectos con costos marginales altos. Eso no conviene a las operaciones menos eficientes. Pero tampoco es una mala noticia para toda la industria. Un piso de costos más alto suele endurecer la disciplina del sector y, si la oferta responde con menor crecimiento, puede dar soporte a ciertos precios metálicos. En minería, la presión de costos castiga primero, pero también depura después.
Ahí aparece el lado constructivo del tema, y conviene decirlo con claridad. No todas las compañías enfrentarán el mismo daño. BMO observa que la vulnerabilidad al petróleo ha bajado con el tiempo gracias a mejoras en eficiencia, electrificación y generación propia. McKinsey, por su parte, sostiene que el uso de analítica avanzada y gemelos digitales puede mejorar con rapidez la eficiencia de combustible en el acarreo. Ese punto importa mucho más de lo que a veces admite el mercado. Una empresa con flota moderna, gestión de rutas, buen mantenimiento, contratos eléctricos estables y menor dependencia de insumos importados puede defender mejor su margen. Incluso puede ganar terreno frente a competidores rezagados. El shock petrolero, en ese sentido, no solo aprieta. También acelera la modernización que la minería ya tenía pendiente.
Para México y América Latina, la señal es nítida. La región puede mostrar una sensibilidad menor que Europa o Asia, pero el riesgo sigue presente en cada operación intensiva en diésel, acarreo y reactivos. El cobre merece atención especial, por su peso energético y por la dependencia de ciertos procesos químicos. El oro tampoco queda fuera, sobre todo en minas a cielo abierto con flotas extensas. En este entorno, cada litro ahorrado, cada contrato eléctrico bien cerrado y cada mejora operativa cuentan más que antes. La lección de fondo resulta difícil de discutir. El petróleo ya no solo dicta el costo de mover mineral. Hoy también condiciona la competitividad, el calendario de inversión y la jerarquía de los activos mineros globales. Quien llegue mejor preparado a este ciclo no solo absorberá el golpe. También podría salir reforzado.

