La participación de las mujeres en la industria minera mexicana avanzó en 2024, con un crecimiento anual de 3.6% en el número de trabajadoras. La cifra llegó a 77,190 mujeres dentro del sector, de acuerdo con lo expuesto en el ciclo Mujeres en la Ciencia, que organizó el Instituto de Metalurgia de la Universidad Autónoma de San Luis Potosí.
El dato importa por dos razones. Primero, porque confirma una tendencia sostenida de incorporación femenina en una actividad que por décadas se asoció casi por completo con empleo masculino. Segundo, porque abre una discusión que va más allá de la estadística y toca temas de productividad, seguridad y competitividad.
Durante el encuentro en la UASLP, la presidenta de Women in Mining México, Marisol Barragán Mendoza, colocó el foco en un indicador sensible para cualquier operación: la seguridad. Barragán sostuvo que los equipos donde trabajan mujeres registran hasta 67% menos lesiones, un resultado que, dijo, se refleja en entornos más seguros y eficientes.
Más mujeres, menos accidentes
La industria minera vive de sus rutinas y de su disciplina operativa. Si baja la tasa de incidentes, la operación gana continuidad y reduce costos asociados a paros, investigaciones y rehabilitaciones. En ese contexto, el argumento de Barragán no se queda en lo simbólico, porque conecta inclusión con desempeño.
Conviene leer esa afirmación con responsabilidad. La participación femenina, por sí sola, no sustituye capacitación, supervisión ni protocolos. Lo que sí sugiere el mensaje es que la diversidad en equipos puede acompañar mejores prácticas, sobre todo cuando las empresas invierten en cultura preventiva.
En la práctica, muchas mejoras en seguridad nacen de cosas simples y constantes. La comunicación clara, el respeto a procedimientos y la disciplina en el uso de equipo de protección suelen marcar diferencias. Cuando una compañía fija estándares y los cumple, suele retener mejor talento, sin importar género.
El techo de cristal sigue
Aun con el crecimiento de empleo femenino, la presencia de mujeres en puestos de decisión se mantiene baja. En el mismo foro, Barragán indicó que solo 10% de los cargos ejecutivos en empresas mineras los ocupan mujeres. También señaló que ellas representan 12% en áreas técnicas.
Otras mediciones cercanas muestran matices, según definiciones y cortes de información. En 2025, en el marco del Día Internacional de la Mujer en la Minería, El Economista citó cifras atribuidas a Camimex para 2023, con 74,529 mujeres dentro de 416,000 empleos del sector. Ese mismo texto anticipó que el corte de 2024 subiría a 19% y rondaría 77,000 mujeres.
El Economista también consignó una distribución distinta por tipo de puesto, con 12% en cargos ejecutivos y 16% en roles técnicos, además de mayor presencia en posiciones administrativas y de supervisión.
Más que contradecirse, estas cifras suelen revelar algo común en el debate laboral: cada fuente mide con categorías propias, y el resultado cambia.
Lo que no cambia es el diagnóstico de fondo. La industria ya abrió puertas, pero todavía no normaliza el ascenso femenino a niveles donde se decide presupuesto, estrategia y operación. Ahí se juega la inclusión real, porque el liderazgo define políticas internas, metas de contratación y condiciones de permanencia.
En mi opinión, el reto más grande no es “atraer” talento femenino, sino conservarlo. Los turnos extendidos, la lejanía de algunos centros de trabajo y la rigidez de ciertos esquemas siguen pesando. Si una empresa no ajusta procesos, termina perdiendo perfiles valiosos, justo cuando el sector compite por ingenierías y especialidades.
Aquí aparece otro punto que suele quedarse fuera del titular. La inclusión requiere infraestructura y reglas claras en sitio. Energía a Debate documentó, por ejemplo, iniciativas como habilitar espacios de lactancia en unidades mineras, además de discutir cómo impactan los esquemas de campamento en la conciliación familiar.
San Luis Potosí y la transición energética
El debate sobre mujeres en minería no ocurre en el vacío, y menos en San Luis Potosí. El estado mantiene una vocación minera relevante, con un peso económico que el propio gobierno estatal ha difundido. La Secretaría de Desarrollo Económico de San Luis Potosí señaló que la minería representa 2.36% del PIB estatal.
En ese mismo contexto, Sedeco destacó el liderazgo potosino en fluorita, con 97.9% de la producción nacional, y subrayó su importancia para cadenas industriales donde se usan derivados como el ácido fluorhídrico.
Estos datos ayudan a entender por qué la conversación en la UASLP resulta más que académica.
Barragán también enmarcó el tema en una discusión global: la minería como actividad estratégica para la transformación energética. En la práctica, el sector provee insumos para redes eléctricas, almacenamiento y electrificación industrial. En México, el debate se vuelve más visible cuando se habla de minerales ligados a esas cadenas, como el cobre por su rol en conductores y redes.
La presión por producir más minerales útiles para la transición energética también eleva el escrutinio social. Ese escrutinio se explica por un historial de conflictos ambientales y por evidencia reciente sobre riesgos en comunidades cercanas a ciertas operaciones, si fallan controles y vigilancia. Un reportaje de El País, por ejemplo, difundió hallazgos sobre riesgos a la salud asociados a vivir cerca de minas de cobre, y lo conectó con la necesidad de supervisión ambiental más estricta.
Aquí conviene decirlo sin rodeos. La minería necesita licencia social para operar, y esa licencia se gana con desempeño ambiental, transparencia y respeto comunitario. Cuando una empresa cumple, reduce oposición y mejora estabilidad operativa. Ese entorno también facilita políticas laborales modernas, incluida la inclusión.
La agenda de género puede jugar a favor de esa modernización. No por discurso, sino por resultados verificables. Si la industria busca más seguridad, más profesionalización y mejores estándares, integrar talento diverso ayuda, siempre que exista formación y carrera.
El foro en San Luis Potosí deja una idea central. El crecimiento de mujeres en minería ya ocurre y se mide con números concretos. Ahora falta convertir esa presencia en influencia, en decisiones y en permanencia. ¿Quién gana si eso sucede? Gana la industria con más talento; ganan las regiones con empleos mejor calificados; y gana el país si la minería eleva estándares y cumple con su papel estratégico.

