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Política y Regulación

Serabi Gold mantiene Palito y Coringa en operación tras dos muertes en minas subterráneas

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Publicado 3 febrero, 2026
Oro producción
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La industria minera vive de métricas, pero se define por personas. Por eso, cuando una empresa confirma dos fallecimientos en pocos días, el dato cambia de naturaleza. Deja de ser un renglón operativo y se vuelve una prueba pública de cultura preventiva, respuesta institucional y credibilidad ante reguladores, trabajadores e inversionistas.

Eso es lo que hoy enfrenta Serabi Gold, productora enfocada en Brasil, tras reportar dos accidentes fatales en operaciones subterráneas en el estado de Pará, en la región de Tapajós. La compañía comunicó que la extracción y la molienda no se detuvieron “en ningún momento” y que el desempeño sigue “de acuerdo con presupuesto”, aun con investigaciones formales en curso.

Los hechos, por su gravedad, exigen precisión. El primer accidente ocurrió el 25 de enero de 2026 en la operación subterránea de Coringa. La empresa informó que un trabajador murió tras un evento “relacionado con actividad minera” en un frente de producción. También señaló que nadie más resultó lesionado. En ese mismo comunicado, Serabi indicó que notificó a las autoridades, incluida la policía, y que colabora con las diligencias. La compañía espera reanudar la producción en el área específica “en pocos días”, una vez que concluyan las indagatorias.

El segundo accidente ocurrió el 30 de enero de 2026 en el complejo Palito, también subterráneo. En ese caso, Serabi describió un “accidente de tráfico” bajo tierra. De nuevo, la empresa reportó una sola víctima fatal y ausencia de otros heridos. La lógica de continuidad operativa se repite: reactivar el área afectada en pocos días, con el resto de la operación sin afectaciones.

El 3 de febrero de 2026, Serabi dio un paso adicional en la narrativa corporativa. Afirmó que cumplió los protocolos de agencias y autoridades “relevantes”, que mantiene apoyo a familias y personal, y que avanza en una revisión interna de procedimientos. La empresa también reiteró su presencia en Tapajós y su rango de producción histórica en Palito, con un plan de crecimiento que contempla elevar el perfil productivo mediante Coringa.

Hasta ahí, la secuencia oficial traza un patrón: informar, notificar, cooperar, reanudar. El problema es que el mercado y la sociedad ya no se conforman con el libreto básico. Cuando hay dos muertes en un periodo corto, la conversación se desplaza hacia preguntas incómodas. ¿Qué controles fallaron? ¿Qué condiciones de trabajo prevalecían? ¿Qué tan robusta resulta la supervisión de tráfico minero subterráneo? ¿Cómo se gestiona el riesgo en frentes de producción con presión por tonelaje?

En el caso de Palito, el término “accidente de tráfico” apunta a un universo muy concreto de riesgos: interacción entre equipos móviles, rutas internas, visibilidad limitada, fatiga, señalización, comunicación y disciplina operacional. En minería subterránea, un control débil en cualquiera de esas capas puede escalar rápido. Y cuando ocurre un hecho fatal, el aprendizaje no se limita a un turno o a un área. Debe abarcar estándares, entrenamiento, permisos de trabajo y verificación en campo.

En Coringa, el reporte habla de un accidente en un frente de producción. Esa frase, aunque amplia, suele asociarse con tareas de barrenación, sostenimiento, fortificación, manejo de roca, ventilación y exposición a desprendimientos. Cada operación tiene su propia combinación de geología, método minero y ritmo de avance. Esa combinación define el mapa real de riesgos, más allá del manual.

Aquí conviene poner contexto, porque la minería no opera en el vacío. Brasil tiene un marco de fiscalización laboral y de seguridad que puede volverse particularmente estricto cuando interviene la autoridad, más aún ante fatalidades. Serabi lo reconoce indirectamente cuando explica que la participación de autoridades mantiene investigaciones en curso y limita la divulgación de detalles, al menos por ahora. Esa cautela legal es comprensible, pero no elimina la presión por mostrar acciones verificables.

El propio director general, Mike Hodgson, agregó un elemento revelador al hablar del segundo evento. Dijo que la empresa venía de completar “un año sobresaliente” en desempeño de salud y seguridad, y que aun así tomó medidas inmediatas para revisar la efectividad y seguridad de todas las operaciones. Ese contraste golpea fuerte, porque retrata una realidad común del sector: puedes mejorar indicadores, reducir lesiones con tiempo perdido y aun así enfrentar un evento extremo. El reto consiste en construir sistemas que resistan el “día malo”, no solo el promedio.

Además, hay un antecedente reciente que vuelve más sensible el momento. En su reporte anual 2024, Serabi reconoció una fatalidad en Palito durante 2024, pese a reportar solo cuatro lesiones con tiempo perdido en ese año. En ese mismo documento, la empresa explicó que tomó decisiones operativas por preocupaciones de seguridad, implementó controles y capacitación adicionales, y fortaleció la estructura de supervisión de seguridad con cambios de liderazgo. En otras palabras, la compañía ya traía una conversación interna sobre riesgo fatal. Por eso, el doble evento de enero de 2026 no solo duele por el impacto humano. También tensiona la tesis de que las mejoras y controles estaban “cerrando” los huecos críticos.

No se trata de condenar a la minería por existir. Se trata de reconocer que la minería responsable se defiende con hechos. Y los hechos, en seguridad, se miden en controles de alto impacto: gestión de tráfico, aislamiento de energía, estándares de sostenimiento, verificación geotécnica, permisos de trabajo, cultura de detención por riesgo y supervisión que no negocia. Cuando esos controles se ejecutan bien, la operación gana estabilidad, reduce interrupciones y protege su licencia social.

En mi análisis, hay otro punto que el caso deja sobre la mesa: la tensión entre continuidad operativa y señal ética. Serabi recalca que no interrumpió extracción ni molienda. Esa continuidad puede sostener flujos de caja y compromisos con clientes, pero también exige una comunicación impecable. La empresa tiene que convencer de que continuidad no significa normalización, ni prisa por “pasar la página”. En el ambiente actual, especialmente en América Latina, las comunidades y los trabajadores leen con lupa el tono corporativo.

México ofrece un espejo útil para entenderlo. Aquí, cada aniversario de tragedias emblemáticas, como Pasta de Conchos, reactiva el debate público sobre condiciones laborales, inspección y responsabilidad. Esa memoria colectiva eleva el estándar de lo que la sociedad espera cuando ocurre una fatalidad. En Brasil, con su propia historia minera y escrutinio social, el listón también está alto. Las empresas que lo entienden actúan con transparencia, permiten auditorías independientes cuando procede y convierten el aprendizaje en práctica visible, no solo en un comunicado.

Aun en este escenario duro, hay una lectura constructiva que el sector no debería perder. La minería subterránea aporta valor económico real cuando opera bien: empleo formal, compras locales, infraestructura y pago de impuestos. Serabi, por ejemplo, destaca su enfoque en operaciones subterráneas y su estrategia de crecimiento en Tapajós. Ese tipo de proyecto puede detonar encadenamientos productivos en zonas donde sobran retos logísticos y faltan oportunidades. Pero esa promesa solo se sostiene con seguridad operacional consistente.

Por ahora, el caso queda abierto en lo esencial: las investigaciones siguen y la empresa dice que no puede dar detalles adicionales hasta conocer resultados. Lo que sí sabemos es que la respuesta corporativa ya tomó forma: notificación a autoridades, cooperación con indagatorias, apoyo a familias y revisión interna de procedimientos. Lo que falta, y que normalmente define el impacto reputacional, es el nivel de concreción posterior: qué controles se ajustan, qué estándares cambian, quién verifica, y cómo se mide el efecto.

En minería, el aprendizaje que no se vuelve disciplina se evapora. Y la disciplina, en operaciones subterráneas, se nota en el detalle. Se nota en un cruce bien señalizado, en un equipo inmovilizado a tiempo, en un supervisor que detiene una tarea, en un trabajador que siente respaldo para decir “alto”. Ese es el terreno donde se juega la confianza.

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