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Desarrollo Minero

Rio Tinto y Glencore evalúan escindir carbón en Australia para destrabar su megafusión

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Publicado 15 enero, 2026
carbón Glencore producción Rio Tinto
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Rio Tinto y Glencore vuelven a mirar el mismo mapa, pero esta vez con una regla en la mano y un cronómetro corriendo. Las dos mineras confirmaron conversaciones para combinar parte o la totalidad de sus negocios, y el mercado ya discute el dilema más incómodo: qué hacer con el carbón de Glencore dentro de un grupo que busca venderse como campeón del cobre.

La idea que más fuerza toma no resulta nueva, pero sí práctica: separar los activos intensivos en carbón y colocarlos en un vehículo australiano que cotice en la ASX. El objetivo suena claro. Rio Tinto protege su perfil ante inversionistas con mandatos restrictivos, mientras Glencore preserva una fuente de utilidades que todavía paga cuentas y financia apuestas en metales de transición.

El reloj regulatorio influye. Las conversaciones ocurren bajo el marco del Código de Takeovers del Reino Unido, que suele imponer un “put up or shut up”. Esa regla fija un plazo para presentar una oferta formal o retirarse, salvo que exista una extensión aprobada. En la práctica, el hito cae el 5 de febrero en el contexto que rodea estas conversaciones.

El carbón, en este tablero, funciona como una pieza pesada. Glencore figura entre los mayores exportadores de carbón de Australia y opera minas en Nueva Gales del Sur y Queensland. Además, mantiene operaciones en otras regiones. Ese portafolio genera flujo y sostiene una parte relevante del EBITDA del grupo, según estimaciones citadas por analistas que siguen el caso.

Rio Tinto llega con una historia distinta. La compañía se alejó del carbón térmico en años recientes y cerró el capítulo con ventas de activos en Australia, incluyendo transacciones que involucraron incluso a Glencore en Queensland. Ese antecedente vuelve más sensible cualquier escenario que implique cargar carbón en el balance de un eventual “nuevo campeón” minero.

El debate no ocurre en el vacío. El cobre marca el pulso y empuja el apetito por escala. El metal superó la zona de los 13,000 dólares por tonelada en el arranque de 2026, con señales de mercado que mezclan fundamentos, flujos financieros y tensión por inventarios.

Aquí entra la lógica estratégica de una fusión. La electrificación, la expansión de redes, los centros de datos y la industria tecnológica colocan al cobre en el centro de la conversación industrial. Un estudio de S&P Global proyecta que la demanda anual puede pasar de 28 millones de toneladas en 2025 a 42 millones en 2040, lo que implica un salto de 50%. El mismo análisis advierte un déficit potencial que podría rondar 10 millones de toneladas hacia 2040 si la oferta no acelera.

Con ese telón de fondo, el mercado interpreta la negociación como una carrera por posiciones en cobre, más que como un simple ejercicio de “tamaño por tamaño”. Un grupo combinado podría colocarse entre los líderes globales del metal, con participación aproximada cercana a 7% de la producción mundial, según las referencias que circulan en el entorno del acuerdo.

El carbón, sin embargo, choca con la narrativa. Algunos inversionistas institucionales todavía imponen vetos por criterios ESG, y varios fondos evitan exposición directa. Otros, en cambio, distinguen entre carbón térmico y carbón metalúrgico, y aceptan posiciones si ven disciplina operativa, retornos y planes de transición creíbles. Esa fractura explica por qué una escisión en la ASX parece una válvula de escape.

La hipótesis recuerda un precedente australiano. BHP separó South32 en 2015 mediante una desinversión que permitió aislar activos y perfilar mejor el portafolio principal. El paralelismo seduce a banqueros y asesores porque reduce fricción y ofrece una salida “ordenada” a activos que el mercado valora de manera distinta.

En el caso de Glencore, el tema tiene memoria reciente. La empresa anunció en 2023 una intención de separar carbón, pero después abandonó el plan tras escuchar a accionistas que defendieron el efectivo y los dividendos que entregaba el negocio. Ese giro importa porque sugiere que Glencore no quiere “regalar” el carbón, sino reacomodarlo para maximizar valor.

Queda otra pieza sensible: el brazo de trading de Glencore. Ese negocio aporta utilidades y también riesgos reputacionales y regulatorios, por su complejidad y por la forma en que algunos inversionistas lo interpretan. En una fusión, la estructura final tendría que definir cómo convive el trading con una cultura corporativa más clásica como la de Rio Tinto.

Los obstáculos principales siguen donde siempre. El precio manda. La gobernanza también manda. Nadie firma una operación de este tamaño sin resolver quién dirige, cómo se reparten sillas y qué activos entran o salen. Las conversaciones anteriores en 2024 se atoraron por valuación, control y choques culturales, y el mercado aún recuerda ese antecedente.

Además, la operación invitaría a un escrutinio antimonopolio serio. China pesa como cliente, como centro de demanda y como actor relevante en cadenas de suministro. Varias jurisdicciones revisarían concentración en cobre y otros metales. También mirarían riesgos operativos en geografías complejas donde Glencore produce cobre, como la República Democrática del Congo.

Aun con esos riesgos, la tendencia sectorial favorece la conversación. La minería vive una etapa donde el mercado premia inventario de cobre y proyectos con crecimiento, mientras castiga portafolios que no muestran ruta hacia metales críticos. En ese contexto, la escisión de carbón no luce como renuncia, sino como un ajuste de empaque para un mercado exigente.

Desde México, la lectura deja dos mensajes útiles. Primero, el mundo corporativo ya compite por “toneladas de cobre” futuras, y eso sube la vara para proyectos, permisos y estabilidad regulatoria. Segundo, el debate sobre carbón no desaparece, solo cambia de lugar. Un “spin-off” no borra emisiones, pero sí ordena responsabilidades y permite que cada negocio enfrente a sus propios inversionistas, con transparencia y métricas específicas.

Mi impresión es que el plan australiano puede destrabar la ingeniería financiera, pero no resuelve por sí solo la política del acuerdo. La fecha límite regulatoria presiona, y la ventana del cobre incentiva el movimiento. Si ambas fuerzas se alinean, el carbón terminará fuera del “nuevo logo”, pero no fuera del sistema energético global.

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ETIQUETAS:carbónGlencoreproducciónRio Tinto
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