El mercado global de fusiones y adquisiciones mineras cerró 2025 con una señal clara de reacomodo geográfico. En los primeros tres trimestres de 2025, las operaciones sumaron cerca de 30,000 millones de dólares, y 74% del valor se dirigió a América Latina, de acuerdo con un reporte elaborado por McKinsey & Company y Future Minerals Forum.
El dato importa por dos razones. La primera es financiera: el capital no solo busca recursos, también busca certidumbre para cerrar transacciones, integrar activos y ejecutar proyectos sin que los permisos se conviertan en una trampa de tiempo. La segunda es industrial: cobre, litio, níquel y tierras raras ya no se discuten solo como “commodities”, sino como insumos estratégicos para redes eléctricas, vehículos eléctricos, digitalización y defensa. El reporte advierte que las cadenas de suministro enfrentan más presión justo cuando la demanda acelera.
El documento que da origen a las cifras se denomina Future Minerals Barometer Report 2025. Su enfoque resulta relevante para América Latina porque compara preparación de cadenas de valor y clima de inversión entre corredores minerales de África, Asia Occidental, Asia Central y América Latina. El barómetro integra datos de mercado y percepción de actores, con participación de firmas como S&P Global Market Intelligence y GlobeScan, según la nota que resume sus hallazgos.
Por qué el dinero se concentra en la región
McKinsey plantea una lectura directa: los inversionistas se han replegado de jurisdicciones que perciben como de mayor riesgo, y han preferido destinos donde la industria ya tiene huella operativa, infraestructura relativa y marcos regulatorios conocidos. En términos prácticos, América Latina ofrece una combinación difícil de replicar en el corto plazo: grandes distritos cupríferos en Chile y Perú, litio en el triángulo Argentina–Bolivia–Chile, hierro en Brasil, y una cartera amplia de metales preciosos e industriales distribuida en varios países.
Ese “reset” de riesgo no significa ausencia de conflictos. La región convive con tensiones sociales, exigencias ambientales más estrictas y ciclos políticos que pueden endurecer permisos o regalías. Sin embargo, para muchos fondos y compradores estratégicos, el diferencial está en la ejecutabilidad. Cuando un activo ya produce, o cuando un proyecto tiene ruta clara de permisos, el M&A funciona como atajo para ganar tiempo frente a la alternativa de explorar desde cero.
La misma nota recuerda el cuello de botella estructural: el mundo tarda en promedio 16 años desde el descubrimiento hasta la primera producción. Con ese reloj, los yacimientos que se descubran hoy difícilmente aportarán de forma material a las metas de 2030 o 2035. Por eso las empresas compiten por inventarios existentes, expansiones brownfield y minas en operación, donde un cambio de dueño puede acelerar inversión, tecnología y disciplina operativa.
El “Super Region” y la brecha de exploración
El reporte también subraya un contraste que ayuda a explicar el flujo hacia América Latina. Más de 50% de las reservas globales de minerales críticos se ubica en la llamada “Super Region”, que agrupa África, Asia Occidental y Asia Central, pero esa zona capta el menor gasto de exploración a nivel mundial. La conclusión es incómoda: el planeta tiene recursos, pero no logra financiar ni desatorar proyectos al ritmo que exige la demanda.
En ese contexto, América Latina aparece como terreno intermedio. No concentra la mayoría de reservas globales de críticos, pero sí reúne volumen, experiencia minera y mercados de capital más acostumbrados a activos de la región. El mismo reporte indica que, desde 2021, el valor de acuerdos mineros en América Latina subió más de 200%, mientras África registró una caída cercana a 80%. En otras palabras, el dinero no está premiando solo la geología, también está premiando la posibilidad de cerrar y ejecutar.
Cobre y litio: la aritmética detrás de los acuerdos
Los metales que empujan la narrativa también empujan la caja. El cobre se ha convertido en la piedra angular de la transición eléctrica: redes, transformadores, motores y centros de datos lo consumen en grandes cantidades. En esa línea, el CEO de Anglo American, Duncan Wanblad, afirmó que la demanda global de cobre podría crecer 75% y alcanzar 56 millones de toneladas anuales hacia 2050. Bajo ese supuesto, la industria necesitaría desarrollar alrededor de 60 minas del tamaño de Quellaveco, en Perú, durante la próxima década para compensar el declive de activos maduros.
Aunque esas proyecciones varían por escenario, el mensaje para el mercado es consistente: si la oferta tarda años en responder, los activos de cobre con expansión factible ganan valor estratégico. Eso eleva el apetito por adquisiciones, asociaciones y compras de participación, sobre todo donde los distritos ya cuentan con energía, agua, carreteras y cadena de proveedores.
El litio ofrece otra dinámica: la industria vive ciclos de precios más bruscos, pero el objetivo de muchos compradores no es solo el precio spot, sino asegurar suministro y opciones de crecimiento. En América Latina, el litio además abre un frente político: los gobiernos quieren capturar más valor, desde refinación hasta materiales activos para baterías. La discusión sobre industrialización local ya no se limita a discursos; se refleja en condiciones regulatorias, permisos y, en algunos casos, modelos de participación estatal.
Inversión pendiente y presión por permisos
El reporte estima que el mundo necesitará cerca de 5 billones de dólares de inversión acumulada hacia 2035 para cubrir la demanda de minerales críticos. Al mismo tiempo, el gasto en exploración se mantiene entre 40% y 50% por debajo de lo requerido. Este doble dato explica por qué el mercado valora más los proyectos “listas para construir” y por qué la permisología se convirtió en factor de valuación.
Aquí, América Latina enfrenta un dilema. Si quiere sostener el flujo de M&A, debe demostrar que puede otorgar permisos con estándares altos, pero con plazos previsibles. No se trata de “relajar” lo ambiental, sino de profesionalizar evaluaciones, coordinar autoridades y dar claridad jurídica a consultas y servidumbres. Cuando un proceso se vuelve impredecible, el descuento de riesgo sube y el capital migra.
A mi juicio, este es el punto donde la región puede convertir una ventaja coyuntural en ventaja estructural. Si los gobiernos logran reglas estables, y las empresas elevan su desempeño social y ambiental con transparencia, el M&A puede transformarse en inversión productiva y no solo en intercambio de propietarios.
México en el mapa: oportunidad con matices
Aunque la nota concentra la cifra regional, el mensaje toca a México por el lugar que ocupa en cadenas de Norteamérica. El debate de “nearshoring” y seguridad de suministro empuja a Estados Unidos a preferir abastecimiento hemisférico, y varios países latinoamericanos buscan pasar de exportadores de concentrados a jugadores con más valor agregado. Para México, la oportunidad se cruza con su realidad regulatoria: el país puede atraer capital hacia metales industriales y minerales críticos, pero el inversionista pedirá visibilidad sobre permisos, acceso a energía y agua, y certeza sobre reglas.
La región, además, compite con una concentración industrial relevante. El reporte citado por Mining.com señala que más de 45% de la producción refinada de materiales para vehículos eléctricos se concentra en una sola región, lo que aumenta exposición a riesgo geopolítico y disrupciones comerciales. Ese dato alimenta el argumento para diversificar refinación y manufactura intermedia fuera de Asia, pero hacerlo exige infraestructura, contratos eléctricos y capital paciente.
El lado positivo de la ola de M&A
Para América Latina, que el capital “aterrice” en M&A no es automáticamente una medalla, pero sí abre una ventana. Bien encauzadas, estas transacciones pueden traer mejores prácticas operativas, tecnología para productividad, inversión en ampliaciones y estándares más altos de gestión ambiental. También pueden profesionalizar el diálogo comunitario, porque los compradores globales suelen operar con políticas corporativas más estrictas y con mayor exposición reputacional.
El riesgo aparece cuando el M&A se queda en ingeniería financiera y no se traduce en ejecución. Si el nuevo dueño compra para recortar y exprimir caja sin reinvertir, el ciclo se agota. Si compra para ampliar con licencia social sólida y disciplina de capital, la región gana producción, empleo y recaudación, sin sacrificar estándares.
En síntesis, la cifra de 74% refleja algo más que apetito por minerales. Refleja una competencia global por tiempo, permisos y certidumbre. América Latina todavía puede ofrecer ese combo, pero tendrá que cuidarlo como activo estratégico.

