Desde los pasillos del Banco Central de Turquía hasta las casas rurales donde se guarda oro en cofres clandestinos, el alza del precio del metal amarillo redibuja la economía turca. En medio de esfuerzos por moderar los precios al consumidor, Turquía enfrenta un dilema: su vasto acervo de oro —valor estimado en 500 mil millones de dólares— dispara efectos de riqueza que erosionan las políticas antiinflacionarias.
El banco central estima que los ciudadanos del país mantienen una cantidad significativa de oro fuera del sistema financiero formal, comúnmente denominado “oro debajo del colchón”. En el último año, el incremento del precio del metal generó un efecto riqueza mayor a 100 mil millones de dólares, según declaraciones del gobernador Fatih Karahan. Esa percepción de mayor patrimonio empuja el consumo.
El contexto es preocupante para quienes gestionan la política monetaria. Turquía registra una inflación anual superior al 33 %, con una desaceleración que se tambalea. En septiembre, el índice de precios aceleró inesperadamente de 33 % a 33.3 %. El objetivo oficial al cierre de 2025 es llegar a 24 %, aunque las proyecciones internas hablan de una tasa real entre 25 % y 29 %. Los mercados incluso anticipan presiones por encima del 30 %.
El factor oro añade complejidad al escenario. Cada incremento del 10 % en el precio del metal amarillo podría generar un efecto riqueza adicional de 50 mil millones de dólares, según cálculos del gabinete financiero Is Portfoy citados por medios locales. En zonas donde la posesión de oro es tradicionalmente alta, se ha observado un impulso en las ventas de viviendas y automóviles, justo cuando la demanda debería contenerse para reducir las presiones inflacionarias.
Para el gobernador Karahan, el vínculo entre la elevada presencia de oro y las experiencias inflacionarias pasadas explica en buena medida este fenómeno: las familias turcas han recurrido al metal como un resguardo contra monedas volátiles. Sin embargo, ese mismo refugio —cuando sube el precio del oro— funciona como un aliciente al gasto interno y socava los esfuerzos del banco central para frenar la subida generalizada de precios.
El dilema que enfrenta Turquía refleja una tensión clásica en economías con gran volumen de activos no monetizados: cuando se revaloriza el activo, los ciudadanos experimentan un aumento patrimonial que se traduce en mayor consumo, en un momento en que las autoridades intentan frenar justamente ese aumento de la demanda para contener la inflación. En ese cruce, incluso una herramienta tan sólida como el oro se convierte en un obstáculo inesperado.
Mi opinión es que Turquía está pagando el costo de una resiliencia histórica con su patrón cultural de ahorro en metales preciosos. Esa tradición tiene un valor real como escudo frente a la volatilidad monetaria, pero cuando el precio del oro escala brutalmente se convierte en un viento de cola para la inflación. Sería útil para Turquía reforzar mecanismos institucionales que incentiven la formalización del ahorro en activos líquidos o fondos respaldados, de modo que ese capital no quede fuera del alcance de la política monetaria.

