El precio del cobre cerró la jornada del jueves por debajo de los 11 mil dólares por tonelada, un nivel que, si bien aún no supera el récord registrado el año pasado, representa una recuperación significativa impulsada por una creciente preocupación sobre la estabilidad del suministro global del metal.
La cotización del cobre a tres meses en la Bolsa de Metales de Londres (LME, por sus siglas en inglés) alcanzó los 10,962.50 dólares por tonelada, tras un alza del 1 %. La cifra lo sitúa en niveles no vistos desde su máximo histórico, en un contexto dominado por la incertidumbre operativa en algunas de las minas más grandes del mundo.
El incidente más reciente y significativo tuvo lugar en la mina Grasberg, operada por Freeport-McMoRan Inc. en Indonesia. Un deslizamiento de tierra provocó la suspensión de actividades en esta operación, considerada la segunda mayor mina de cobre a nivel mundial. La empresa estadounidense informó que las labores continúan detenidas y que comunicará a los inversionistas un nuevo balance de situación en las próximas semanas.
La interrupción en Grasberg no solo representa una disminución directa en la oferta disponible del mineral, sino que también eleva el nivel de incertidumbre en un mercado que ya enfrentaba presiones logísticas y climáticas en otras regiones productoras. En un entorno de alta demanda, cualquier disrupción de esta magnitud tiene efectos inmediatos en los precios de futuros.
La relevancia del cobre para la economía global ha ido en ascenso, particularmente por su rol central en sectores como la energía renovable, los vehículos eléctricos y la infraestructura de telecomunicaciones. Se trata de un insumo estratégico que, al escasear, genera impactos transversales en distintas industrias.
Durante 2025, el precio del cobre ha repuntado alrededor de un 25 %, dejando atrás la fuerte caída sufrida en abril. En ese momento, las fricciones comerciales entre Estados Unidos y China —reavivadas por una escalada de la administración Trump en medidas arancelarias— provocaron una oleada de ventas y un desplome generalizado en los precios de los metales industriales. Sin embargo, desde entonces, la narrativa del mercado ha girado de forma drástica: los temores de una desaceleración global han dado paso a la preocupación por una oferta insuficiente frente a una demanda estructuralmente sólida.
En paralelo, el aluminio también registró movimientos significativos. Durante la misma jornada, el metal alcanzó su nivel más alto desde mayo de 2022, aunque luego retrocedió ligeramente para cerrar con una caída marginal del 0,1 %. Pese a ello, acumula su cuarta semana consecutiva de ganancias, en gran medida impulsadas por los límites a la producción que el gobierno de China ha impuesto con el objetivo de reducir las emisiones contaminantes del sector industrial.
Esta política, si bien responde a compromisos ambientales del gigante asiático, está teniendo repercusiones importantes en la disponibilidad global de aluminio primario. Al igual que el cobre, este metal es fundamental en múltiples aplicaciones, desde la fabricación de vehículos hasta el embalaje de alimentos y bebidas.
Los demás metales industriales operaron con ganancias, a excepción del níquel, que cerró en terreno negativo. El comportamiento del conjunto refleja una dinámica de mercado marcada por una oferta cada vez más restringida y por decisiones geopolíticas que alteran el flujo habitual de materiales en las cadenas de suministro.
El resurgimiento del cobre y del aluminio en los mercados internacionales plantea nuevas oportunidades, pero también desafíos para los países productores. México, con reservas relevantes de cobre en estados como Sonora, Chihuahua y Zacatecas, podría capitalizar esta coyuntura si garantiza condiciones estables para la inversión y fortalece la infraestructura logística que permita movilizar el mineral hacia los principales centros de transformación.
A nivel internacional, los analistas coinciden en que los precios actuales reflejan una combinación de factores de corto y largo plazo. A corto plazo, los accidentes y paros técnicos —como el ocurrido en Grasberg— actúan como disparadores de alzas puntuales. Sin embargo, a largo plazo, la tendencia sigue marcada por la transición energética, que aumenta sostenidamente la demanda de cobre, litio, cobalto y otros metales vinculados con tecnologías limpias.
Las autoridades indonesias aún no han proporcionado una fecha estimada para la reactivación total de Grasberg. Aunque la minera ha señalado su intención de mantener informados a los accionistas, la incertidumbre persiste. En los mercados financieros, esta falta de claridad se traduce en una prima de riesgo que se incorpora al precio del metal.
Si bien este tipo de eventos lamentables evidencian los riesgos operativos que enfrenta la industria minera, también subrayan su papel esencial en el funcionamiento de las economías contemporáneas. La demanda global no se detiene, y los suministros comprometidos no pueden sustituirse fácilmente. Esta ecuación es, por ahora, el motor que empuja al cobre hacia sus máximos.

