Cuando el mundo recién despertaba a una jornada bursátil tranquila, Barrick Mining anunció una sacudida inesperada: Mark Bristow, quien llevaba casi siete años al frente como presidente y CEO tras la fusión con Randgold en 2019, presentó su renuncia de forma abrupta, sin ofrecer explicaciones públicas.
De inmediato, el directorio nombró como interino a Mark Hill, un ejecutivo de larga trayectoria que supervisaba las operaciones en América Latina y Asia-Pacífico. Hill asume las riendas mientras la empresa inicia una búsqueda global con ayuda externa para designar un sucesor permanente.
La decisión sorprendió incluso a analistas acostumbrados a movimientos estratégicos en la industria. Alexander Hacking, de Citigroup, recordó que Bristow había señalado su intención de permanecer hasta que el proyecto Reko Diq en Pakistán—un complejo de cobre y oro ambicioso—entrara en operación hacia 2028. Esto plantea interrogantes sobre si la renuncia presagia un cambio más profundo en la estrategia corporativa.
BMO Capital Markets subrayó que, aunque se hablaba de sucesión con antelación, el movimiento no parece previsto ni gradual. TD Securities lo catalogó como “inesperado”, anticipando que los inversionistas interpretarán esta salida con opiniones encontradas.
Un balance desigual: logros versus conflictos
Durante la administración de Bristow, Barrick logró integrar la operación de Randgold, devolver más de 6 700 millones de dólares a accionistas y reducir su deuda neta en unos 4 000 millones. Además, obtuvo varios trimestres satisfactorios en términos operativos.
Sin embargo, esas victorias quedaron opacadas por un conflicto creciente con el gobierno de Malí alrededor del complejo Loulo‑Gounkoto. Las tensiones estallaron desde que Malí revisó su código minero para aumentar regalías y exigir mayores participaciones de capital en las empresas.
La situación escaló: se encarceló a ejecutivos de Barrick, se emitió orden de arresto contra Bristow, se bloquearon exportaciones y se incautó oro. En respuesta, Barrick buscó arbitraje internacional y en 2025 decidió detener totalmente las operaciones del complejo. En agosto, la empresa registró una pérdida por deterioro de mil millones de dólares al ajustar el valor contable de su participación del 80 % en la mina.
El conflicto se agudizó cuando Hilaire Diarra, quien era el enlace clave con las autoridades malienses, pasó al gobierno y fue nombrado asesor especial del presidente Assimi Goïta. Los procesos legales aún no se resuelven: Malí apeló la liberación judicial de ejecutivos de Barrick, prolongando la inestabilidad institucional.
Analistas opinan que, en este novo contexto, la nueva administración deberá buscar acuerdos comerciales o incluso vender activos malienses, dado que Barrick ha perdido terreno político y legal en ese país.
Riesgos y oportunidades tras la salida
Barrick ya no lidera el ranking por capitalización bursátil: Newmont lo superó, y Agnico Eagle también lo rebasó recientemente. Algunos analistas señalan que el bajo rendimiento frente a sus pares pudo motivar un cambio de timón.
El arribo de un nuevo CEO podría reorientar inversiones: se habla de darle mayor peso a proyectos menos expuestos políticamente. En ese sentido, el desarrollo de Fourmile en Nevada podría atraer atención mayor.
No es casual que el anuncio coincida con otro de peso: Newmont eligió a Natascha Viljoen como su próxima CEO. Ambas decisiones se conocen en un momento de máximos históricos del precio del oro, que ahora se ubica alrededor de 3 865 dólares la onza, cerca de su récord.
Para Barrick, el cambio abre una ventana estratégica. Si el nuevo liderazgo logra renegociar condiciones en regiones conflictivas, estabilizar cartera y reforzar activos con menor riesgo geopolítico, podría recuperar confianza en los mercados. Pero el trayecto será exigente: deberá conciliar rendimientos con gestión política y regulatoria.

