Durante 2024, las principales compañías auríferas del mundo reportaron un aumento en el número de muertes en sus operaciones, rompiendo una tendencia descendente que había sido vista como un avance en materia de seguridad. Así lo revela el más reciente informe de la consultora especializada Metals Focus, publicado este jueves, en el que se detalla que ocho de las 14 empresas evaluadas registraron un total combinado de 27 fatalidades, frente a las 24 documentadas el año anterior.
La minería del oro continúa siendo una actividad de alto riesgo, especialmente en contextos geológicos complejos como los que se encuentran en el continente africano. Más de la mitad de las muertes reportadas tuvieron lugar en operaciones subterráneas profundas en África, principalmente en Sudáfrica. Allí, los accidentes provocados por sismos y desprendimientos de roca son más frecuentes debido a la profundidad extrema a la que se trabaja, una condición geológica particular de esa región.
La estadística publicada por Metals Focus no sólo da cuenta de la fragilidad en materia de seguridad en ciertas zonas mineras, sino también de los contrastes dentro de la propia industria. Seis empresas no reportaron ni una sola fatalidad en el año, un logro que refleja prácticas operativas responsables y sistemas de prevención más robustos. Tal es el caso de la australiana Northern Star, que ha logrado mantener un historial sin muertes durante 11 años consecutivos, y la canadiense B2Gold, que lleva ya nueve años sin registrar víctimas fatales en sus minas.
Aunque los números puedan parecer pequeños en comparación con otras industrias pesadas, cada muerte representa una tragedia personal, familiar y comunitaria, especialmente en países donde la minería es una de las pocas fuentes estables de empleo formal. La pérdida de un trabajador no solo afecta al equipo en el que laboraba, sino a una cadena humana de dependencias económicas y emocionales.
Vale la pena reflexionar sobre cómo, a pesar de la evolución tecnológica y los protocolos de seguridad cada vez más estandarizados, la minería sigue siendo una actividad profundamente ligada al riesgo físico. El uso de maquinaria pesada, la exposición constante a vibraciones, ruidos extremos y partículas suspendidas en el aire continúan siendo factores que afectan no solo la integridad inmediata de los trabajadores, sino también su salud a largo plazo.
Aun así, se observan avances dignos de subrayar. En las operaciones que han logrado reducir su tasa de incidentes, se ha apostado por una combinación de inversión en automatización, monitoreo geotécnico en tiempo real, entrenamiento riguroso y cultura de seguridad basada en la participación activa de los trabajadores. Estas experiencias deberían ser replicadas en regiones donde el rezago tecnológico y la falta de supervisión aún cobran vidas.
Resulta evidente que África, con su riqueza mineral y complejidades estructurales, requiere una atención particular. La profundidad de sus minas impone condiciones extremas que solo pueden manejarse mediante tecnologías especializadas y recursos humanos altamente capacitados. Es una realidad que no todas las empresas están en condiciones de asumir. Sin embargo, los ejemplos exitosos dentro del mismo continente y fuera de él demuestran que la meta de cero fatalidades no es una utopía, sino una posibilidad tangible cuando se privilegia la vida sobre la producción.
Desde una perspectiva más amplia, este informe también obliga a mirar con otros ojos a las compañías mineras que han invertido en seguridad no como una obligación, sino como parte central de su identidad corporativa. Mientras algunas se limitan a cumplir con la regulación mínima, otras han entendido que la prevención es no solo una cuestión ética, sino también económica y reputacional.
Por último, el papel de los gobiernos no puede soslayarse. Las agencias reguladoras deben reforzar los mecanismos de inspección, exigir reportes públicos de seguridad y sancionar de forma ejemplar a quienes no cumplan. La transparencia en este rubro aún deja mucho que desear en muchas jurisdicciones.
La minería del oro, como toda actividad extractiva, no es ajena a la crítica. Sin embargo, también es cierto que ha sido motor de desarrollo para comunidades enteras cuando se maneja con responsabilidad. Reconocer las áreas donde aún se falla es tan importante como celebrar las buenas prácticas. Solo así podrá consolidarse una minería más humana, más segura y, sobre todo, más digna para quienes día a día bajan al subsuelo en busca del metal que ha fascinado a la humanidad durante siglos.

