En el corazón de la provincia brasileña de Minas Gerais, Brasil, trabajadores exploran los enormes cráteres que dejaron las grandes empresas mineras en busca de diamantes.
Se trata de Areinha, una tierra devastada en la que, desde tiempos de la esclavitud, se ha buscado la piedra preciosa.
Esta zona, tierra de nadie, fue manoseada por grandes empresas en busca de ese tesoro; nada les importó, ni la tierra ni el río Jequitinhonha que cruza la región, sólo extrajeron las pierdas y así como llegaron desaparecieron.
Los cráteres formados ahora son explorados por pequeños grupos de mineros rurales; prueban su suerte con técnicas artesanales, utilizando cuchillos de madera, bandejas de metal, grandes bombas de agua y prácticamente ninguna infraestructura.
Con la esperanza de evitar más daño al río, hombres y mujeres en busca de diamantes trabajan alrededor de la cuenca mientras intentan legalizar su actividad minera ante las autoridades.
Los lugareños estiman que hay cientos de personas en toda la región que trabajan en grupos de diez o menos para excavar la zona. Viven en chozas de madera sin electricidad y se bañan con baldes de agua, sobreviviendo sin un ingreso estable. Pero en raras ocasiones llegan a gozar de ganancias de decenas de miles de dólares.
Durante un proceso de minería que toma varias semanas, el grupo excava la tierra hasta llegar a una capa de grava a unos 50 metros de profundidad.
Las rocas se extraen con la ayuda de pequeñas bombas impulsadas por antiguos motores de camión. Luego, los mineros inspeccionan a mano las piedras. Con suerte, encontrarán algunos diamantes.
La minería de diamantes suena como algo del pasado para muchos brasileños. Pero aquí, en zonas de difícil acceso, miles de esos mineros artesanales aún sobreviven y alimentan a sus familias con esta actividad.







Con información de AP



