Óscar González Rocha murió este fin de semana. Y con él se va el arquitecto de la expansión de cobre más ambiciosa que haya producido México en el último medio siglo. Director General de Grupo México durante más de dos décadas, González Rocha convirtió a la empresa en el cuarto productor de cobre del mundo — una posición que no se construye con declaraciones, sino con miles de millones de dólares desplegados en Sonora, Arizona y Perú, y con una disciplina operativa que sus críticos reconocían incluso cuando peleaban con él.
El hombre que puso a Buenavista en el mapa global
Cuando González Rocha asumió el liderazgo ejecutivo de Grupo México a principios de los años 2000, Buenavista del Cobre ya era la mina más grande de México. Bajo su gestión, se convirtió en una de las diez minas de cobre más productivas del planeta. La expansión de capacidad de concentradora, la modernización del proceso de lixiviación y el desarrollo de la mina subterránea Buenavista Zinc fueron proyectos que él impulsó directamente, con una visión que combinaba ingeniería de largo plazo con lectura de mercado.
La producción consolidada de cobre de Grupo México cerró 2024 por encima de las 980,000 toneladas. Eso es casi el 10% de la producción total de América Latina. Para México, que aporta el 27% de su producción de cobre desde Sonora, la trayectoria de González Rocha es prácticamente indistinguible del crecimiento del sector en el estado.
Pero el legado no es solo operativo. González Rocha entendió antes que casi nadie que el cobre mexicano necesitaba integrarse verticalmente para competir. La adquisición de ASARCO en 2009 — rescatada de la quiebra por US$3,500 millones en un momento en que el mercado dudaba — fue la apuesta más arriesgada de su carrera y la que mejor ilustra su perfil como tomador de decisiones. Nadie en la industria pensó que ese precio era razonable en ese momento. El tiempo le dio la razón.
La cifra que dimensiona lo que se mueve
Grupo México genera directamente el 27% del valor de la producción minera de Sonora. Sonora, a su vez, aporta aproximadamente el 45% de la producción minera nacional. Hacer la cadena de ese cálculo lleva a una conclusión incómoda: una sola empresa, bajo el liderazgo de un solo hombre durante más de veinte años, ha sido el ancla de estabilidad productiva de toda la industria mexicana.
Eso no es elogio — es un riesgo de concentración que González Rocha nunca quiso reducir. Prefería la escala. Prefería integrar. Prefería que Grupo México fuera tan grande que ningún gobierno pudiera ignorarla y ningún competidor pudiera alcanzarla fácilmente en México.
Los números de 2024 confirman esa apuesta: el cobre representó el 27.2% del valor total de exportaciones mineras mexicanas, que sumaron US$17,800 millones. Una porción significativa de esa cifra lleva su firma estratégica.
El lado que no entra en los obituarios corporativos
González Rocha fue también el director general durante el derrame de Cananea en 2014. Cuarenta millones de litros de solución sulfato de cobre al río Sonora. La crisis más grave de contaminación minera en la historia moderna de México. Grupo México tardó años en cumplir con el fideicomiso de remediación exigido por las autoridades, y la relación con comunidades del río Sonora nunca se reconstruyó completamente.
No mencionar ese episodio en un análisis de su legado sería periodismo decorativo. González Rocha era un operador excepcional dentro de los parámetros que él mismo definía, y esos parámetros no siempre incluían la velocidad de respuesta que las comunidades afectadas y el gobierno federal esperaban. Esa tensión — entre la eficiencia productiva y los estándares socioambientales — marcó la última década de su gestión y sigue sin resolverse del todo en Buenavista del Cobre.
Lo que esto significa para los mercados y para la empresa
La muerte del líder histórico de una empresa de esta escala activa preguntas que los analistas en Toronto y la Ciudad de México ya están formulando: ¿quién toma las decisiones estratégicas durante la transición?, ¿cómo afecta esto al plan de expansión de Buenavista Zinc?, ¿y qué pasa con los proyectos en evaluación en Arizona y Perú?
Grupo México cotiza en la Bolsa Mexicana de Valores. Sus acciones reflejan no solo el precio del cobre en el LME — que ha operado alrededor de los 9,500 dólares por tonelada en el primer trimestre de 2025 — sino también la prima de confianza que los inversionistas asignan a la gestión de largo plazo. González Rocha era parte de esa prima. Su sucesor tendrá que ganarla.
La Secretaría de Economía y la administración de Claudia Sheinbaum, que ha intentado construir un perfil más pragmático con la industria que el de su predecesor, tendrán que recalibrar su interlocución con Grupo México. González Rocha era, en los hechos, el embajador informal de la empresa ante el gobierno federal. Esa línea directa tardará tiempo en reconstituirse.
El contexto de cobre que hace más pesada la noticia
El timing no es neutral. El cobre vive un momento de demanda estructural sin precedente: la transición energética, los vehículos eléctricos y la expansión de infraestructura de datos requieren entre 2.5 y 3 veces más cobre por unidad de capacidad instalada que las tecnologías convencionales. La Agencia Internacional de Energía proyecta un déficit de suministro de cobre que podría superar las 6 millones de toneladas anuales para 2035.
En ese contexto, México — con reservas estimadas en más de 38 millones de toneladas de cobre contenido — tiene una posición estratégica que el Plan de Minerales Críticos México-EUA, firmado el 4 de febrero de 2026, comenzó a formalizar. Grupo México es el operador más crítico de esa posición. Y su director histórico ya no está.
El Plan Minerales Críticos México-EUA establece mecanismos de integración en cadenas de valor que incluyen explícitamente el cobre de Sonora como insumo para manufactura de defensa y tecnología en Estados Unidos. González Rocha vivió para ver cómo el activo que él desarrolló durante veinte años se convertía en un argumento de seguridad nacional para Washington. Es probable que eso le pareciera la validación definitiva de su apuesta.
El vacío y lo que sigue
CAMIMEX, presidida por Pedro Rivero, pierde a uno de sus referentes históricos. La Cámara Minera de México deberá gestionar un momento de liderazgo institucional complicado: la industria enfrenta presión regulatoria creciente, un gobierno federal que pide más impuestos y más agua para comunidades, y un entorno de precios que favorece la expansión pero exige velocidad de permisaje que el sistema mexicano aún no ofrece consistentemente.
González Rocha sabía navegar esas contradicciones. Su sucesor heredará los activos — y también las deudas pendientes con el río Sonora, con las comunidades de Cananea, y con un Estado que quiere más participación en la renta minera. Esas conversaciones eran más manejables cuando las llevaba alguien con tres décadas de relaciones en los dos lados de la mesa.
Grupo México abre una nueva era sin el hombre que definió la anterior. El cobre no espera. Tampoco los analistas que esta semana van a revisar sus modelos de valoración para el conglomerado sonorense más poderoso de México.

