Rio Tinto y Prysmian dieron un paso relevante en la descarbonización de la infraestructura digital. Ambas compañías completaron una prueba industrial para producir alambrón de aluminio de bajo carbono destinado a cables para centros de datos. El material mezcla aluminio de la fundición Alma, en Quebec, alimentada con energía hidroeléctrica, con metal obtenido mediante la tecnología ELYSIS. Ese proceso elimina las emisiones directas de gases de efecto invernadero de la fundición y libera oxígeno como subproducto. El anuncio coloca al aluminio en el centro de una conversación que ya no se limita al precio. También incluye trazabilidad, intensidad de carbono y valor industrial.
La novedad no se agota en el origen del metal. Prysmian sostuvo que el ensayo valida el uso de aluminio producido con ELYSIS en aplicaciones de alambre y cable. Ese matiz importa, porque acerca una tecnología todavía emergente a una demanda concreta y creciente. En otras palabras, el avance sale del laboratorio y entra en una cadena de suministro que necesita volumen, continuidad y especificaciones técnicas muy claras. Para la industria, esa transición vale más que cualquier eslogan. Convierte una promesa de menor huella en un caso de uso con nombre, cliente y mercado final.
Detrás de esta prueba existe una relación industrial previa. Rio Tinto y Prysmian firmaron en 2023 un acuerdo de suministro a cinco años para aluminio de bajo carbono producido con hidroelectricidad canadiense. También suscribieron un acuerdo de desarrollo conjunto para impulsar soluciones multimateriales y reforzar la cadena de suministro de materiales para electrificación en Norteamérica. Esa arquitectura explica por qué el anuncio de marzo de 2026 luce más sólido que un experimento aislado. Aquí ya existía una relación comercial. Ahora esa relación empieza a traducirse en un producto que responde a una necesidad nueva, la de alimentar centros de datos con menor huella.
ELYSIS merece atención aparte. La tecnología nació de una alianza entre Rio Tinto y Alcoa. Su objetivo consiste en reemplazar el ánodo de carbono tradicional y eliminar las emisiones directas del proceso de fundición de aluminio. Rio Tinto ya empuja la escala industrial de esa ruta en Quebec. En 2024 anunció una planta de demostración en Arvida, con diez celdas de 100 kiloamperios y capacidad de hasta 2,500 toneladas anuales de aluminio comercial sin emisiones directas, con primera producción prevista para 2027. Además, la empresa informó que ya avanzó con celdas prototipo de 450 kiloamperios en Alma, un tamaño propio de fundiciones modernas. La dirección es clara, aunque la masificación todavía requiere tiempo.
El mercado objetivo ayuda a entender la prisa. Rio Tinto citó datos de CRU según los cuales los centros de datos representaron cerca de 7% de la demanda total de cable en Norteamérica en 2025. La misma consultora espera un crecimiento compuesto cercano a 17% entre 2026 y 2030. La Agencia Internacional de Energía empuja el contexto todavía más lejos. Su análisis indica que la demanda eléctrica global de los centros de datos puede más que duplicarse hacia 2030. También advierte que, en Estados Unidos, esos complejos podrían explicar casi la mitad del crecimiento de la demanda eléctrica en ese periodo. No se trata de un nicho. Se trata de una nueva carga estructural para el sistema eléctrico.
En ese entorno, el aluminio gana espacio por una razón sencilla. Los operadores buscan soluciones más eficientes en costo para distribuir energía dentro de campus de centros de datos y salas de servidores. Rio Tinto citó a CRU para subrayar que el aluminio tomará una porción creciente de la mezcla de productos de cable. Eso no significa que el cobre pierda relevancia general. Significa algo más puntual y más interesante. El mercado empieza a segmentar materiales según aplicación, huella de carbono y costo total. Cuando esa segmentación madura, el metal deja de ser una materia prima indiferenciada y se convierte en un insumo con atributos medibles. Esa transformación favorece a quienes producen mejor, no solo a quienes producen más.
Desde una perspectiva industrial, el movimiento también deja una lectura importante para la minería y la metalurgia. La descarbonización ya no funciona solo como un requisito reputacional. Empieza a operar como criterio de compra en mercados de alto crecimiento. Eso abre una oportunidad relevante para productores de metales que puedan demostrar origen, energía limpia y desempeño técnico. En el caso del aluminio, Quebec ofrece un ejemplo contundente. La combinación de hidroelectricidad, capacidad de fundición y desarrollo tecnológico permite vender no solo metal, sino una propuesta industrial más sofisticada. En una economía cada vez más electrificada, esa diferencia puede traducirse en contratos, márgenes y permanencia en cadenas de valor exigentes.
La base manufacturera en Quebec refuerza esa tesis. Rio Tinto anunció en 2023 una inversión de C$240 millones para ampliar su centro de colada en Alma y elevar en 202,000 toneladas métricas su capacidad de billets de aluminio de bajo carbono. La empresa señaló entonces que el proyecto ayudaría a responder a la demanda de productos de mayor valor agregado en Norteamérica. También estimó un impacto económico superior a US$200 millones para Quebec, cerca de 40 nuevos empleos permanentes y respaldo para 770 puestos existentes en la fundición. Esos datos muestran que la descarbonización industrial no solo recorta emisiones. También puede anclar inversión, empleo especializado y transformación local del metal.
Prysmian, por su parte, encaja el ensayo dentro de una hoja de ruta climática más ambiciosa. En su Capital Markets Day de 2025, la compañía reafirmó que quiere alcanzar Net Zero en 2035, adelantando su meta previa. Además, fijó el objetivo de que 55% de sus ingresos provenga de soluciones vinculadas con sostenibilidad para 2028. En su página de estrategia climática, la firma precisa que busca reducir 90% de sus emisiones absolutas de alcance 1, 2 y 3 para 2035, tomando 2019 como base. Ese marco ayuda a explicar por qué el grupo italiano presiona por aluminio con menor huella. No es un gesto publicitario. Es una política de abastecimiento alineada con sus compromisos financieros y operativos.
También conviene poner un freno al entusiasmo fácil. Prysmian reconoce que el aluminio producido con ELYSIS sigue en desarrollo y todavía no está disponible en grandes volúmenes. Rio Tinto, a su vez, continúa en fase de demostración y escalamiento industrial. Ese dato importa mucho. La historia todavía no gira alrededor de toneladas masivas, sino de validación técnica y preparación comercial. Sin embargo, el mercado suele cambiar justo así. Primero llega la prueba industrial. Luego aparece la especificación aceptada por el cliente. Después se libera la inversión para expandir capacidad. El anuncio no cierra la discusión. Apenas confirma que la discusión ya se mudó del discurso climático al terreno del negocio.
Para el sector minero y metalúrgico, el mensaje merece atención. El valor ya no termina en extraer y fundir. Ahora cuenta, y mucho, cómo se genera la energía, cómo se certifica el proceso y en qué mercado aterriza el producto. En ese sentido, el aluminio ofrece una lección útil. Un metal asociado desde hace décadas a transporte, construcción y energía puede ganar un nuevo ciclo de demanda por el crecimiento de la economía digital. No hay contradicción ahí. Hay una ampliación del mapa industrial. Cuando la tecnología digital exige más electricidad y más cableado, también exige más metales. La diferencia radica en que ahora pide metales con mejor desempeño ambiental.
Lo más relevante de este episodio quizá sea su señal de fondo. Rio Tinto y Prysmian no presentaron una teoría. Presentaron una aplicación industrial para un mercado que crece con rapidez y que ya presiona redes, centros de carga y cadenas de suministro. Esa combinación vuelve al anuncio más serio de lo que parece a primera vista. El alambrón de aluminio de bajo carbono todavía no domina el mercado. Pero ya dejó de ser una idea abstracta. Entró en la conversación donde se definen los próximos contratos del cableado crítico para la economía digital. Y cuando eso ocurre, la innovación metalúrgica empieza a contar de verdad.

