El oro y la plata iniciaron la semana en máximos históricos, impulsados por un aumento del riesgo político y comercial. Los inversionistas reaccionaron a señales de mayor fricción entre Estados Unidos y Europa, con amenazas de aranceles y un pulso diplomático que elevó la aversión al riesgo.
En la jornada del lunes 19 de enero de 2026, el oro al contado tocó un récord de US$4,690.79 por onza. La plata al contado alcanzó un máximo de US$94.10 por onza, después de subir alrededor de 5% en la sesión.
El movimiento no llegó de la nada. En lo que va de 2026, el oro acumuló alrededor de 6% y la plata cerca de 18%. El mercado ya venía construyendo una prima por incertidumbre antes de este nuevo episodio.
El detonante inmediato fue el endurecimiento del discurso comercial desde Washington. El presidente Donald Trump amenazó con imponer aranceles a varios países europeos, en un contexto de tensiones ligadas a Groenlandia, territorio autónomo del Reino de Dinamarca.
Para el mercado, la lectura combina dos temores que suelen alimentar al oro. Por un lado, la posibilidad de un choque de crecimiento si el comercio se encarece. Por otro, el riesgo inflacionario si los aranceles se trasladan a precios finales.
Ese doble efecto ayuda a entender por qué los metales preciosos reaccionan con fuerza en momentos así. El oro funciona como activo de refugio cuando el panorama se vuelve menos predecible. La plata, además, suele amplificar el movimiento por su menor profundidad de mercado y su perfil mixto entre inversión e industria.
La sesión también mostró señales claras de búsqueda de refugio fuera de renta variable. Reuters describió una rotación hacia divisas defensivas como el yen y el franco suizo, junto con la demanda por metales. Ese patrón encaja con un mercado que intenta protegerse ante titulares disruptivos.
A ese contexto se sumó otro factor que el mercado no suelta desde hace meses: la discusión sobre la independencia de la Reserva Federal. Cuando crecen dudas sobre la conducción monetaria, el oro suele ganar atractivo como cobertura, por no depender del riesgo de un emisor.
Los flujos también respaldaron el rally. En la semana previa, las tenencias de oro en fondos cotizados reportaron un aumento superior a 28 toneladas. Ese avance fue el mayor desde septiembre y extendió una racha positiva en siete de las últimas ocho semanas.
Ese dato importa porque separa un salto por especulación de un movimiento con soporte financiero más amplio. Cuando entran recursos a vehículos pasivos, el mercado gana persistencia. También aumenta el “piso” psicológico, aunque no elimina correcciones abruptas.
La demanda en Asia apareció como otro elemento de tracción. El reporte citado sobre la sesión apuntó a un liderazgo de inversionistas en China dentro del complejo de metales. Esa participación suele ser relevante cuando el impulso se sostiene por varias semanas.
En paralelo, se multiplicaron los pronósticos agresivos. Entre ellos, una proyección de Citigroup que ubicó al oro en US$5,000 en un horizonte de tres meses, y a la plata en US$100 por onza. Son estimaciones que alimentan expectativa, pero también elevan la sensibilidad a cualquier giro de política o tasas.
En términos de economía real, estos precios reordenan decisiones en minería. Un oro más caro mejora márgenes y facilita financiar expansión, exploración y tecnología. Una plata más cara puede transformar proyectos que dependen del metal como principal fuente de ingresos o como coproducto. Ese cambio se siente primero en presupuestos, luego en empleo y cadenas de proveedores.
México tiene un lugar central en esa conversación, especialmente por la plata. En 2024, el país encabezó la producción mundial con alrededor de 6,300 toneladas métricas, según recuentos de la industria. Un repunte sostenido en precios puede fortalecer ingresos del sector, si la operación cotidiana mantiene estabilidad.
El oro también tiene peso en la minería mexicana, aunque con una escala distinta a la de la plata. En 2024, México produjo alrededor de 130 toneladas métricas de oro, de acuerdo con recuentos sectoriales. Ese volumen contribuye a exportaciones, recaudación y empleo en regiones con fuerte presencia minera.
Con la plata por encima de US$90, la atención se mueve a dos frentes. El primero es operativo: costos, energía, reactivos, logística y seguridad. El segundo es regulatorio: permisos, certeza jurídica y relación con comunidades. Un ciclo de precios altos ayuda, pero no sustituye la gestión de riesgos ni el trabajo territorial.
También hay un ángulo que se discute menos, pero pesa en el balance público. Cuando suben los precios, se vuelve más visible la oportunidad de capturar valor local. Eso incluye mayor contenido nacional, contratación regional y encadenamientos con manufactura y servicios especializados. En estados mineros, ese efecto puede ser significativo si se alinea con infraestructura y capacitación.
Europa, por su parte, enfrenta el golpe de la incertidumbre en los mercados accionarios. Medios europeos reportaron caídas en bolsas del continente en la misma jornada en que oro y plata marcaron récords. Sectores sensibles al comercio, como el automotriz, quedaron bajo presión. Ese contraste suele acompañar episodios de tensión arancelaria.
Mi lectura es que el rally refleja una mezcla incómoda de señales. Hay un componente político de corto plazo, asociado a la amenaza de aranceles y a la escalada retórica. Hay otro componente más profundo, ligado a la confianza institucional y a la búsqueda de activos defensivos, visible en flujos hacia fondos.
Para la minería, el lado positivo es claro: mejores precios abren espacio para inversión, modernización y exploración. En México, el liderazgo en plata ofrece un argumento fuerte para atraer capital y elevar productividad. El reto es convertir la bonanza en proyectos viables y socialmente sostenibles, sin improvisación regulatoria. En ciclos así, la diferencia entre aprovechar y desperdiciar suele ser la certidumbre.

