El oro abrió la semana con un salto cercano a 3% y confirmó su papel como activo refugio cuando sube la tensión política. El movimiento coincidió con la captura del presidente venezolano Nicolás Maduro por parte de Estados Unidos, tras una operación que desató reacciones diplomáticas inmediatas. El mercado incorporó el riesgo con rapidez y elevó la demanda de cobertura ante escenarios inciertos.
En operaciones al contado, el metal alcanzó un máximo de una semana alrededor de 4,455.42 dólares por onza. Los futuros en Nueva York también avanzaron y tocaron niveles cercanos a 4,480 dólares, según reportes de mercado. La cotización quedó a unos 100 dólares del récord que el oro marcó a finales de 2025.
El hecho que detonó el repunte no surgió de un dato económico, sino de un giro geopolítico. Washington ejecutó durante el fin de semana una intervención directa en Venezuela y trasladó a Maduro a Nueva York, donde enfrentó cargos vinculados con narcotráfico. El caso escaló a un plano internacional por el método de captura y por el estatus que Maduro aún reclama.
La discusión llegó a Naciones Unidas y colocó la legalidad en el centro del debate. El secretario general António Guterres advirtió sobre el precedente y varios expertos cuestionaron la operación por falta de autorización de la ONU o consentimiento venezolano. Rusia y China condenaron la acción, mientras algunos aliados de Estados Unidos evitaron un respaldo explícito y pidieron respetar el derecho internacional.
Ese ruido político alimentó una reacción típica de los mercados. El oro suele subir cuando los inversionistas sienten que el riesgo se vuelve difícil de medir. La captura de un jefe de Estado, por su carga simbólica, amplifica esa percepción. La volatilidad se acelera incluso cuando el mercado estima que el episodio podría cerrarse sin una guerra prolongada.
Aun así, el impacto de la geopolítica en el oro no siempre se sostiene durante mucho tiempo. Varios análisis históricos muestran que el metal reacciona con fuerza, pero suele estabilizarse cuando baja la sorpresa. El petróleo, en cambio, incorpora más rápido el riesgo físico de suministro. Venezuela conecta con ambos mundos porque combina tensión política y peso energético.
El rally del lunes también se montó sobre una tendencia previa. El oro cerró 2025 con un avance anual cercano a 64% y firmó uno de sus mejores desempeños recientes. El mercado explicó ese ciclo con una mezcla de conflictos, compras de bancos centrales, flujos hacia ETFs y un entorno de tasas más bajas. Ese telón de fondo ya empujaba precios altos antes del episodio venezolano.
La Reserva Federal volvió a importar, incluso en un día dominado por titulares políticos. Los operadores siguen los datos de empleo e inflación para calibrar recortes de tasas durante 2026. Cuando el mercado anticipa tasas más bajas, reduce el costo de oportunidad de mantener oro. Ese mecanismo opera como soporte estructural, más allá del ruido de corto plazo.
En paralelo, el mercado también observó señales políticas dentro de Estados Unidos. La administración de Donald Trump intensificó mensajes sobre liderazgo institucional y planteó cambios en el entorno de decisión económica. Ese tipo de debate suele aumentar la prima de incertidumbre, sobre todo cuando coincide con una crisis externa. El oro absorbe esa prima con rapidez porque funciona como cobertura ante escenarios extremos.
El repunte no se limitó al oro. La plata, el platino y el paladio también avanzaron en la sesión, según los precios reportados por agencias. La plata subió con fuerza y el mercado recordó un dato relevante para el sector: Estados Unidos ya clasificó formalmente a la plata como mineral crítico. Ese detalle importa porque puede influir en políticas industriales y en cadenas de suministro.
En este punto, América Latina aparece en el radar por una razón adicional. La región combina recursos mineros, tensiones políticas y cercanía con el mercado estadounidense. México, por ejemplo, ocupa un lugar destacado en minería de metales preciosos y concentra distritos con historia productiva. Un precio alto del oro suele mejorar márgenes y reactivar exploración, aunque los costos también presionan. El beneficio existe, pero exige disciplina financiera y control operativo.
Desde una mirada estrictamente económica, el mercado envió un mensaje claro: el precio del oro hoy depende tanto del riesgo geopolítico como del ciclo monetario. La captura de Maduro actuó como catalizador, pero no explica por sí sola niveles tan elevados. Los inversores ya venían comprando oro como cobertura ante shocks y como diversificación estratégica. El evento en Venezuela simplemente aceleró una dinámica ya instalada.
A mi juicio, el principal riesgo para el oro no reside en una caída inmediata, sino en la volatilidad que acompaña estas crisis. Un titular puede empujar compras, pero otro titular puede provocar toma de utilidades en horas. Esa oscilación complica coberturas y decisiones de inversión en toda la cadena minera. Al mismo tiempo, un entorno de precios altos abre una ventana positiva para modernizar operaciones, elevar estándares ambientales y fortalecer seguridad, siempre que las empresas reinviertan.
La atención del mercado ahora se divide entre Caracas, Nueva York y Washington. El proceso judicial, la reacción de actores internacionales y cualquier señal de escalada marcarán el pulso de la prima geopolítica. En el frente monetario, los datos estadounidenses definirán si la Fed recorta antes o después. Con ambos factores activos, el oro mantiene espacio para volver a máximos históricos si el riesgo se amplía.
Algunas instituciones financieras ya trabajan con escenarios de continuidad alcista. Goldman Sachs, por ejemplo, ubicó su caso base en torno a 4,900 dólares por onza hacia diciembre de 2026, con apoyo de compras oficiales y posibles recortes de tasas. Ese pronóstico no garantiza un camino lineal, pero sí refuerza la idea de un piso más alto que en ciclos previos.

