Goldman Sachs elevó su pronóstico para el oro y colocó el objetivo en US$5,400 por onza para diciembre de 2026, desde US$4,900. El banco vinculó el ajuste a un cambio que ya se ve en el mercado: la demanda dejó de concentrarse en bancos centrales y empezó a ampliarse hacia inversionistas privados, con un papel visible de los ETFs.
El giro importa por dos razones. La primera tiene que ver con el precio, que ya roza niveles históricos. La segunda se relaciona con el mensaje implícito: Goldman interpreta que el oro ganó un lugar más estable como cobertura ante riesgos de política pública, tensiones geopolíticas y dudas fiscales. Esa lectura no garantiza una línea ascendente, pero sí ayuda a explicar por qué el metal sostiene un piso alto.
El ajuste llega en un momento en el que el oro avanza con fuerza desde principios de 2026. Reuters reportó un máximo reciente cercano a US$4,887.82 por onza, con un alza superior a 11% en lo que va del año. Ese movimiento extiende un rally que, según el mismo reporte, dejó un salto anual muy marcado durante 2025.
Goldman también incorporó un supuesto clave: quienes compraron oro como cobertura de riesgos mantendrán sus posiciones en vez de venderlas rápidamente. Esa retención, en la lógica del banco, reduce la presión de oferta financiera y sostiene un escenario base más alto. El banco, además, conectó su tesis con un entorno donde podrían regresar recortes de tasas en Estados Unidos, lo que suele mejorar el atractivo relativo del oro.
Qué mueve al oro hoy
Durante varios años, la compra de bancos centrales dominó la narrativa del oro. Esa dinámica no se apagó. El World Gold Council reportó que los bancos centrales añadieron 1,045 toneladas a sus reservas en 2024, con más de 1,000 toneladas por tercer año consecutivo. Ese patrón sostiene una demanda estructural, aunque el ritmo mensual puede variar.
El segundo motor creció con rapidez: los ETFs respaldados físicamente. El World Gold Council indicó que las entradas anuales a ETFs de oro alcanzaron US$89 mil millones en 2025, con tenencias globales cercanas a 4,025 toneladas. Esas cifras ayudan a entender por qué el movimiento ya no depende solo de bancos centrales.
En ese marco, Goldman puso el foco en la “ampliación” de la demanda. MarketWatch también destacó el argumento de que el impulso ahora suma a inversionistas privados, en particular vía ETFs, además del soporte de bancos centrales.
La lectura tiene un matiz importante. Una demanda más diversificada suele mejorar la resiliencia del mercado, pero también introduce sensibilidad a factores financieros, como tasas reales, expectativas de inflación y cambios de apetito por riesgo. El propio Goldman advirtió que, si bajan las preocupaciones sobre riesgos monetarios de largo plazo, algunos inversionistas podrían liquidar coberturas y presionar el precio.
Aquí aparece una pregunta inevitable para 2026: ¿qué pasará si el mercado deja de premiar el “seguro” y vuelve a buscar rendimiento? El Financial Times señaló que el oro también se comporta como operación de momentum y que una ruptura del impulso podría acelerar salidas. Ese tipo de dinámica no cancela el ciclo, pero sí eleva la volatilidad.
Lo que significa para la minería y para México
Un oro más caro cambia la conversación minera en México, aunque no resuelve todos los retos. Con precios altos, los proyectos marginales ganan oxígeno. Las empresas pueden financiar exploración, acelerar fases de desarrollo y reforzar balances. También mejora la recaudación potencial en cadenas formales, vía impuestos y pagos asociados a actividad económica local.
México llega a este ciclo con peso real en la producción regional. La Cámara Minera de México (Camimex) indicó que el país cerró 2024 como principal productor de oro en América Latina, con alrededor de 130 toneladas métricas, con referencia al Mineral Commodity Summaries del USGS.
La producción no se reparte de manera uniforme. Un boletín estadístico del gobierno federal mostró participaciones relevantes por entidad en julio de 2024, con Zacatecas al frente, seguida por Chihuahua, Durango y Sonora. Esas geografías ya conocen el pulso del oro: cuando sube, sube el interés por inversión, empleo y servicios alrededor de las operaciones.
El impacto se nota con claridad en compañías con exposición directa o como subproducto. Fresnillo plc, por ejemplo, mantuvo una guía para 2025 de 525 a 580 mil onzas de oro atribuible, además de su perfil dominante en plata. Cuando el oro sube, ese componente puede fortalecer el flujo de caja, incluso en años con desafíos operativos.
Ahora bien, un precio récord también eleva expectativas sociales y políticas. Comunidades y gobiernos locales suelen pedir más inversión social, más empleo y mayor derrama. Las empresas, a su vez, enfrentan costos crecientes, exigencias ambientales más estrictas y presión por mejorar eficiencia energética, uso de agua y trazabilidad.
En México, el debate no solo gira alrededor de producción. También gira alrededor de legitimidad. En un ciclo alcista, conviene separar con claridad la minería formal de la ilegal. La minería formal opera con permisos, controles y auditorías. La ilegal suele usar cadenas opacas, con impactos ambientales graves y riesgos para la seguridad.
Un ejemplo sensible se relaciona con el mercurio y la extracción ilegal de oro en la región. The Guardian documentó redes de tráfico de mercurio vinculadas a minería ilegal, con daños serios a ecosistemas y salud pública en zonas afectadas por amalgamación. Ese fenómeno no representa a la industria formal, pero sí contamina la conversación pública y exige mejor fiscalización.
Por eso, si el oro mantiene precios altos, la industria formal tiene una oportunidad y una obligación. La oportunidad consiste en invertir más en tecnología, seguridad y reducción de impactos. La obligación consiste en elevar estándares, transparentar cadenas y cerrar espacios a la ilegalidad. En términos prácticos, el mejor argumento a favor de la minería formal se construye con desempeño verificable.
El ángulo macro que nadie debe perder
Un oro en US$5,400, si se concreta, mandaría una señal potente sobre el apetito global por refugio. Parte del soporte viene de bancos centrales que diversifican reservas. El World Gold Council ya mostró que ese flujo superó 1,000 toneladas anuales en 2024.
Otra parte viene de inversionistas financieros que vuelven al metal cuando perciben fragilidad en monedas o dudas fiscales. El salto de entradas a ETFs en 2025, que el mismo organismo cuantificó en US$89 mil millones, sugiere que esa demanda puede aparecer rápido y en escala.
Eso también implica un riesgo de reversa. Si el mercado interpreta estabilidad y premia activos de riesgo, los flujos pueden frenarse. Si las tasas reales suben, el costo de oportunidad del oro aumenta. Goldman lo reconoció al subrayar que un descenso de preocupaciones de política monetaria de largo plazo podría presionar el precio.
En términos de mercado, el pronóstico de Goldman no opera como certeza, sino como una señal del cambio de régimen. Cuando el oro deja de depender de un solo comprador, el mercado gana profundidad. Cuando esa profundidad se apoya en flujos financieros, el precio puede acelerar en ambos sentidos. Ese entorno obliga a las mineras a planear con disciplina, usar coberturas cuando conviene y priorizar márgenes sobre volumen, porque la volatilidad suele castigar los costos fuera de control.
Para México, el escenario tiene un ángulo adicional. Un ciclo alcista del oro puede atraer inversión y empleo en regiones mineras, pero el resultado depende de la capacidad de la industria para sostener su licencia social. Un boom que se traduzca en conflicto, informalidad o deterioro ambiental termina por elevar riesgos y frenar proyectos. La minería formal puede convertir precios altos en desarrollo si fortalece trazabilidad, cumplimiento y diálogo comunitario con resultados verificables.

