El precio del cobre alcanzó un nuevo máximo histórico este martes, impulsado por una combinación de disrupciones en el suministro global y señales de tensión comercial desde Estados Unidos. La cotización del metal rojo en la Bolsa de Metales de Londres subió 1.8%, situándose en $13,225 dólares por tonelada, después de haber tocado un pico de $13,387.50 durante la jornada. La cifra no solo marca un hito, sino que refleja el ritmo inusualmente acelerado del repunte en 2026, que ya acumula un alza de 6.6% en lo que va del año.
El impulso viene de lejos. Desde finales de 2025, los movimientos del cobre han sido notoriamente volátiles, con incrementos tan pronunciados que en diciembre rompió dos barreras psicológicas consecutivas: los $12,000 y luego los $13,000 dólares por tonelada, en cuestión de semanas. Esa trayectoria alcista cerró el año con un avance acumulado del 42%, el mayor en más de una década.
Uno de los principales motores detrás de esta escalada ha sido la creciente preocupación por interrupciones en el suministro. La reciente huelga en la mina Mantoverde, operada por Capstone Copper en el norte de Chile, ha puesto de nuevo en evidencia la fragilidad de la cadena de producción minera en América del Sur. A esto se suman los retrasos informados por Tongling Nonferrous en la segunda fase de su mina Mirador en Ecuador, una zona afectada por conflictos sociales y operativos. Ambos factores refuerzan la narrativa de un mercado vulnerable, donde cualquier perturbación local puede tener repercusiones globales inmediatas.
Indonesia también ha contribuido a la tensión en los mercados, particularmente en el caso del níquel. Las restricciones impuestas por el país asiático sobre la producción minera han llevado este otro metal industrial a un máximo de 15 meses, superando los $18,000 dólares por tonelada. Aunque el níquel no ha tenido la misma magnitud de repunte que el cobre, sigue una tendencia similar en cuanto a la sensibilidad frente a políticas internas y limitaciones logísticas.
El papel de Estados Unidos en esta dinámica no es menor. En medio de una retórica cada vez más proteccionista, se ha especulado sobre la posible imposición de aranceles al cobre importado. Esta expectativa ha distorsionado los flujos internacionales del metal, al desviar grandes volúmenes hacia el mercado estadounidense en previsión de futuras barreras comerciales. Este fenómeno, lejos de ser anecdótico, ha tenido un impacto tangible en el equilibrio entre oferta y demanda global, y ha servido como catalizador adicional para la presión alcista sobre los precios.
Albert Mackenzie, analista de Benchmark Minerals, señala que si bien la demanda estructural del cobre se mantiene sólida, impulsada por el desarrollo de tecnologías basadas en inteligencia artificial y la transición energética mundial, el ritmo del repunte actual genera interrogantes. Algunos operadores de mercado ya expresan reservas sobre si los niveles de precios reflejan fundamentos reales o si se trata de una ola de especulación que podría revertirse abruptamente.
El debate se agudiza conforme el cobre se convierte en un actor clave de la descarbonización. Los proyectos de electrificación, almacenamiento de energía, movilidad eléctrica y redes inteligentes requieren grandes cantidades del metal. Pero al mismo tiempo, los nuevos desarrollos mineros enfrentan obstáculos crecientes, desde regulaciones ambientales más estrictas hasta oposición social y mayores costos de capital.
La minería del cobre, esencial para la transición energética, está atrapada entre la urgencia de incrementar su producción y los desafíos para hacerlo de forma sostenible. En este contexto, el alza de precios podría ofrecer incentivos a nuevas inversiones, pero también tensionar los costos para industrias dependientes del metal, como la manufactura eléctrica, la construcción y el transporte.
En este momento de alta volatilidad, el mercado enfrenta una paradoja: el cobre es más necesario que nunca, pero también más difícil de producir y de comerciar. Mientras tanto, los países productores, especialmente en América Latina, tienen ante sí una oportunidad estratégica. Si se gestiona con visión, la región podría consolidarse como proveedor confiable de minerales críticos. Pero si las tensiones internas o los conflictos regulatorios persisten, se corre el riesgo de desaprovechar un ciclo excepcional.

