La economía mexicana se encuentra en una posición vulnerable al cierre de 2025, con señales claras de desaceleración tanto en el sector industrial como en el no manufacturero, de acuerdo con los últimos indicadores publicados por el Instituto Mexicano de Ejecutivos de Finanzas (IMEF).
Durante noviembre, el Indicador IMEF Manufacturero se ubicó en 45.5 puntos, lo que representa una disminución de 1.4 unidades respecto al mes anterior. Esta cifra coloca al sector en su vigésimo mes consecutivo en zona de contracción. El retroceso no es menor: desde principios del segundo trimestre del año, la actividad manufacturera ha mostrado una tendencia descendente sostenida, lo que confirma una pérdida de dinamismo estructural en la producción nacional.
En contraste, el Indicador IMEF No Manufacturero —que incluye sectores como comercio y servicios— apenas logró mantenerse por encima del umbral de expansión, con 50.3 puntos. Aunque técnicamente no refleja contracción, su tendencia descendente plantea preocupaciones sobre la capacidad del sector para sostener el crecimiento económico general.
Además de los datos del IMEF, otros indicadores oficiales apuntan en la misma dirección. La inversión fija bruta, medida con cifras del INEGI, presentó en septiembre una contracción anual de 6.79 %, siendo la primera caída desde 2020. Esta disminución refleja una reducción tanto en la inversión en construcción como en maquinaria y equipo, lo cual podría implicar una menor capacidad productiva a mediano plazo.
El consumo privado también se estanca. En términos anuales, su crecimiento fue de apenas 0.35 %, la tasa más baja en cinco años. La pérdida de poder adquisitivo, el alza de precios en bienes esenciales y la baja creación de empleos formales han limitado el dinamismo de la demanda interna, que es uno de los principales motores del Producto Interno Bruto (PIB).
La situación se complica aún más al considerar el desempeño por sector económico. El Índice Global de la Actividad Económica (IGAE) revela caídas significativas en actividades primarias, secundarias y terciarias. La industria de la construcción continúa en declive, mientras que la minería, que había mostrado signos de recuperación en años recientes, también registra cifras negativas.
En este contexto, las perspectivas de crecimiento para 2026 se ven comprometidas. Organismos multilaterales y casas de análisis nacionales han comenzado a revisar a la baja sus proyecciones, en parte por el debilitamiento de los factores internos y por una menor demanda externa, particularmente desde Estados Unidos.
Para los sectores industriales, esta coyuntura representa un desafío considerable. Sin embargo, desde la óptica de las industrias extractivas, existe margen para reaccionar. La minería formal, cuando se combina con condiciones regulatorias claras y respeto al medio ambiente, puede contribuir de manera significativa a la recuperación económica. Sus efectos multiplicadores sobre el empleo, la recaudación fiscal y el desarrollo regional son ampliamente documentados.
A pesar de la caída actual en el sector minero, México sigue contando con reservas estratégicas de minerales críticos. Invertir en exploración y producción responsable podría ofrecer una salida viable ante el enfriamiento de otros sectores económicos. No obstante, esto requiere voluntad política, certeza jurídica y acceso a financiamiento.
Por otro lado, el estancamiento en la inversión refleja también un deterioro en la confianza empresarial. Los proyectos de infraestructura anunciados durante el año no han tenido el impacto esperado, y la ejecución del gasto público ha mostrado retrasos significativos. Este entorno de incertidumbre ahuyenta capital y paraliza decisiones estratégicas.
El Banco de México, por su parte, ha optado por una política monetaria cautelosa. Aunque se han mantenido sin cambios las tasas de interés en los últimos tres trimestres, el margen de maniobra es limitado debido a las presiones inflacionarias persistentes. Esta combinación de inflación alta con bajo crecimiento —una especie de estancamiento inflacionario— es especialmente perjudicial para economías emergentes.
El empleo, aunque estable en cifras oficiales, presenta signos de precarización. La informalidad se mantiene por encima del 55 % y los salarios reales muestran un estancamiento prolongado. La falta de dinamismo económico impide una mejora sustancial en las condiciones laborales de millones de mexicanos.
En resumen, los indicadores del IMEF y las cifras oficiales del INEGI confirman que la economía mexicana atraviesa una etapa de debilidad estructural. La falta de inversión, la contracción en la industria manufacturera y la debilidad del consumo privado componen un cuadro que exige respuestas rápidas y efectivas por parte del gobierno federal y del sector privado.
Frente a este escenario, resulta imprescindible construir consensos que impulsen la inversión, incentiven el crecimiento productivo y fortalezcan sectores estratégicos. La minería, por su capacidad de generar valor agregado, exportaciones y empleo bien remunerado, debería ocupar un lugar central en cualquier estrategia de reactivación económica.
Sin medidas correctivas, México podría entrar a 2026 con un crecimiento por debajo de su potencial y un entorno de menor resiliencia frente a choques externos. La reactivación no llegará por inercia. Requiere visión, coordinación y decisiones firmes.

