El cobre cerró la semana con un salto que volvió a mover el tablero entre plazas. Los futuros en Nueva York subieron con fuerza. Shanghái marcó un máximo histórico. Londres dejó el referente: un récord antes del cierre por el receso navideño.
El mercado europeo ya había dado la señal. En la Bolsa de Metales de Londres, el cobre tocó un máximo histórico de 12,282 dólares por tonelada el miércoles. La LME bajó la cortina por el descanso de Navidad, pero el movimiento no se apagó.
Con Londres fuera de operación, Nueva York y Shanghái retomaron el impulso el viernes. En la Bolsa de Futuros de Shanghái, el cobre avanzó hasta 4.7% y rozó los 100,000 yuanes por tonelada. Ese nivel equivale a unos 14,270 dólares. Shanghái abrió así un diferencial muy amplio frente a Estados Unidos.
En Comex, el contrato más activo, con entrega en marzo, escaló más de 5%. El precio tocó un máximo intradía de 5.90345 dólares por libra, poco más de 13,000 dólares por tonelada. El movimiento llevó al metal a su mayor nivel desde el episodio de “short squeeze” de julio.
Ese antecedente de julio sigue pesando en la psicología del mercado. Entonces, el cobre rebasó brevemente los 6 dólares por libra. Luego cayó alrededor de 20% cuando Washington acotó su política arancelaria. La medida dejó fuera al cobre refinado, incluido el cátodo, y concentró el arancel en productos semiterminados.
La decisión arancelaria no solo movió precios. También redibujó flujos físicos. La Casa Blanca confirmó un arancel de 50% para productos como tubería, alambre, varilla, lámina y tubo, además de bienes intensivos en cobre. Analistas describieron un efecto inmediato: el arbitraje perdió fuerza cuando el cátodo quedó exento.
El mercado llega a este cierre de año con una idea clara. Estados Unidos ya no solo compra por demanda industrial. También compra para adelantarse a riesgos. Bancos e intermediarios hablan de acopio. BMO Capital Markets, citado por MINING.COM, vinculó el alza reciente con la acumulación de inventarios en territorio estadounidense.
Ese componente de “stockpiling” importa porque crea tensión artificial en la disponibilidad global. Cuando un comprador grande absorbe metal, el resto del sistema siente el hueco. Los diferenciales entre bolsas lo muestran con crudeza. Shanghái se colocó por encima y abrió un premio frente a otras referencias.
La explicación no descansa solo en inventarios. El lado de la oferta también empujó. Varias operaciones relevantes quedaron por debajo de metas y el mercado pagó esa factura. MINING.COM describió 2025 como un año “excepcional” por incumplimientos de producción en minas de alto perfil y en productores líderes.
El caso más sensible ocurrió en Grasberg, Indonesia, una de las minas de cobre más grandes del planeta. Un accidente fatal en septiembre obligó a Freeport a suspender parte de la operación. La empresa declaró fuerza mayor en entregas y ajustó expectativas. Reuters reportó que Freeport Indonesia recortó su plan 2026 y proyectó una recuperación total hasta 2027.
El golpe no quedó aislado. En mayo, la mina Kamoa-Kakula, en la República Democrática del Congo, enfrentó inundaciones subterráneas tras actividad sísmica. Bloomberg describió incertidumbre prolongada y daño a infraestructura eléctrica. Analistas señalaron que el área afectada sostenía una porción alta de la producción del complejo.
Chile también aportó presión. En El Teniente, Codelco lidió con el impacto de un accidente mortal. Bloomberg informó que la operación volvió, pero con una tasa de producción que podría mantenerse cerca de tres cuartos de niveles previos durante 2026. La misma nota mencionó estimaciones de pérdidas de producción para 2025.
La combinación resulta explosiva para precios. Oferta que falla en puntos clave. Política comercial que incentiva movimientos anticipados. Inventarios que se concentran en un mercado. Un sistema así suele castigar a quienes dependen del metal sin coberturas. También premia a quienes producen y refinan con disciplina operativa.
Por eso el mercado ya discute 2026 con un tono más tenso. Bloomberg señaló que el rally de diciembre llevó al cobre “por encima de 12,000 dólares” por temores de mayor estrechez en 2026. El mismo reporte vinculó el fenómeno con salidas de minas y con el temor a aranceles, que disparó envíos hacia Estados Unidos.
La demanda estructural sigue en la conversación, aunque el precio de corto plazo lo domine la logística. Redes eléctricas, manufactura, movilidad eléctrica y centros de datos elevan el piso de consumo. Bloomberg subrayó que el cobre alimenta infraestructura energética y que inversionistas apuestan por un impulso extra desde el consumo eléctrico ligado a inteligencia artificial.
Aquí conviene separar ruido de señal. El ruido vive en los diferenciales entre bolsas y en el calendario político. La señal aparece en la falta de holgura del sistema. Cuando tres eventos en minas emblemáticas aprietan oferta en un año, el mercado pierde margen de error. Grasberg, Kamoa-Kakula y El Teniente dejaron esa lección en 2025.
MINING.COM también citó una lectura de BMO que suena a advertencia. El banco ve espacio adicional de alza pese al rally. Su escenario apunta a un promedio de 12,500 dólares por tonelada hacia el segundo trimestre de 2026, antes de que una “puesta al día” de la oferta traiga algo de alivio.
Mi lectura coincide en un punto, aunque con matices. El mercado ya incorporó una prima por riesgo, y esa prima no necesita escasez absoluta para existir. Basta con incertidumbre creíble, más una narrativa política que empuje metal a cruzar fronteras antes de tiempo. Eso eleva costos para fabricantes, pero también dispara señales de inversión.
Y ahí aparece el costado constructivo, incluso para quienes miran a la minería con desconfianza. Precios altos no solo engordan márgenes. También aceleran decisiones de expansión, de mantenimiento mayor y de modernización metalúrgica. Cuando la industria invierte bien, mejora seguridad, eficiencia energética y control ambiental. Ese círculo virtuoso no nace solo de la buena voluntad. Nace de incentivos.
América Latina observa este ciclo con una mezcla de oportunidad y presión. Chile y Perú sienten el escrutinio porque concentran parte relevante de la oferta mundial. Codelco, por ejemplo, enfrenta la exigencia de recuperar producción con seguridad reforzada. Esa exigencia pesa, pero también legitima a la industria ante comunidades.
México, aunque no domina el ranking global, sí juega un papel regional en cadenas industriales. El cobre cruza la frontera en componentes, cableado y bienes eléctricos. Con el nearshoring y la demanda estadounidense, cualquier distorsión de precios impacta costos en manufactura. Ese impacto se nota en sectores como automotriz y electrodomésticos, donde el metal ya forma parte del cálculo de competitividad.
Para la minería mexicana, el mensaje también llega nítido. El mercado paga confiabilidad, y premia proyectos con permisos claros, energía competitiva y logística eficiente. Cuando el país ofrece certidumbre, el capital encuentra razones para quedarse. Y cuando el capital se queda, la minería deja beneficios locales más visibles: empleo formal, compras regionales y recaudación.
El cobre cerró 2025 en modo protagonista. No lo empujó una sola causa. Lo empujaron fallas de oferta, política comercial, arbitrajes y una demanda que no afloja del todo. En ese entorno, la volatilidad se mantiene como regla, no como excepción.

