El año 2025 pasará a los anales del mercado de materias primas por una razón poco comentada: los comerciantes de metales han alcanzado niveles de rentabilidad inéditos. En medio de tensiones de suministro, cambios regulatorios y crisis energéticas, firmas como Glencore y Trafigura cosechan ganancias históricas al capitalizar distorsiones globales.
El episodio se lee como un parteaguas. En Londres, en un evento de Bloomberg, el director ejecutivo de IXM atribuyó al entorno actual las “oportunidades fenomenales” que permiten que alguien dedicado al comercio de metales vivencie un año como este.
Estas compañías no han actuado desde el margen. Glencore reportó utilidades ajustadas antes de intereses e impuestos para su negocio de metales por 1 570 millones de dólares en la primera mitad del año, y siguió operando a ese ritmo en los meses siguientes. Trafigura también exhibió rendimientos récord en su división de metales no ferrosos al cierre de su ejercicio en septiembre.
Este boom financiero ocurre mientras los márgenes en otros sectores como el de granos, petróleo o gas enfrentan presión. Para el comercio de metales, representa una bocanada de aire luego de años de demanda irregular y precios volátiles.
¿Por qué el salto? La respuesta radica en disrupciones prolongadas en las cadenas de suministro. Las materias primas usadas como concentrados —fundamentalmente de cobre, plomo, zinc— experimentaron encarecimiento frente al trasfondo de expansión en capacidad de fundición y escasez estructural de nuevos proyectos. Al mismo tiempo, las amenazas arancelarias impuestas por el gobierno de Estados Unidos elevaron el precio del cobre refinado en ese país, lo que abrió arcos de arbitraje que terminaron siendo casi garantizados para los operadores que pudieron mover metal físico hacia EE. UU.
Grandes traders energéticos también aprovecharon el fenómeno. Mercuria, que ha incorporado con fuerza al ramo metalúrgico, reportó utilidades operando metales cercanas a 300 millones de dólares en lo que va del año. En cambio, Vitol y Gunvor han sido más mesurados en su expansión, lo que limitó sus ganancias relativas.
La competencia por talento se ha vuelto intensa. Mercuria ha montado un equipo de cerca de 150 personas especializado en metales en poco más de un año. Otros nuevos actores como Aramco Trading, BGN Group o firmas especializadas enfrentan ofertas de compra o expansión acelerada.
Las cifras y movimientos no solo revelan un auge pasajero, sino el realineamiento estratégico detrás de una minería que, lejos de verse como una industria rezagada, encuentra un aliado poderoso en el comercio global. Este escenario genera tres reflexiones clave: las cadenas de valor adquirieron un rol central, la capacidad para moverse dentro de márgenes regulados y logísticos se volvió decisiva, y los jugadores que antes dominaban la escena energética ahora asumen posiciones relevantes en minerales.
Desde mi perspectiva, este momento revela algo más profundo: la minería sigue siendo una fuente esencial de valor agregado, no solo en la extracción sino en su flujo comercial y estratégico. Cuando el mercado permite capturar esas disrupciones, los beneficios no se limitan a las minas: se expanden hacia quienes dominan la logística, el riesgo geopolítico y la inteligencia de mercados. Y en un país como México —con reservas de cobre, litio y otros minerales clave— ese ecosistema puede representar una palanca decisiva para el desarrollo industrial si logramos integrar mejor nuestras cadenas productivas.

