Kinross movió una de sus piezas más importantes en Chile. La compañía ingresó al Sistema de Evaluación de Impacto Ambiental el proyecto Lobo-Marte, una iniciativa de US$1,500 millones que se ubicará en Atacama y que plantea una vida útil de 22 años. El expediente entró a nombre de Compañía Minera Mantos de Oro y apunta a desarrollar una operación aurífera a rajo abierto en las comunas de Copiapó y Tierra Amarilla.
El paso no sorprende, pero sí confirma que Kinross apura su siguiente ciclo en el país. En febrero, la empresa dijo que había terminado los estudios base y que presentaría el EIA de Lobo-Marte en el segundo trimestre de 2026. Un mes después, en su presentación corporativa, sostuvo que La Coipa y Lobo-Marte, operados en sucesión, podrían sostener la producción chilena más allá de 2040. Ese dato revela el verdadero fondo del movimiento: no se trata solo de abrir una mina, sino de preservar una plataforma productiva.
Lobo-Marte se ubica a unos 170 kilómetros al noreste de Copiapó, a una altitud cercana a 4,200 metros. El diseño contempla la explotación secuencial de los rajos Marte y Lobo, una tasa de procesamiento de 35,000 toneladas diarias y tratamiento por lixiviación en pilas para producir metal doré. El plan también incorpora chancado primario, áreas de acopio de mineral, botaderos de estériles y obras eléctricas asociadas. No es una faena menor. Es un desarrollo de escala industrial en un entorno complejo y exigente.
La ingeniería aprovecha además infraestructura ya conocida por la empresa en la zona. Las coberturas chilenas sobre el ingreso del EIA indican que el proyecto usará pozos existentes, con un caudal promedio de 66 litros por segundo, y que recibirá energía mediante una línea de 220 kV. Kinross, por su parte, remarca que Lobo-Marte se ubica cerca de La Coipa y del distrito Maricunga. Esa cercanía abre la puerta a compartir agua, campamento, equipos y parte de la lógica operativa regional.
Ese punto merece más atención de la que suele recibir. En minería, la geología manda, pero la infraestructura define buena parte de la rentabilidad real. Un proyecto greenfield en alta montaña siempre enfrenta costos logísticos altos, tiempos de construcción largos y presión sobre el capital. Cuando una empresa puede apoyarse en activos existentes o cercanos, reduce parte de esa carga. En el caso de Lobo-Marte, esa ventaja ayuda a explicar por qué Kinross lo trata como una pieza estructural y no como un proyecto accesorio.
El ingreso por la vía del EIA también anticipa un escrutinio regulatorio intenso. Las publicaciones sectoriales en Chile señalan que el proyecto se emplaza cerca del Parque Nacional Nevado Tres Cruces, en un área ambientalmente sensible. La autoridad deberá revisar efectos sobre agua, aire, suelo, biodiversidad, glaciares, patrimonio y sistemas de vida locales. En una región como Atacama, donde la conversación hídrica pesa en cada expediente grande, ese capítulo no será secundario. Será central.
El propio SEA explica que un proyecto debe presentar un EIA, y no una declaración más acotada, cuando puede generar riesgos para la salud, afectar recursos naturales, alterar sistemas de vida, emplazarse cerca de áreas protegidas o comprometer patrimonio cultural. Varios de esos criterios aparecen ya en la discusión pública sobre Lobo-Marte. Por eso, el expediente no avanzará solo por sus onzas o por su tamaño. Tendrá que demostrar, con detalle técnico, cómo manejará impactos y cómo responderá a un territorio especialmente sensible.
Kinross intentó llegar a esta fase con trabajo previo sobre licencia social. En noviembre, la empresa comunicó que desarrollaba participación ciudadana temprana mediante actividades presenciales y difusión digital, con foco en Copiapó, Tierra Amarilla y comunidades Colla cercanas. Antes, al presentar la extensión de La Coipa, también habló de una relación dialogante con el territorio. Esa estrategia no asegura una aprobación, pero sí reduce el riesgo de abrir la evaluación con un déficit de información o con un vínculo débil con el entorno local.
Visto como distrito, el cuadro es todavía más claro. Kinross reporta para Chile 7.1 millones de onzas en reservas y 12 millones en recursos medidos e indicados, al considerar La Coipa, Lobo-Marte y Maricunga. Dentro de ese conjunto, Lobo-Marte concentra 6.7 millones de onzas de reservas probables. Dicho sin rodeos, una porción muy importante del futuro aurífero de Kinross en Chile descansa sobre este expediente. Esa magnitud le da al proyecto un peso que supera con mucho el de una simple expansión regional.
También conviene mirar el frente laboral y económico con cifras concretas. Las proyecciones difundidas tras el ingreso del EIA apuntan a una fase de construcción de 3.5 años, seguida por 16 años de operación y 2 años de cierre. En ese tramo, el proyecto podría requerir hasta 2,747 trabajadores en construcción y cerca de 924 en operación. Para Atacama, eso implica demanda sobre contratistas, transporte, mantención industrial, energía, seguridad, campamentos y servicios especializados. En regiones mineras, esa cadena de valor no es decorativa. Sostiene actividad, aprendizaje y tejido empresarial.
Kinross, además, llega a esta etapa con una posición financiera bastante más sólida que hace pocos años. La empresa reportó un flujo de caja libre récord de US$2,500 millones en 2025 y cerró ese año con US$1,000 millones netos en caja. Ese colchón no borra el riesgo ambiental ni el desafío social, pero sí mejora su capacidad para sostener estudios, ingeniería, permisos y eventuales obras tempranas. En proyectos de esta escala, el músculo financiero importa porque la tramitación consume tiempo, recursos y paciencia corporativa.
Los números de La Coipa ayudan a entender la urgencia estratégica. En marzo, Kinross reportó que esa operación cumplió su guía de 2025 con 231,770 onzas equivalentes de oro y fijó para 2026 una meta de 210,000. En paralelo, la empresa ya impulsó el expediente para extender la vida útil de La Coipa y Purén. La lectura sectorial resulta bastante nítida: Kinross quiere evitar un vacío entre la madurez de sus activos actuales y el arranque del siguiente gran proyecto chileno.
Lobo-Marte, además, no figura como una promesa vaga en las láminas corporativas. La presentación de marzo le asigna 6.7 millones de onzas en reservas probables, 2.8 millones en recursos medidos e indicados y 0.7 millones en recursos inferidos. La empresa también estima una producción de vida de mina de 4.7 millones de onzas equivalentes y un perfil anual cercano a 300,000 onzas. Para cualquier productor aurífero relevante, esos números describen un activo de primer orden.
La comparación histórica agrega otra capa al análisis. En 2020, la prefactibilidad de Lobo-Marte hablaba de 147 millones de toneladas procesadas, una vida de 15 años y un capex inicial total de US$995 millones. El expediente que ahora entra al SEIA se conoce en Chile con US$1,500 millones y 22 años de vida útil. Esa brecha sugiere un rediseño importante y también refleja el encarecimiento que golpeó al capex minero en estos años. Es una inferencia razonable, porque Kinross aún no publica en las fuentes oficiales revisadas el desglose actualizado de inversión.
Chile suele leerse desde el cobre, y con razón. Sin embargo, proyectos auríferos de escala como Lobo-Marte también pesan en la estructura minera del país. Aportan inversión, empleo técnico, continuidad operativa y uso más eficiente de infraestructura ya instalada. En Atacama, esa lógica vale doble porque existe cultura minera, red de proveedores y experiencia de operación en altura. Cuando un proyecto puede integrarse a un corredor ya conocido, el valor local tiende a capturarse con más rapidez y con menos fricción.
Desde esa perspectiva, Lobo-Marte tiene un rasgo positivo que conviene rescatar. No llega a una zona sin historia minera ni parte desde cero en términos de conocimiento regional. Se apoya en una provincia con trayectoria, activos cercanos y una empresa que ya opera en el país. Eso no resuelve la discusión ambiental, pero sí mejora la lógica industrial del desarrollo. En tiempos donde muchos proyectos se caen por costos, plazos o falta de masa crítica, esa base importa mucho.
Ahora empieza la prueba decisiva. Kinross deberá convencer a la autoridad y a las comunidades de que puede ejecutar una mina grande sin desbordar los límites ambientales de una zona frágil. Si lo consigue, Atacama no solo sumará una nueva operación aurífera. También consolidará una continuidad minera con escala, empleo potencial y sentido económico para varias décadas de inversión en la región.

