El dato se volvió rutina en Washington, pero no por eso pierde gravedad. Cada año, el Servicio Geológico de Estados Unidos publica su radiografía más completa del mercado de minerales no energéticos. Y cada año la lectura deja el mismo mensaje: la primera economía del mundo todavía compra afuera una parte decisiva de los insumos que sostienen su industria, su defensa y su transición energética.
El Mineral Commodity Summaries 2026, difundido este 6 de febrero, confirma que la dependencia de importaciones no solo sigue; también crece en varios frentes. En 2025, Estados Unidos fue 100% dependiente de importaciones para 16 minerales. Además, las importaciones cubrieron más de la mitad del consumo aparente de 54 minerales no combustibles. Ese escalamiento, frente a los registros del año previo, muestra que el problema no se corrige con declaraciones. Requiere minas, refinación, logística y certidumbre regulatoria.
El reporte también retrata un punto sensible: China no es solo un proveedor más. China aparece como fuente mayor o relevante en cadenas donde el sustituto no llega rápido, o llega caro. El propio USGS subraya la persistencia de la dependencia estadounidense de importaciones desde China en un grupo importante de minerales críticos. El organismo la describe como una “fuente mayor” para 14 de 33 minerales críticos donde Estados Unidos más depende de importaciones.
Ese matiz importa porque la vulnerabilidad no se mide solo en toneladas. Se mide en la capacidad de una potencia rival para convertir un permiso de exportación en palanca geopolítica. También se mide en el tiempo que toma levantar alternativas. En minerales críticos, el reloj casi nunca corre a favor de quien llega tarde.
Un “cuello de botella” que no termina en la mina
Cuando se habla de dependencia, muchas conversaciones se quedan en la extracción. Eso simplifica demasiado. La verdadera trampa suele aparecer en el procesamiento, en la metalurgia, en los químicos y en los componentes intermedios. Incluso con producción minera doméstica, Estados Unidos admite que le falta capacidad de procesamiento para evitar dependencias aguas abajo. La Casa Blanca lo planteó así, de forma directa, en una acción presidencial de enero: aun con minería interna para ciertos materiales, la falta de procesamiento empuja la dependencia.
El ejemplo más claro son los materiales vinculados a semiconductores y electrónica. Gallio y germanio se convirtieron en caso de estudio. El USGS publicó un modelo para cuantificar impactos económicos de restricciones chinas sobre esos minerales. La tesis de fondo es transparente: un control de exportaciones en un insumo pequeño puede multiplicar daños si ese insumo habilita tecnologías críticas.
En paralelo, el reporte del USGS pone sobre la mesa un capítulo que suele pasar desapercibido en el debate público: los minerales sujetos a restricciones comerciales y controles de exportación. El USGS señala que su sección de comercio cubre 14 minerales, de antimonio a tungsteno, que China restringe para exportación hacia Estados Unidos.
Esa línea conecta con el clima político global. La discusión ya no gira solo en torno a “mercados eficientes”. Ahora gira sobre resiliencia, seguridad económica y continuidad industrial. Reuters reportó, a inicios de febrero, una iniciativa estadounidense para crear o ampliar un acopio estratégico de minerales críticos, con el objetivo explícito de reducir vulnerabilidades frente a China.
¿Por qué sube la dependencia en un país con recursos?
Estados Unidos tiene geología, tiene capital y tiene mercado. Aun así, el cuello de botella persiste por cuatro razones que suelen combinarse. La primera es el tiempo. Desarrollar un proyecto minero toma años, incluso antes de construir una planta. La segunda es la permisología. La tercera es el diferencial de costos frente a productores integrados. La cuarta es la concentración del refinado global en Asia.
En términos de política pública, el USGS lleva años empujando la idea de que “crítico” significa esencial, vulnerable y con función clave en manufactura. El concepto se ancló en ley y en listas oficiales, que se actualizan con metodología cuantitativa y escenarios de disrupción.
El punto que a veces incomoda decir en voz alta es este: ningún país puede ser autosuficiente en todo. El reto real consiste en evitar dependencias en materiales que no admiten sustitución rápida, o donde un proveedor dominante puede imponer condiciones. En esa lógica, el debate deja de ser “minería sí o no”. Se vuelve “qué minería, dónde, con qué estándares y con qué cadena industrial asociada”.
Aquí conviene precisar otro dato del USGS, porque muestra la magnitud económica del tema. El organismo reporta que el valor total de la producción minera estadounidense subió 5.6% a 112 mil millones de dólares en 2025. También estima que las industrias dependientes de minerales representaron 4.09 billones de dólares de valor en 2025, más de una octava parte de la economía.
Dicho sin adornos: este no es un debate de “commodities” para especialistas. Es un debate sobre el corazón productivo de Norteamérica.
México entra en la ecuación por geografía, no por discurso
Desde México, esta discusión no debería leerse como un pleito ajeno. México comparte frontera, cadenas de suministro y tratados comerciales con Estados Unidos. Cuando Washington decide reducir dependencias, busca opciones cercanas, confiables y con reglas compatibles. Eso abre una ventana, pero también exige disciplina.
La ventana existe porque México ya juega un papel relevante en minerales metálicos y en manufactura avanzada. La demanda por cobre, plata, zinc y otros metales base se cruza con la demanda por componentes eléctricos y electrónicos. Y ahí la minería puede aportar valor si se integra a cadenas industriales, con trazabilidad y desempeño ambiental verificable.
La exigencia también existe, porque el mercado estadounidense ya no compra solo por precio. Compra por continuidad, por cumplimiento y por narrativa de riesgo. En minerales críticos, la narrativa pesa. Si un proyecto enfrenta incertidumbre regulatoria, conflictos sociales no atendidos o infraestructura insuficiente, pierde atractivo frente a un competidor que sí ofrezca certidumbre.
La oportunidad más realista para México no consiste en “reemplazar a China” de golpe. Consiste en capturar eslabones concretos donde la región puede ganar tiempo y seguridad. Procesos intermedios, refinación selectiva, fabricación de insumos para baterías o aleaciones, y reciclaje industrial cercano a los clústeres manufactureros.
También conviene evitar un error común: pensar que todo se resuelve con abrir minas. Una parte clave se resuelve con energía, agua, permisos claros y logística. Si la región quiere cadenas resilientes, necesita infraestructura resiliente.
El ángulo incómodo: minería responsable o dependencia perpetua
Hay un argumento que se repite en Norteamérica y que, a mi juicio, ya no aguanta el peso de los hechos: pedir transición energética y digital sin aceptar los proyectos que la hacen posible. El USGS vuelve a mostrar que la demanda industrial crece y que la dependencia importadora permanece.
Eso obliga a una conversación más adulta. Una minería moderna no compite contra el medio ambiente. Compite contra malas prácticas. Compite contra informalidad. Compite contra proyectos que prometen y no cumplen. Cuando un país cierra la puerta a proyectos bien diseñados, suele abrirla, sin querer, a importaciones con menor trazabilidad y mayores riesgos.
Para México, la discusión debería enfocarse en estándares y resultados. Consultas tempranas, beneficios locales claros, monitoreo ambiental, cierre de mina planificado y transparencia fiscal. Si esos pilares se cumplen, la minería se vuelve un habilitador de soberanía industrial regional.
Del lado estadounidense, el mensaje del USGS sugiere que la estrategia no puede quedarse en discursos de seguridad nacional. Necesita acelerar permisos sin bajar estándares, financiar procesamiento, y coordinar aliados. También necesita reconocer que el reciclaje ayuda, pero no cubre todo, especialmente cuando la demanda crece.
Qué sigue en el corto plazo
En el corto plazo, el “riesgo China” no desaparece. Incluso si se multiplican proyectos en Norteamérica, el gap de refinación y química especializada seguirá presente varios años. En ese lapso, los controles de exportación, las licencias y las restricciones selectivas seguirán como herramienta de política industrial. El USGS ya lo coloca en el centro de su análisis comercial.
La salida, para Estados Unidos y para sus socios, pasa por diversificar proveedores, construir capacidad de procesamiento y reducir la concentración. Eso implica minería. Implica tecnología. Implica acuerdos. E implica algo que suena aburrido, pero define resultados: ejecución constante, año con año, más allá del ciclo político.
México puede beneficiarse si se coloca en esa ruta con pragmatismo. No como eslogan, sino como plataforma. La región necesita más metal, más materiales y más capacidades. El USGS acaba de recordarlo con números.

