En un contexto donde la minería africana enfrenta escrutinio creciente por parte de inversionistas internacionales, Burkina Faso decidió dar un paso para calmar los temores que ha suscitado su nueva política de participación estatal en proyectos extractivos. Las autoridades aclararon que el interés del Estado en adquirir hasta un 35 % del proyecto aurífero Kiaka, que opera la firma australiana West African Resources, no representa una obligación impuesta a la compañía, sino una posibilidad dentro del marco legal vigente.
Este pronunciamiento se da después de varios movimientos estratégicos que han sido percibidos en el mercado como señales de una mayor intervención estatal en la industria minera. Las nacionalizaciones recientes, entre ellas las de las minas Boungou y Wahgnion, generaron cuestionamientos sobre la seguridad jurídica para el capital privado en el país. Sin embargo, desde el Ministerio de Energía, Minas y Canteras se ha enfatizado que las nuevas reglas no buscan entorpecer la inversión extranjera, sino fortalecer el papel del Estado como socio activo en el aprovechamiento de los recursos naturales.
Mamadou Sagnon, director general del catastro minero, aseguró en declaraciones recientes que la solicitud para adquirir participación adicional en el proyecto Kiaka debe entenderse como una propuesta, no como un requisito coercitivo. La aclaración cobra relevancia ante el anuncio de que el gobierno, bajo el nuevo Código Minero aprobado en julio de 2024, tiene derecho a un 15 % de participación gratuita en nuevos proyectos, además de la opción de comprar un 20 % adicional. Según Sagnon, esta fórmula responde a una necesidad de reforzar la soberanía nacional sobre los recursos, sin romper el marco de cooperación con las empresas privadas.
Kiaka, uno de los proyectos más prometedores de la región, inició producción en junio de este año. Con reservas proyectadas para sostener una producción anual de 234 000 onzas de oro durante dos décadas, representa una pieza clave en la estrategia de desarrollo minero del país. West African Resources ha respetado hasta ahora las disposiciones establecidas, incluyendo la entrega del 15 % gratuito al Estado y la distribución obligatoria de dividendos correspondientes. En agosto, su subsidiaria Somisa —que opera la mina Sanbrado— entregó 98,35 millones de dólares en dividendos prioritarios al Estado.
El debate actual sobre la participación estatal en los proyectos mineros se da en un contexto político y económico más amplio. Desde que el presidente Ibrahim Traoré asumió el poder en 2022, el país ha impulsado una política minera más intervencionista, orientada a recuperar el control de sectores estratégicos. En junio de 2025, se transfirieron a la empresa estatal SOPAMIB cinco minas industriales y permisos de exploración que anteriormente estaban bajo control de empresas como Endeavour Mining y Lilium Capital. Estas decisiones fueron tomadas bajo el argumento de que los intereses nacionales deben prevalecer sobre los criterios exclusivamente comerciales.
El caso específico de Kiaka se ha convertido en un símbolo del nuevo enfoque burkinés. A pesar del cambio en las reglas del juego, la compañía australiana ha mostrado voluntad de adaptarse al marco regulatorio local, sin que hasta ahora se hayan producido rupturas o disputas públicas. Esto contrasta con lo que ha ocurrido en otras regiones del Sahel, donde las medidas de nacionalización han sido más abruptas y en ocasiones acompañadas de conflictos legales o arrestos de ejecutivos extranjeros.
A nivel regional, la tendencia hacia una mayor intervención estatal en el sector minero es clara. Países como Mali y Níger han implementado reformas similares, endureciendo sus códigos mineros y revocando concesiones a empresas occidentales. Sin embargo, Burkina Faso parece haber optado por una vía menos confrontativa, buscando mantener el interés de los inversionistas al mismo tiempo que fortalece su capacidad de decisión sobre los recursos del subsuelo.
La clave de esta estrategia radica en el equilibrio. Por un lado, se afirma la soberanía nacional; por el otro, se evita sembrar incertidumbre entre los actores internacionales. En ese sentido, la claridad ofrecida por Sagnon representa un intento de restaurar la confianza y asegurar que el país sigue abierto a la inversión, aunque bajo nuevas reglas que priorizan el desarrollo nacional.
En la práctica, esto implica que empresas como West African Resources pueden seguir operando y generando beneficios, siempre que reconozcan el rol del Estado como socio. Desde el punto de vista fiscal, esta participación puede traducirse en ingresos adicionales que permitan financiar servicios públicos o infraestructura, sin necesidad de aumentar los impuestos a los operadores. Además, al tener un asiento en la mesa, el Estado puede incidir de manera más directa en las decisiones estratégicas sobre exploración, producción y sostenibilidad.
El mensaje del gobierno es claro: no se trata de expropiar ni de excluir al capital extranjero, sino de redefinir las reglas del juego para que los recursos del país contribuyan de manera más equitativa al bienestar colectivo. El caso Kiaka ilustra que esta meta es alcanzable, siempre que se mantenga el diálogo y se respeten los compromisos mutuos.
Burkina Faso se enfrenta al reto de construir una minería más justa, sin sacrificar la competitividad ni la atracción de capital. En tiempos donde la geopolítica y las tensiones sociales influyen cada vez más en los negocios mineros, ofrecer certezas, aunque bajo condiciones nuevas, puede ser la mejor carta del país para consolidar su posición como productor aurífero de referencia en África Occidental.

