Alemania volvió a colocar un tema incómodo en la agenda financiera europea: el destino de una parte relevante de sus reservas de oro. Políticos, economistas y voces del debate público presionan para que el Bundesbank reduzca el metal que mantiene en Estados Unidos, en particular en la Reserva Federal de Nueva York. El argumento central ya no se limita al simbolismo. Hoy lo mueve el riesgo geopolítico y la duda sobre la previsibilidad de Washington.
El debate aparece en un momento de alta sensibilidad. El precio del oro marcó nuevos máximos y superó los 5,100 dólares por onza, impulsado por compras defensivas y un entorno de tensión política. Ese rally eleva el valor de las reservas y, al mismo tiempo, vuelve más visible el costo político de “tener el seguro” en otro país.
Alemania acumula una de las mayores reservas oficiales del mundo y solo la supera Estados Unidos. Reuters reportó en 2025 que el país tenía 3,352 toneladas, con alrededor de un tercio almacenado en Nueva York por razones históricas ligadas a la Guerra Fría.
Por qué el oro alemán terminó fuera de Alemania
La lógica original fue práctica y estratégica. Durante la Guerra Fría, el metal en Nueva York quedaba lejos de un frente europeo y se situaba en un gran centro financiero. Esa ubicación facilitaba convertir oro en divisas en una crisis y reforzaba confianza entre aliados. Reuters recuerda que ese arreglo se consolidó con el orden monetario posterior a la Segunda Guerra Mundial.
Con el paso de los años, el Bundesbank también ajustó su política para responder a presiones internas. Desde 2013, el banco central ejecutó un plan para aumentar el oro guardado en Frankfurt y, en 2017, informó que adelantó el objetivo de mantener poco más de la mitad en casa. En ese mismo documento explicó que el oro cumple dos funciones: generar confianza interna y permitir liquidez rápida en plazas internacionales.
Esa combinación ayuda a entender por qué el metal no se mueve con facilidad. El oro funciona como activo de última instancia, pero también como herramienta operativa. Guardarlo solo “en casa” suena soberano, aunque puede volver más costosa o lenta una venta de emergencia en los principales mercados.
Qué cambió en 2025 y 2026
La discusión se reactivó con fuerza tras el regreso de Donald Trump a la Casa Blanca y con un deterioro del clima transatlántico. Reuters describió en mayo de 2025 cómo el tema dejó de ser marginal y empezó a ganar espacio en medios y círculos políticos más amplios. El detonante fue la percepción de que Washington podía tensar la relación con aliados y presionar instituciones, incluida la Fed.
En enero de 2026, medios europeos retomaron la presión con nuevos llamados públicos. The Guardian reportó que economistas y actores políticos pidieron “repatriar el oro”, con el argumento de reducir riesgos y ganar margen estratégico. La nota también colocó en el centro un punto sensible: el oro como “ancla de estabilidad” no debería quedar atrapado en disputas geopolíticas.
En Alemania, el tema también se volvió noticia interna. El diario Welt recogió declaraciones de figuras políticas que piden un calendario para traer de vuelta el oro y exigen transparencia sobre riesgos y control.
El precio del metal añade otra capa. Cuando el oro se dispara, crece su valor simbólico, pero también la presión pública por “verlo” y por comprobar acceso. Reuters confirmó en esta semana máximos por arriba de 5,100 dólares, en un contexto de fuerte demanda de refugio.
Argumentos a favor de repatriar
Quienes empujan el regreso del oro suelen concentrarse en la soberanía y el riesgo de acceso. La preocupación no siempre apunta a una confiscación directa, pero sí a escenarios de bloqueo, litigio o condicionamiento político en una crisis mayor. En finanzas, el riesgo extremo importa aunque parezca improbable, porque el oro existe para ese tipo de días.
También pesa la señal política. Si Europa busca autonomía estratégica, el almacenamiento de reservas fuera del continente puede parecer contradictorio. En un entorno con sanciones, disputas comerciales y presión geopolítica, el lugar donde se custodian activos estatales se vuelve una decisión de política pública.
El debate se alimenta, además, de un precedente reciente en el sistema financiero internacional: los congelamientos de reservas y las sanciones amplias como herramienta de poder. Aunque cada caso tiene contexto jurídico distinto, la lección política circula: los activos en jurisdicciones ajenas enfrentan riesgos que no dependen solo del mercado.
Argumentos para mantener parte del oro en Nueva York y Londres
El Bundesbank ha defendido durante años la custodia externa como una forma de diversificar y de asegurar liquidez en centros de comercio. Reuters reportó que el banco central afirmó que la Fed de Nueva York seguía como “socio fiable” y que no tenía dudas sobre el resguardo.
También existe el factor diplomático. Un traslado masivo podría interpretarse como voto de desconfianza hacia la Reserva Federal y hacia la arquitectura financiera occidental. Reuters subrayó en 2025 que el gesto sería políticamente sensible.
Además, la “diversificación” no es un cliché: es una práctica de gestión de riesgos. Incluso quienes piden mover el oro discuten si conviene concentrarlo todo en un solo punto. El propio debate alemán incluye posiciones que piden revisar la distribución, no necesariamente vaciar Nueva York de forma total.
Qué significa esto para el mercado del oro
En términos de mercado, un movimiento alemán no cambia la oferta mundial de oro de un día para otro. El metal no sale al mercado por trasladarse de bodega. Sin embargo, sí puede mover expectativas y narrativa. Si una economía central decide priorizar custodia doméstica, otras podrían imitarla y reforzar una tendencia de “nacionalización” logística de reservas.
Ese giro se conecta con el apetito de bancos centrales por el oro como activo de reserva. El World Gold Council ha documentado, a través de sus encuestas, una visión favorable hacia el metal y un mayor interés por incrementar tenencias, junto con percepciones menos optimistas sobre el rol futuro del dólar en reservas.
Aquí entra un punto que a veces se pierde: el oro físico existe porque alguien lo extrae, lo refina y lo certifica. La conversación sobre “dónde guardarlo” tiene una consecuencia indirecta sobre “cómo abastecerlo”. Precios altos tienden a reactivar inversión en exploración, expansión de minas y modernización de plantas, siempre que los marcos regulatorios y sociales lo permitan.
Para países mineros, incluido México, el rally del oro abre oportunidades y también exigencias. Los inversionistas piden trazabilidad, mejores prácticas ambientales y relaciones comunitarias más sólidas. Quien produzca con estándares claros tendrá mejores márgenes y mejor acceso a capital. Esa es una de las lecturas positivas de un mercado fuerte: acelera tecnología, controles y profesionalización en toda la cadena.
Italia y el efecto espejo en Europa
El debate no es exclusivo de Alemania. El Financial Times reportó meses atrás que Alemania e Italia enfrentaban presión para repatriar oro custodiado en Nueva York, en un contexto de incertidumbre geopolítica. El dato importa porque sugiere un efecto dominó: si un país grande mueve piezas, el resto revisa su tablero.
Si Berlín decide cambios relevantes, Europa podría entrar en una etapa de coordinación informal sobre reservas. No sería un acuerdo formal, pero sí una alineación de criterios. En un momento donde la política industrial europea busca asegurar cadenas de suministro críticas, no sorprende que también mire su “activo final” con otros ojos.
Lo que realmente está en juego
En el fondo, Alemania discute algo más que bodegas. Discute confianza. La custodia del oro se apoya en reglas, alianzas y reputación institucional. Cuando el debate público empieza a dudar de esos pilares, el oro vuelve a ocupar un lugar central en la política, no solo en el balance.
El escenario apunta a una revisión gradual, no a un movimiento abrupto. El Bundesbank suele priorizar estabilidad y previsibilidad, y sabe que una señal excesiva puede elevar tensiones diplomáticas y abrir ruido en los mercados. Al mismo tiempo, el banco central enfrenta un entorno donde el riesgo político pesa más que antes, por lo que no resulta extraño que reevalúe porcentajes, procedimientos de acceso y criterios de diversificación.
En esta coyuntura, lo más probable es una discusión técnica sobre distribución y gobernanza del resguardo, más que una retirada total e inmediata de Nueva York. Aun así, el solo hecho de reactivar el debate ya envía un mensaje: Europa se prepara para un entorno donde la geopolítica influye con más fuerza en decisiones financieras que antes se consideraban rutinarias.

