En los pasillos financieros de Londres y Zúrich se repite una inquietud: Glencore, uno de los gigantes de los metales y la energía, atraviesa un momento en el que los inversionistas ya no ocultan su frustración. La empresa ha visto caer el valor de sus acciones un 30 % en tres años, una cifra que refleja tanto la debilidad del mercado del carbón como fallas operativas en minas y fundiciones. El carbón, que fue por décadas su unidad más rentable, ya no ofrece el blindaje que antes sostenía a la compañía.
Mientras el mundo minero redobla esfuerzos para aumentar la producción de cobre, Glencore enfrenta su cuarto año consecutivo de caídas. Alcanzar las metas anuales implica producir casi 50 % más cobre en el segundo semestre, una exigencia que parece titánica. Los analistas sugieren que, ante expectativas tan bajas, cumplir con lo prometido ya sería un triunfo, aunque insuficiente para revertir la narrativa de estancamiento.
Los accionistas institucionales consultados por Bloomberg coinciden en que la debilidad del carbón escapa al control de la empresa, pero lo que les preocupa es la falta de dirección estratégica. Critican que Glencore dependa únicamente de la esperanza de que los precios se recuperen, sin un plan sólido para mejorar la eficiencia de sus operaciones. La insatisfacción no es un murmullo aislado: varios fondos han expresado su descontento, aunque de manera reservada.
El historial reciente abona a la desconfianza. La compañía ha tanteado fusiones con Teck Resources y Rio Tinto, pensó en mudar su cotización principal de Londres a Nueva York y anunció, para después retractarse, un plan para escindir su negocio del carbón. Más recientemente, negoció la posible venta de una participación mayoritaria en su mina más importante de cobre en África, una operación que tampoco se ha concretado.
El contraste con rivales es evidente. Anglo American tomó la delantera al adquirir a Teck y consolidarse como un nuevo campeón del cobre. Glencore, en cambio, ha visto reducirse su producción de este metal en casi 40 % respecto a 2018. La firma que alguna vez se enorgulleció de ser la más audaz del sector ahora se percibe pasiva, atrapada en un juego de espera.
Aun así, no todo es pesimismo. En septiembre, las acciones de Glencore subieron 17 % impulsadas por un repunte del precio del cobre, tras un accidente en una mina clave de Indonesia operada por Freeport-McMoRan. Además, la empresa convocó a un día de mercados de capital en diciembre, el primero en tres años, con la promesa de clarificar su estrategia. Y aunque la compañía no ha registrado utilidades netas desde 2023, mantiene dividendos regulares y en julio anunció un programa de recompra de mil millones de dólares.
La historia de Glencore muestra que ha sabido salir de crisis profundas. Durante el desplome de materias primas en 2015 suspendió dividendos, vendió activos y recapitalizó sus operaciones, para después resurgir con una recuperación de 300 % en su acción en apenas dos años. Esa memoria da a algunos inversionistas margen de paciencia, reforzada por el respaldo de accionistas de peso como su exdirector ejecutivo Ivan Glasenberg y el fondo soberano de Catar, que juntos controlan 19 %.
La minera asegura que puede volver a producir un millón de toneladas de cobre al año hacia 2028, gracias a mejoras en sus activos y nuevas inversiones. Ya ha presentado solicitudes para proyectos en Argentina valuados en 13 mil millones de dólares, al tiempo que promete recortar costos y aumentar la rentabilidad de su negocio de comercialización. Pero la gran pregunta es si el tiempo jugará a su favor o si la falta de claridad seguirá desgastando la confianza de sus inversionistas.
Glencore declinó hacer comentarios sobre estas inquietudes, aunque los hechos hablan por sí solos: su capacidad de ejecución está bajo examen y su reputación de estratega implacable se ha desdibujado. En un mercado donde la demanda de cobre se perfila como eje de la transición energética, quedar rezagado no solo implica perder ingresos, sino ceder protagonismo en el futuro de la minería global.

