Desde Luanda alzó vuelo una jugada que puede redefinir el mapa del poder en la industria diamantaría africana. Angola, por medio de su empresa estatal Endiama, presentó una oferta formal para adquirir una participación minoritaria en De Beers, la prestigiosa firma global de diamantes. Esta acción no pretende apenas un retorno financiero: apuesta por un nuevo modelo que distribuya participación entre naciones africanas y limite la hegemonía de un solo país.
El anuncio sorprendió porque coloca a Angola en el centro de una contienda en la que ya estaban Botswana, Namibia y Sudáfrica. Ese grupo de países posee una larga tradición de producción de diamantes, y cada uno ha buscado históricamente asegurar su posición en De Beers. Brasil y Estados Unidos han intervenido en el sector global, pero aquí la disputa ocurre entre estados africanos con capacidad real para ejercer influencia minera.
Endiama aseguró que la oferta está “completamente financiada”, según confirmaron fuentes oficiales del ministerio de Recursos Minerales de Angola. El ministro Diamantino Pedro Azevedo declaró que la iniciativa promueve un “modelo panafricano de propiedad”, con participación significativa para Angola, Botswana, Namibia y Sudáfrica. Su intención es que ninguna sola nación domine la compañía y, al mismo tiempo, que esta conserve su competitividad e independencia.
Desde 2022, De Beers y Angola operan como socios exploratorios. Ese año firmaron un acuerdo para explorar territorio angoleño y luego lo extendieron hacia el procesamiento de diamantes. Esa colaboración desembocó en el hallazgo de una zona de kimberlita —la roca madre de los diamantes—, algo que no se observaba en Angola desde hace más de tres décadas. En ese contexto, el CEO de De Beers comentó que Angola emerge como uno de los lugares más prometedores del planeta para la minería de diamantes.
Esa misma semana, Botswana reforzó su postura: siendo ya propietaria del 15 % de De Beers, manifestó su ambición por alcanzar una participación mayoritaria. Entonces ocurrió el choque político: Botswana busca ejercer control decisivo, mientras Angola promueve una estructura compartida entre varias naciones. Esa divergencia revela una tensión latente sobre cómo se distribuirá el poder entre actores regionales del sector.
No es casual que Angola haya actuado: se convirtió en la nación africana con la producción diamantaría más valiosa el año anterior, superando a Botswana por primera vez en veinte años, según los datos del Proceso de Kimberley. Esa posición le da legitimidad para aspirar a una vacante de peso en De Beers.
Por otro lado, el proceso de venta de De Beers por parte del conglomerado Anglo American ha generado un campo abierto a múltiples interesados. Se sabe que al menos seis consorcios, incluidos fondos qataríes y empresas de India, presentaron propuestas. Esa diversidad de jugadores subraya que la licitación no se limita a actores africanos, sino que tiene un carácter global.
Detrás del revuelo geopolítico, la industria enfrenta vientos contrarios: el crecimiento de los diamantes sintéticos atrae inversiones y presiona la demanda de gemas naturales. Asimismo, los consumidores, cada vez más sensibles a la transparencia y la ética en la cadena de valor, exigen trazabilidad y certificaciones rigurosas. En ese sentido, una estructura de propiedad que involucre a gobiernos africanos puede fortalecer la legitimidad política del sector y reforzar la gobernanza regional.
Desde una perspectiva estratégica, la apuesta de Angola apunta al mediano y largo plazo. Si logra asegurar una participación relevante, podrá influir en decisiones clave relativas a exploración, producción, comercialización y distribución del valor en la cadena diamantaría. También podría establecer sinergias con otros países africanos mineros para proyectarse como un actor central en el continente.
Sin embargo, el camino no será sencillo. Botswana, con más tradición en gestión de diamantes, tiene argumentos fuertes para mantener control o al menos dominio en la toma de decisiones. Namibia podría sumar presión para garantizar equidad en la distribución de beneficios. Y los inversores internacionales vigilarán cada paso: una estructura demasiado politizada podría inquietar a mercados sensibles al riesgo institucional.
Este momento representa una prueba de fuego para la minería africana. Angola da un paso ambicioso, que puede consolidarlo como actor estratégico en diamantes mundiales. Si logra convencer a los demás involucrados de compartir el poder, podría abrir un nuevo capítulo donde los lingotes no solo se extraigan, sino se gobiernen desde África.

