La presidenta Claudia Sheinbaum puso de nuevo el litio en el centro de la conversación pública. Lo hizo con una frase que matiza años de expectativas: México ya cuenta con tecnología para extraerlo, pero el costo del proceso frena su aprovechamiento. La declaración llegó este miércoles 21 de enero de 2026, durante su conferencia matutina en Palacio Nacional.
El énfasis importa. En México, el litio no aparece mayoritariamente como “salmuera” sencilla de concentrar, ni como un mineral fácil de separar con métodos tradicionales. Sheinbaum explicó que el reto técnico y financiero nace de su presencia en material arcilloso. En sus palabras, el litio está “como barro” mezclado con el mineral, y eso vuelve más complejo y caro el proceso.
La mandataria vinculó el tema con el contexto internacional. Señaló la invitación del G7 a México por minerales críticos y cadenas de suministro. Ese marco no es menor. Los gobiernos y las industrias compiten por asegurar insumos estratégicos para electrónica, movilidad eléctrica y tecnologías de energía limpia. En ese tablero, el litio se volvió un símbolo de seguridad económica y política industrial.
Sheinbaum también enumeró usos que explican la presión global, como baterías, turbinas eólicas, paneles fotovoltaicos y vehículos eléctricos. Su punto fue directo: el litio figura como material crítico, pero México debe decidir si el costo de extraerlo desde arcillas justifica acelerar el paso.
Un litio distinto: el desafío de las arcillas
Cuando un país habla de litio, suele imaginar salares sudamericanos o depósitos con rutas de procesamiento probadas. México juega en otra cancha. La discusión nacional se concentra en yacimientos asociados a arcillas, particularmente en Sonora, donde distintos trabajos académicos y técnicos han documentado el hallazgo y el interés por arcillas con litio.
Procesar litio en arcillas puede exigir más energía, más reactivos y más etapas para concentrar y purificar. Eso se traduce en dos variables que, en la práctica, mandan sobre la narrativa política: costos y riesgo. Costos por tonelada producida, y riesgo de que una planta a escala industrial no alcance estabilidad operativa o competitividad frente a productores consolidados.
Aquí conviene decirlo sin triunfalismos, pero también sin derrotismo. Que el litio sea arcilloso no significa que sea imposible. Significa que México necesita una ecuación completa: tecnología, capital, permisos, infraestructura, agua, energía y un diseño de proyecto que cuide el impacto ambiental. En minería, lo “posible” casi siempre depende de lo “financiable”.
El mercado, además, no perdona. El precio internacional del litio ha mostrado ciclos abruptos en pocos años. Esa volatilidad puede convertir un proyecto viable en uno inviable, sin que cambie una sola roca en el yacimiento. Por eso, cuando Sheinbaum pone el foco en el costo, habla también del mercado, aunque no lo diga con esa palabra.
Marco legal: el Estado se reservó el litio y creó LitioMx
El discurso sobre costos ocurre dentro de un marco jurídico específico. En abril de 2022, la reforma a la Ley Minera declaró al litio de utilidad pública, lo reconoció como patrimonio de la Nación y reservó su exploración y aprovechamiento al Estado. La reforma estableció que no se otorgarán concesiones, licencias o contratos para litio, y planteó zonas de reserva minera.
Después, el Gobierno federal creó el organismo público “Litio para México”, conocido como LitioMx, mediante decreto publicado en el Diario Oficial de la Federación. Ese diseño buscó centralizar la administración estatal de las cadenas de valor del litio.
Este marco tiene una consecuencia inmediata: si el Estado quiere que el litio se mueva, el Estado debe construir capacidades. Eso incluye desde geología y metalurgia hasta compras, contratación, control de proyectos y alianzas tecnológicas. La declaración de Sheinbaum sobre “ya hay tecnología” sugiere que el Gobierno identifica opciones técnicas. La pregunta dura es otra: ¿cuánto cuesta llevar esa tecnología a una operación industrial, y quién asume el riesgo financiero?
Presión global y cadenas de suministro: el incentivo existe
La presidenta mencionó la invitación del G7 y el debate global sobre minerales críticos. Esa conversación se aceleró en la última década, y se endureció con fricciones comerciales, políticas industriales y cambios en reglas de comercio. En términos simples, los países quieren reducir dependencias y asegurar suministros para industrias estratégicas.
En paralelo, México busca atraer inversión manufacturera vinculada a Norteamérica. La lógica es conocida: si el país fabrica autos, electrónicos o componentes, también le conviene integrarse a cadenas de valor de insumos. El litio puede jugar ahí, aunque todavía no lo haga. Y puede hacerlo sin caer en una idea equivocada: que el litio por sí solo garantiza una “bonanza”. No la garantiza. Lo que genera desarrollo es el encadenamiento, la transferencia tecnológica, el empleo bien pagado y la derrama local con reglas claras.
En este punto, mi lectura es práctica. México tiene una oportunidad para construir una política industrial minera más sofisticada, siempre que evite dos extremos. El primero es prometer resultados rápidos con un mineral que exige años de desarrollo. El segundo es paralizarse por miedo al costo y perder ventanas de negociación tecnológica. La ruta sensata exige disciplina: pilotos, evaluación transparente, y decisiones con números, no con consignas.
Viabilidad económica: el debate real detrás de la frase
Sheinbaum afirmó que la tecnología existe, pero el costo frena la extracción. Eso abre tres discusiones que suelen ocurrir fuera del micrófono.
La primera es el costo de capital. Montar una planta para procesar litio en arcillas requiere inversión fuerte, y también margen para ajustes operativos. Sin una estructura financiera robusta, el proyecto se vuelve rehén de sobrecostos.
La segunda es el costo operativo. Energía, agua, reactivos y manejo de residuos pueden elevar el costo por tonelada. En minería moderna, cada uno de esos rubros exige controles ambientales y sociales más estrictos que hace dos décadas. Eso no es un “freno” en sí mismo. Es una condición para operar y sostener licencia social.
La tercera es el costo de oportunidad. Si México decide empujar litio, debe decidir también qué deja de financiar o priorizar. En un país con retos presupuestales, esa conversación es inevitable. Por eso, cuando la presidenta habla de “valorar el costo”, introduce una palabra que, en política pública, equivale a “priorizar”.
En la práctica, México puede explorar modelos donde el Estado mantenga control, pero use alianzas tecnológicas y esquemas de suministro para reducir riesgo. El marco legal marca límites, pero no cancela la creatividad institucional. Lo que sí cancela la posibilidad es improvisar.
El lado positivo: un proyecto bien hecho puede fortalecer industria y regiones
Aun con costos altos, el litio puede aportar beneficios si México lo integra con inteligencia. Un desarrollo ordenado puede impulsar empleo especializado, servicios técnicos, cadenas de proveeduría, y capacidades metalúrgicas que sirven también para otros minerales. Puede fortalecer universidades, centros de investigación y empresas locales que hoy trabajan para oro, plata o cobre, y mañana pueden diversificarse.
Además, un proyecto bien diseñado puede elevar estándares. En un entorno donde la minería enfrenta escrutinio por agua, emisiones y territorio, el litio ofrece la oportunidad de demostrar que se puede operar con trazabilidad, monitoreo ambiental, consulta efectiva y transparencia. Eso no se logra con discursos. Se logra con medición y cumplimiento.
El punto de Sheinbaum sobre costos no cancela ese potencial. Lo aterriza. Y en un tema tan cargado de promesas, aterrizar es un acto de responsabilidad.
Qué sigue: decisiones con datos, no con expectativas
El litio volvió a la agenda con un matiz clave: existe tecnología, pero falta demostrar rentabilidad. El reto inmediato es convertir una afirmación política en un plan verificable. Eso implica pruebas a escala, costos auditables, criterios ambientales estrictos y claridad sobre el modelo institucional de LitioMx.
México no necesita vender humo para jugar en minerales críticos. Necesita construir un caso técnico y económico sólido, y negociar tecnología con la misma seriedad con la que negocia comercio. El litio en arcillas puede ser un proyecto complejo. También puede ser un proyecto que, si se hace bien, deje capacidades permanentes en el país.

